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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEGUNDO GRUPO DE OBISPOS DE
ESTADOS UNIDOS EN VISITA "AD LIMINA"
Jueves 29 de abril de 2004
Queridos hermanos en el episcopado:
1. A vosotros, obispos de las provincias eclesiásticas de Baltimore y
Washington, "amados de Dios y llamados a la santidad" (cf. Rm 1, 7),
os dirijo un saludo cordial en el Señor. Ojalá que vuestra peregrinación a las
tumbas de san Pedro y san Pablo, y esta visita al Sucesor de Pedro, os
fortalezcan en la fe católica que viene de los Apóstoles (cf. Plegaria
eucarística I) y en el testimonio gozoso de la gracia de Cristo resucitado.
Este año, durante mis encuentros con los diferentes grupos de obispos de Estados
Unidos que realizan su visita ad limina Apostolorum, deseo reflexionar
sobre el misterio de la Iglesia y, en particular, sobre el ejercicio del
ministerio episcopal. Espero que estas reflexiones sirvan como punto de
partida para vuestra meditación y vuestra oración personal, y contribuyan así a
un discernimiento pastoral útil para la renovación y la edificación de la
Iglesia en Estados Unidos.
Comencemos, por tanto, con una reflexión sobre el munus sanctificandi del
obispo, es decir, el servicio a la santidad de la Iglesia de Cristo que está
llamado a prestar como heraldo del Evangelio, como administrador de los
misterios de Dios (cf. 1 Co 4, 1) y como padre espiritual de la grey
encomendada a su cuidado.
2. La misión de santificar del obispo tiene su fuente en la santidad
indefectible de la Iglesia. Dado que "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a
sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5, 25-26), ha sido dotada de
santidad indefectible y ha llegado a ser, "en Cristo y por Cristo, la fuente y
el origen de toda santidad" (Lumen gentium, 47). Es necesario que todos
los miembros del Cuerpo de Cristo comprendan más claramente y aprecien esta
verdad fundamental de la fe, reafirmada cada vez que se reza el Credo, pues es
una parte esencial de la conciencia de la Iglesia y el fundamento de su misión
universal.
La convicción que tiene la Iglesia de su propia santidad es ante todo una
humilde confesión de la fidelidad misericordiosa de Dios a su plan de
salvación en Cristo. Vista a esta luz, la santidad de la Iglesia se convierte en
una fuente de gratitud y de alegría por el don totalmente inmerecido de
la redención y de la nueva vida que hemos recibido en Cristo a través de la
predicación apostólica y de los sacramentos de la alianza nueva y eterna.
Renacidos en el Espíritu Santo y convertidos en hijos adoptivos del Padre en su
Hijo amado, hemos llegado a ser un reino de sacerdotes, un pueblo santo (cf.
Ex 19, 6; Ap 5, 10), llamados a ofrecernos como "víctima viva, santa
y agradable a Dios" (cf. Rm 12, 1), en intercesión por toda la familia
humana.
Al mismo tiempo, la santidad de la Iglesia en la tierra es verdadera, aunque
imperfecta (cf.
Lumen gentium, 8). Su santidad es don y llamada,
una gracia constitutiva y una exhortación a la fidelidad constante a esa gracia.
El concilio Vaticano II, como fundamento de su programa para la renovación del
testimonio de Cristo dado por la Iglesia ante el mundo, propuso a todos los
bautizados el elevado ideal de la llamada universal de Dios a la
santidad. El Concilio reafirmó que "todos los cristianos, de cualquier
estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la
perfección de la caridad" (Lumen gentium, 40), e invitó a todos los
miembros de la Iglesia a un honrado reconocimiento del pecado y de la
necesidad de una conversión constante por el camino del arrepentimiento y de
la renovación.
La grandeza de la visión de fe de la santidad indefectible de la Iglesia y el
reconocimiento realista de la pecaminosidad de sus miembros debe inspirar en
todos un compromiso mayor de fidelidad en la vida cristiana. En
particular, nos invita a los obispos a un continuo discernimiento sobre la
dirección y el fin de nuestra actividad como ministros de la gracia de Cristo.
El desafío que el Concilio y el gran jubileo nos plantean a nosotros y a toda la
Iglesia sigue siendo válido: la vida de cada cristiano y todas las
estructuras de la Iglesia deben estar claramente ordenadas a la búsqueda de la
santidad.
3. La búsqueda de la santidad personal debe ser fundamental para la vida y la
identidad de cada obispo. Debe reconocer su necesidad de ser santificado cuando
se compromete en la santificación de los demás. El obispo mismo es ante todo un
cristiano -"vobiscum sum christianus" (san Agustín, Sermo 340,
1)-, llamado a la obediencia de la fe (cf. Rm 1, 5), consagrado por el
bautismo y dotado de vida nueva en el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, por la
gracia de su ordenación y el carácter sagrado que esta imprime, cada obispo hace
las veces de Cristo mismo y actúa en su persona (cf.
Lumen gentium, 21).
Por tanto, está llamado a recorrer un camino específico de santidad (cf.
Pastores gregis, 13): el alma de su apostolado debe ser la caridad
pastoral que conforma su corazón al corazón de Cristo mediante un amor
sacrificial por la Iglesia y por todos sus miembros.
El Sínodo de los obispos más reciente insistió en que la santificación
objetiva que deriva de la ordenación y del ejercicio del ministerio
episcopal ha de coincidir con la santificación subjetiva, en la que el
obispo, con la ayuda de la gracia de Dios, debe progresar continuamente (cf.
