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DISCURSO DE JUAN PABLO II
A LOS MISIONEROS HIJOS DEL INMACULADO
CORAZ
ÓN DE MARÍA (CLARETIANOS)

Lunes 8 de septiembre de 1979

 

1. Me complace saludar y felicitar cordialmente al P. Josep Maria Abella Batlle, recién elegido Superior General, así como a todos vosotros reunidos para celebrar el XXIII Capítulo General, el cual os ofrece una ocasión particular para expresar vuestra comunión y adhesión al Sucesor de Pedro. En este Capítulo, el séptimo después del Concilio Vaticano II y al comienzo del Tercer Milenio, os habéis propuesto "discernir a la luz del Espíritu el modo adecuado de mantener y actualizar el propio carisma y el propio patrimonio espiritual en las diversas situaciones históricas y culturales" (Vita Consacrata, 42), con el impulso renovador que la Iglesia ha irradiado a todas las formas de vida consagrada frente a los nuevos retos de la misión.

2. Para una adecuada comprensión de los signos de los tiempos y de la tarea evangelizadora que a los Misioneros Claretianos os toca promover y desarrollar en las más variadas regiones de la tierra, os serán de gran utilidad las orientaciones ofrecidas en las Exhortaciones Postsinodales dirigidas a los diversos continentes. Asimismo, para esta época de cambios, la Carta apostólica Novo millennio ineunte os brindará también el marco apropiado para una espiritualidad apostólica centrada fundamentalmente en la persona de Jesús.

El servicio misionero, dondequiera que debáis realizarlo, ha de brotar de la íntima unión con el Señor que os envía y ser vivido en el camino de la entrega hasta la cruz que Él mismo ha recorrido y ha dejado trazado para sus seguidores. Se trata de una íntima comunión que debéis aprender del Corazón de María, fuente de la mejor respuesta y de la más auténtica adhesión al mensaje del Evangelio. Se trata de un camino en el que os sostendrá, como a vuestro Fundador, la escucha cotidiana de la Palabra y la participación en la Eucaristía, "corazón de la vida eclesial y también de la vida consagrada" (Ibíd., 95).

3. Cuando en el vasto horizonte de la sociedad se vislumbran no pocos signos de una difundida cultura de muerte, al reflexionar vosotros sobre el lema del Capítulo "Para que tengan vida", os sentís enviados por el Señor Jesús a proclamar al Dios de la vida. Son momentos en que la vida, inmenso don del Padre, ha de ser defendida, cultivada y dignificada, sobre todo entre los más desamparados, a través de una palabra de esperanza y de abnegados gestos de acogida y solidaridad. Es, pues, tarea apremiante de todo consagrado "anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio de la vida" (Evangelium vitae, 105). Éste es fundamental para la identidad y armonía de las personas y de la familia humana en su consunto.

4. Con vosotros doy gracias a Dios por los dones con que sigue bendiciendo a vuestra Congregación, disponiéndola cada vez mejor para el servicio de la misión. El don precioso de nuevas vocaciones, sobre todo en Asia y África, que el Instituto debe acoger dedicándose seriamente a su formación integral. El don de las nuevas presencias y realizaciones misioneras en diversas áreas necesitadas. El don de la sangre martirial que ha sido derramada dando testimonio de Jesús en esta época.

5. Por medio del Corazón Inmaculado de María, pido al Espíritu Santo que os ilumine en los trabajos de este Capítulo para que pueda transmitir, con palabras y gestos evangélicos, orientación y aliento a todos los miembros del Instituto, especialmente a los ancianos y enfermos, a los jóvenes en formación y a aquéllos que en su servicio misionero puedan encontrar mayores dificultades. Que en todo momento esté presente el espíritu de la vida fraterna, compartida en el amor y el diálogo, como signo elocuente de la comunión eclesial (cf. Vita Consacrata, 42).

Que el Señor bendiga también a todos aquéllos que forman con vosotros la Familia Misionera, iniciada por San Antonio María Claret, lo mismo que a quienes comparten con vosotros la misión en múltiples obras o frentes apostólicos. Con estos deseos y sentimientos, os imparto con todo afecto mi Bendición.

 

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