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DISCURSO DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II A LA CONGREGACI ÓN
PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA
Martes 27
de abril
de 2004
Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra verdaderamente que hayáis querido celebrar el vigésimo quinto
aniversario de la importante constitución apostólica Sapientia christiana,
que firmé casi al inicio de mi pontificado. Es una constitución que aprecio
mucho, porque guarda una estrecha relación con el ejercicio del "munus
docendi" de la Iglesia. El "oficio de enseñar" reviste una importancia
particular en la realidad actual, marcada tanto por un progreso técnico
impresionante como por diversas contradicciones, divisiones y tensiones.
En realidad, el Evangelio ejerce su efecto benéfico y duradero sólo en la medida
en que, a través de su anuncio continuo -"opportune importune" (cf. 2
Tm 4, 2)- influye en los modos de pensar y penetra a fondo en la cultura
(cf. Sapientia christiana, Proemio I). Ahora bien, la elevada vocación
que distingue a las Universidades y facultades eclesiásticas consiste en
procurar con todas sus fuerzas reunir y unir al mundo de la ciencia y de la
cultura con la verdad de la fe, para hacer que descubra el orden salvífico del
plan divino en la realidad de este mundo.
2. Me alegra el creciente número de centros eclesiásticos de enseñanza
académica. Su primera misión sigue siendo profundizar y transmitir el misterio
divino, que Cristo nos reveló. El Espíritu Santo, derramado en la Iglesia, es
quien nos introduce en ese misterio y nos guía a penetrar en él cada vez más
profundamente mediante el estudio (cf. Hb 6, 4).
Entre las facultades eclesiásticas, revisten peculiar prestigio y
responsabilidad las de teología, las de derecho canónico y las de filosofía,
"teniendo en cuenta su peculiar naturaleza e importancia dentro de la Iglesia" (Sapientia
christiana, art. 65). Pero, además de estas disciplinas fundamentales, las
facultades eclesiásticas abarcan otros muchos campos, como el de la historia
eclesiástica, la liturgia, las ciencias de la educación y la música sagrada.
Durante los últimos años se ha puesto gran empeño en responder a las necesidades
actuales: se ha dedicado particular atención, por ejemplo, a la bioética, a los
estudios islámicos, a la movilidad humana, etc. En este sentido, no puedo por
menos de estimular las iniciativas encaminadas a profundizar en los vínculos que
existen entre la revelación divina y las áreas siempre nuevas del saber en la
realidad actual.
3. Hoy, más que nunca, las universidades y las facultades eclesiásticas deben
desempeñar un papel en la "gran primavera" que Dios está preparando para el
cristianismo (cf. Redemptoris missio, 86). El hombre contemporáneo está
más atento a ciertos valores: la tutela de la dignidad de la persona, la
defensa de los débiles y los marginados, el respeto de la naturaleza, el rechazo
de la violencia, la solidaridad mundial, etc. A la luz de la constitución
apostólica Sapientia christiana, las instituciones académicas de la
Iglesia se están esforzando por cultivar esta sensibilidad en armonía con el
Evangelio, la Tradición y el Magisterio. Es sabido que sobre el mundo
contemporáneo se cierne la amenaza de brechas cada vez más profundas, por
ejemplo, entre países ricos y pobres. Esas brechas se producen porque el hombre
se aleja de Dios.
En varias encíclicas he tratado de indicar el camino para realizar una profunda
reconciliación entre la fe y la razón (cf.
Fides et ratio), entre el bien
y la verdad (cf. Veritatis splendor), entre la fe y la cultura (cf.
Redemptoris missio), entre las leyes civiles y la ley moral (cf.
Evangelium vitae), entre Occidente y Oriente (cf.
Slavorum apostoli),
entre el Norte y el Sur (cf.
Centesimus annus), etc. Es necesario que las
instituciones culturales eclesiásticas acojan estas enseñanzas, las estudien,
las apliquen y desarrollen sus consecuencias. Así, en sintonía con su vocación,
pueden contribuir a curar al hombre de sus miedos y de sus heridas interiores.
4. Son muy conocidas las actuales insidias del individualismo, del pragmatismo
y del racionalismo, que se extienden incluso hasta los ámbitos que tienen la
misión de formación. Las instituciones culturales eclesiásticas han de
esforzarse por unir siempre la obediencia de la fe y la "audacia de la razón" (Fides
et ratio, 48), dejándose guiar por el celo de la caridad. Los profesores no
deben olvidar que la actividad de enseñanza es inseparable del compromiso de
profundizar en la verdad, particularmente en la verdad revelada. Por tanto, no
deben separar el rigor de su actividad universitaria de la apertura humilde y
disponible a la palabra de Dios, escrita o transmitida, recordando siempre que
la interpretación auténtica de la Revelación ha sido confiada "únicamente al
Magisterio vivo de la Iglesia", el cual ejerce este oficio en nombre de
Jesucristo (cf.
Dei Verbum, 10).
5. En este vigésimo quinto aniversario de la constitución apostólica
Sapientia christiana, quiero dar vivamente las gracias a todos los que están
comprometidos en el cumplimiento de la misión eclesiástica de enseñanza y de
investigación científica en la Iglesia: a los rectores y decanos de
universidades y facultades eclesiásticas, al claustro de profesores y al
personal auxiliar, así como a la Congregación para la educación católica y, en
su seno, a la oficina para las universidades. A cada uno le expreso mi gratitud
por todo el trabajo realizado con generosa entrega.
Aliento a todos a proseguir en su importante misión de evangelización por medio
de la inteligencia de la Revelación, buscando continuamente la "síntesis vital"
de las verdades reveladas y de los valores humanos que constituye la "sabiduría
cristiana" (cf. Sapientia christiana, Proemio I). El mundo de hoy tiene
gran necesidad de esta sabiduría.
6. A la vez que os aseguro mi recuerdo en la oración por vuestro trabajo, de
buen grado os imparto a todos y a cada uno una bendición apostólica especial.
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