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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN CONGRESO DE OBISPOS ORGANIZADO
POR LA CONGREGACIÓN
PARA LOS OBISPOS
Jueves 18 de septiembre de 2003
Amadísimos hermanos en el episcopado:
1. Con alegría os saludo a cada uno de vosotros, nuevos obispos, que habéis
acudido desde diversos países para el tradicional congreso de estudio organizado
por la Congregación para los obispos. Os agradezco de corazón esta visita, y
expreso mi gratitud al cardenal Giovanni Battista Re, que se ha hecho intérprete
de los sentimientos comunes.
Al inicio de vuestro ministerio episcopal, habéis querido realizar una
peregrinación a la tumba del apóstol san Pedro, para renovar vuestra profesión
de fe y consolidar vuestra comunión con el Sucesor de Pedro.
En un clima de fraternidad y oración, habéis querido reflexionar en los desafíos
que han de afrontar hoy los pastores de la Iglesia, para realizar un anuncio más
eficaz del evangelio de Cristo a los hombres de nuestro tiempo.
Por mi parte, deseo aseguraros mi cercanía y mi estímulo a proseguir con
generosidad y grandeza de ánimo vuestra misión específica de pastores.
2. Queridos hermanos, sois muy conscientes de que el ministerio del obispo es de
suma importancia para la vida de la Iglesia.
En efecto, la Iglesia, según la expresión de san Pablo, fue edificada sobre el
fundamento de los Apóstoles (cf. Ef 2, 20). Y los obispos son, por
voluntad divina, los sucesores de los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de
modo que "el que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los
desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió" (Lumen gentium, 20).
La misión pastoral que se os ha confiado es entusiasmante, pero hoy es también
particularmente ardua y pesada. En efecto, nuestro tiempo, con sus problemas
específicos, se caracteriza por extravíos e incertidumbres. Muchos, incluso
entre los cristianos, parecen desorientados y sin esperanza. En este marco, los
pastores estamos llamados a anunciar el Evangelio y a ser testigos de la
esperanza, con nuestra mirada puesta en la cruz, en el misterio del triunfo y de
la fecundidad de Cristo crucificado. Él, el Viviente, nos acompaña por los
caminos de la historia con la fuerza de su Espíritu. Esta iluminadora certeza
debe inspirar profundamente nuestra mentalidad pastoral, corroborando nuestra
confianza en Dios y en los hombres y aumentando nuestra audacia apostólica.
El ministerio episcopal, a la luz de la esperanza teologal, fue el tema de la
última Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos. Después de reflexionar
sobre las conclusiones del Sínodo y de orar, he preparado la tradicional
exhortación apostólica postsinodal, que entregaré a la Iglesia el próximo
día 16 de octubre, en la significativa fecha del XXV aniversario de mi
pontificado.
3. Sigue vivo en vosotros el recuerdo de vuestra ordenación episcopal. En ese
día, mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la invocación
del Espíritu Santo, se os confirió la plenitud del sacerdocio ministerial. La
vida del obispo es una entrega de sí a Cristo y a la Iglesia. Nuestro ministerio
nos llama a llevar una vida santa. Sed imagen viva y visible del buen Pastor.
Velad sobre vuestra grey "como quienes sirven". Amad a la Iglesia más que a
vosotros mismos. Vivid en ella y para ella, consumándoos en el servicio
pastoral.
Nuestro apostolado debe ser siempre el desbordamiento de nuestra vida interior.
Ciertamente, deberá ser también una actividad intensa y eficaz, pero ha de
manifestar la caridad pastoral. Y la fuente de la caridad pastoral es la
contemplación del rostro de Cristo, buen Pastor. Sed hombres de oración. Mostrad
con vuestro ejemplo el primado de la vida espiritual, es decir, el primado de la
gracia, que es el alma de todo apostolado. Cada obispo debe poder decir con san
Pablo: "Para mí la vida es Cristo" (Flp 1, 21).
4. Quisiera exhortaros, asimismo, a tener una solicitud particular por vuestros
primeros colaboradores, los presbíteros. Los obispos -recomienda el Concilio-
deben tratar con amor especial a los sacerdotes; han de interesarse por sus
condiciones espirituales, intelectuales y materiales (cf.
Christus Dominus,
28). Ciertamente, es una bendición para una diócesis cuando cada miembro de su
presbiterio puede alegrarse por haber encontrado en el obispo a su mejor amigo y
padre.
Al inicio del tercer milenio, se siente más que nunca la urgencia de una
adecuada pastoral vocacional.
Las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada son un don de Dios que es
necesario pedir con insistencia en la oración (cf. Mt 9, 38). Pero son
también fruto de familias fuertes y sanas, y de comunidades eclesiales donde la
figura del sacerdote es bien considerada y valorada. La elección de los
formadores en los seminarios ha de hacerse con el mayor esmero, porque sólo el
testimonio personal de una vida generosa y gozosa es capaz de atraer el corazón
de los jóvenes de hoy. En esos ámbitos, los jóvenes podrán escuchar y seguir la
voz del Maestro que los invita a caminar con él (cf. Mt 19, 21) y los
lleva a una entrega generosa al servicio de los hermanos.
5. Queridos hermanos en el episcopado, al volver a vuestras diócesis después de
estos días de estudio y de intensa comunión, os conforte la certeza de que el
Papa comparte vuestras alegrías, vuestras dificultades y vuestras esperanzas.
Encomiendo a María, Madre de la Iglesia, los propósitos hechos durante estos
días, para que haga fecundos todos vuestros esfuerzos pastorales.
Sobre cada uno de vosotros invoco de corazón una especial bendición del Señor,
que extiendo de buen grado a las comunidades encomendadas a vuestra solicitud
pastoral.
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