Pastores gregis, 11). Por tanto, el principio unificador del ministerio del
obispo ha de ser su contemplación del rostro de Cristo y el anuncio de su
Evangelio de salvación: una interacción dinámica de oración y trabajo que
enriquecerá espiritualmente tanto su actividad exterior como su vida interior.
4. De hecho, el Sínodo invitó a los obispos a ser oyentes de la palabra de
Dios cada vez más atentos, a través de la oración diaria y de la lectura
contemplativa de la sagrada Escritura. En efecto, para la renovación de la
Iglesia en la santidad es fundamental que el obispo no sólo se dedique a
contemplar; debe ser también maestro del camino de contemplación (cf.
ib., 17). Su oración debe alimentarse sobre todo de la Eucaristía: "No sólo
cuando aparece ante todos tal cual es, es decir, como sacerdos et pontifex,
(...) sino también cuando dedica largos ratos de su tiempo a la adoración ante
el sagrario" (cf. ib., 16). Para que esa oración alcance su culmen y su
plenitud en la Eucaristía, debe alimentarse también con el recurso regular al
sacramento de la penitencia y, de modo especial, con la celebración de la
liturgia de las Horas. Así, toda su vida de oración, tanto personal como
litúrgica, será fuente de fecundidad apostólica, ya que se presenta al
Padre en el Espíritu Santo como intercesión por todo el Cuerpo de Cristo.
Por esta razón, el obispo ciertamente ha de cultivar una espiritualidad
eclesial, "porque todo en su vida se orienta a la edificación amorosa de la
santa Iglesia" (Pastores gregis, 11). Al inicio del reciente Sínodo de
los obispos, quise unir esta actitud de servicio a la comunidad eclesial con la
adopción de un estilo de vida que imite la pobreza de Cristo, e invité a
los obispos a "verificar hasta qué punto se está realizando en la Iglesia la
conversión personal y comunitaria a una efectiva pobreza evangélica" (Homilía
de apertura, 30 de septiembre de 2001, n. 3: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 5 de octubre de 2001, p. 7). Os aliento ahora a
vosotros y a vuestros hermanos en el episcopado a realizar ese discernimiento
con respecto al ejercicio práctico del ministerio episcopal en vuestro país,
para asegurar que se vea cada vez más claramente como una forma de servicio
sacrificial en medio de la grey de Cristo. Esto seguramente dará abundantes
frutos, proporcionando una mayor libertad interior en el ejercicio del
ministerio, un testimonio más evangélico de Jesucristo, que "realizó la obra de
la redención en la pobreza y la persecución" (Lumen gentium, 8), y una
mayor solidaridad con las dificultades y los sufrimientos del pobre.
5. Estoy profundamente convencido de que, en una Iglesia llamada constantemente
a la renovación interior y al testimonio profético, el ejercicio de la
autoridad episcopal debe construirse sobre el testimonio de la santidad personal.
El gran desafío de la nueva evangelización, a la que la Iglesia está llamada en
nuestro tiempo, requiere una credibilidad que brota de la fidelidad personal al
Evangelio y a las exigencias del seguimiento de Cristo. Según las memorables
palabras de Pablo VI, "será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida,
como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido
de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desprendimiento de los bienes
materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra, de
santidad" (Evangelii nuntiandi, 41).
Cuando meditamos, a la luz de la fe, en el plan de Dios para una familia humana
reconciliada y unida en Cristo, de quien la Iglesia es sacramento y
prefiguración profética, podemos ver más claramente la relación inseparable
entre la santidad y la misión de la Iglesia (cf. Redemptoris missio,
90). Por tanto, una parte esencial de la nueva evangelización debe ser un
nuevo celo de santidad, que inspire todas nuestras iniciativas y se exprese
prácticamente en una renovación de la fe y de la vida cristiana. No olvidemos la
exhortación profética dirigida a toda la Iglesia a través de la experiencia del
gran jubileo: la Iglesia está llamada a ofrecer una genuina "educación en la
santidad", adaptada a las necesidades de todos, y a asegurar que cada comunidad
cristiana se convierta en una auténtica escuela de oración y de santificación
personal (cf.
Novo millennio ineunte, 33).
6. Por tanto, este es el gran desafío que afronta la Iglesia en el alba del
nuevo milenio y el camino seguro hacia la auténtica renovación interior.
Mientras la comunidad católica en Estados Unidos se esfuerza, bajo vuestra
dirección, por afrontar ese desafío, os aseguro mis oraciones para que vosotros
y todo el clero, los religiosos y los fieles laicos encomendados a vuestra
solicitud pastoral, crezcáis diariamente en santidad y lleguéis a ser auténtica
levadura del Evangelio en la sociedad estadounidense.
Queridos hermanos, en vuestros esfuerzos por desempeñar vuestro exigente
ministerio de santificación en la Iglesia que está en Estados Unidos, tenéis un
excepcional modelo de santidad episcopal en san Juan Neumann, que entregó su
vida en un generoso y humilde servicio a su grey. Quiera Dios que, edificados
por su ejemplo y guiados por sus oraciones, crezcáis diariamente en la gracia de
vuestro ministerio, para realizar siempre la misión perfecta de la caridad
pastoral (cf.
Lumen gentium, 41). Encomendándoos a todos a su
intercesión, os imparto cordialmente mi bendición apostólica como prenda de
alegría y paz en el Señor.
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