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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE OBISPOS DE LENGUA INGLESA
DE PA
ÍSES DE MISIÓ
N

Viernes 19 de septiembre de 2003

 

Queridos hermanos en el episcopado: 

1. Me alegra encontrarme con vosotros con ocasión de este curso de formación organizado por la Congregación para la evangelización de los pueblos. Os agradezco vuestra visita. Os saludo a cada uno y, a través de vosotros, deseo abrazar a todo el pueblo cristiano encomendado a vuestro cuidado por la divina Providencia, especialmente a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los catequistas y a los laicos comprometidos activamente en la difusión del Evangelio. Dirijo un saludo especial al cardenal Crescenzio Sepe, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos. Le agradezco las palabras que me ha dirigido y el celo con que él, juntamente con todos sus colaboradores, se dedica a la causa de la missio ad gentes.

2. Queridos y venerados hermanos en el episcopado, mediante vuestra generosa entrega hacéis que la presencia de Cristo en el mundo dé fruto y enriquecéis las diversas actividades de su Iglesia. Vuestra participación en esta fase única de formación, organizada por el dicasterio de Propaganda Fide, constituye un signo ulterior de cuánto deseáis fomentar la actividad misionera en todo el mundo. La misión sigue siendo una tarea apostólica urgente también en nuestros días, y vosotros estáis llamados a ser sus intrépidos e incansables promotores en medio de las dificultades y las pruebas diarias. Como afirmé en mi carta encíclica Redemptoris missio, los obispos, en su ministerio, son responsables de la evangelización del mundo, como miembros del Colegio episcopal y como pastores de las Iglesias particulares (cf. n. 63). El anuncio del Evangelio en todas las partes de la tierra corresponde a los pastores, que no han sido consagrados para una diócesis, sino para la salvación de todo el mundo (cf. ib.). "Ha llegado el momento -escribí en esa encíclica- de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo:  anunciar a Cristo a todos los pueblos" (ib., 3). Por eso, toda la Iglesia, en sus diferentes componentes, está llamada a difundir el Evangelio en las regiones más distantes de los diversos continentes.

3. También para vosotros, queridos y venerables hermanos, resuena con fuerza la llamada de Jesús:  "Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación" (Mc 16, 15).
Entre vuestros deberes está el de transmitir el don de la fe y estimular a vuestras comunidades a ser evangelizadoras. Hay lugar para todos en la viña del Señor. Nadie es tan pobre que no tenga nada que dar; nadie es tan rico que no tenga nada que recibir.

Ojalá que cada día escuchéis en vuestra alma el eco de la exhortación del Redentor:  "Duc in altum!". Es una invitación a echar "redes espirituales" en el mar del mundo. Por otra parte, los que confían en el divino Maestro experimentan la maravilla de la pesca milagrosa. Es la promesa de Jesús, que no defrauda a quienes se fían de él, como san Pablo y muchos otros santos que en estos milenios han hecho gloriosa a la Iglesia.

Sí, es verdad. "Dios está preparando una gran primavera cristiana, cuyo comienzo ya se vislumbra" (Redemptoris missio, 86). Por eso, tened confianza y mirad con optimismo al futuro en toda circunstancia. El Señor, como él mismo nos aseguró, está siempre con nosotros.

4. Sed santos. En varias ocasiones he afirmado que la santidad es la necesidad pastoral más urgente de nuestro tiempo. Es un requisito apremiante, en primer lugar, para los que han sido llamados por Dios a servirlo más de cerca. En efecto, para ser celosos guardianes de la grey del Señor, para protegerla de cualquier peligro y para alimentarla con la palabra y la Eucaristía, los pastores mismos deben alimentarse con una oración intensa y constante, cultivando una profunda intimidad con Cristo. Sólo de este modo llegarán a ser, para los sacerdotes y para los fieles, modelos de fidelidad y testigos de un celo apostólico iluminado por el Espíritu Santo.

El apoyo y el desarrollo de toda empresa apostólica se funda en la comunión con Dios. Por eso, vosotros, queridos y venerados hermanos, debéis ser los primeros en fortalecer vuestra vida interior acudiendo  a  la fuente de la gracia divina, recordando siempre la imagen bíblica de Moisés que implora en la montaña:  "Mientras Moisés tenía alzadas las manos, prevalecía Israel" (Ex 17, 11).
Dar testimonio coherente y gozoso del Evangelio

5. Ninguna actividad, por más importante que sea, debe distraeros de esta prioridad espiritual que caracteriza el mandato apostólico recibido con la ordenación episcopal. Jesús, el buen Pastor, os ha asociado a él para servir al pueblo cristiano como padres, maestros y pastores. Acompañad el anuncio incesante de la fe con un testimonio coherente y gozoso del Evangelio, porque "es sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio  vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desprendimiento de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra:  de santidad" (Evangelii nuntiandi, 41).

En vuestras comunidades se recuerda a los santos, los mártires y los confesores de la fe, valientes predicadores del mensaje de la salvación, personas que, con su vida más que con sus palabras, hicieron visible el amor de Cristo y, podríamos incluso decir, casi físicamente tangible. Seguid sus pasos. Sed pastores que, con su ejemplo más que con sus palabras, honran el Evangelio e inspiran en quienes los rodean el deseo de conocerlo mejor y de ponerlo en práctica.

Que la santísima Virgen María, Reina de las misiones, os proteja. Os aseguro un recuerdo diario en mis oraciones y os bendigo de corazón a vosotros y a vuestras comunidades.

 

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