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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PONTIFICIO COLEGIO P
ÍO BRASILEÑO


Jueves 1 de abril
de 2004

 

Señor rector y superiores;
queridos alumnos del Pontificio Colegio Pío Brasileño de Roma:
 

1. Me alegra mucho daros la bienvenida a este encuentro, con el cual queréis renovar el afecto y la adhesión al Sucesor de Pedro con ocasión del LXX aniversario de la fundación de vuestro Colegio. Agradezco al rector, padre Geraldo Antônio Coelho de Almeida, s.j., las amables palabras que me ha dirigido para manifestarme vuestros sentimientos y esperanzas.

Vuestra presencia aquí me trae a la memoria la visita que realicé al Colegio en 1982, cuando celebré la Eucaristía en vuestra capilla y tuve la oportunidad de hablaros y visitar algunas instalaciones del centro.

2. El Pío Brasileño fue inaugurado el 3 de abril de 1934, por voluntad del Papa Pío XI y del Episcopado de Brasil, de modo especial por el cardenal Sebastião Leme. El Colegio Pío Brasileño os acoge, enviado cada uno por su obispo, brindándoos un ambiente propicio para una formación académica y espiritual más amplia, tan necesaria para vuestra misión sacerdotal. Residir algunos años en Roma os ofrece muchas posibilidades de entrar en contacto con las memorias históricas de los primeros siglos del cristianismo, de abriros a la dimensión universal de la Iglesia, y de fomentar la comunión eclesial y la buena disposición a acoger las enseñanzas del Magisterio.

3. Aunque estéis lejos físicamente, sé que en vuestro corazón mantenéis vivo el recuerdo de las personas que estaban encomendadas a vuestra solicitud pastoral; en verdad, el pastor no puede olvidarse de sus fieles, cuando vive la caridad pastoral como Cristo. Me complace recordar el mensaje siempre nuevo que os dejé en mi anterior visita:  La Iglesia en Brasil necesita ministros de Cristo bien formados (cf. Discurso del 24 de enero de 1982). Es una responsabilidad que recae de modo especial en vuestros formadores, no sólo de las universidades que frecuentáis, sino, sobre todo, en los religiosos de la Compañía de Jesús, encargados de la dirección y la animación de este Colegio. Quiera Dios que el espíritu fundacional legado por san Ignacio os anime continuamente, pues el Episcopado brasileño y todo el pueblo de Dios desean sacerdotes santos y doctos, verdaderos pastores de almas. Esa responsabilidad resulta aún mayor si pensamos que algunos sacerdotes provienen de otros países latinoamericanos y de África, Oceanía y Europa.

4. No quiero concluir estas palabras sin dar las gracias a la comunidad de religiosas, y a todos los que colaboran en las actividades del Colegio, y pido a Dios que os recompense el generoso y abnegado servicio que prestáis a la comunidad.

Nuestra Señora Aparecida, Madre de los sacerdotes, que siempre ha acompañado a todos sus hijos, venerada en vuestro Colegio, os alcance las gracias necesarias para imitar a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. Como prenda de estos vivos deseos, os imparto una propiciadora bendición apostólica, que extiendo de corazón a vuestros familiares y amigos.

 

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