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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA NACIONAL DE LAS COMUNIDADES
DE LA RENOVACIÓN EN EL ESPÍRITU

 

 

Al venerado hermano
Mons. MARIANO DE NICOLÒ
Obispo de Rímini


1. Me complace dirigirle, también este año, mi cordial saludo a usted y, por medio de usted, a cuantos participan en la asamblea nacional de los grupos y las comunidades de la Renovación en el Espíritu, que tiene lugar en esa ciudad de Rímini del 29 de abril al 2 de mayo de 2004. El tema -"He aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva; habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear" (Is 65, 17-18)- ayuda a contemplar el gran misterio de la alegría cristiana. Invito a cada uno a hacer suya la oración conclusiva de la exhortación apostólica Christifideles laici, en la que pedí a la "Virgen del Magníficat" que nos enseñe "a tratar las realidades del mundo con un vivo sentido de responsabilidad cristiana y en la gozosa esperanza de la venida del reino de Dios, de los nuevos cielos y de la nueva tierra" (n. 64). Los encuentros de los grupos y las comunidades de la Renovación en el Espíritu, si están animados verdaderamente por la presencia del Espíritu del Señor, sobre todo cuando concluyen con la celebración de la Eucaristía, son acontecimientos en los que "se abre en la tierra un resquicio de cielo, y de la comunidad de los creyentes se eleva, en sintonía con el canto de la Jerusalén celestial, el himno perenne de alabanza" (Spiritus et sponsa, 16), que "une el cielo y la tierra" (cf. Ecclesia de Eucharistia, 8 y 19).

2. El Espíritu Santo no dejará de enriquecer el testimonio de cada uno con los "dones espirituales y los carismas que él otorga a la Iglesia" (Catequesis del 27 de febrero de 1991, n. 1:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de marzo de 1991, p. 3). Entre estos carismas, revisten importancia peculiar "los que sirven para la plenitud de la vida espiritual", infundiendo "el gusto por la oración", un gusto que no excluye "la experiencia del silencio" (cf. Spiritus et sponsa, 13-14). "El amplísimo abanico de carismas, por medio de los cuales el Espíritu Santo infunde en la Iglesia su caridad y su santidad" (Catequesis del 27 de febrero de 1991, n. 5), será para vosotros, amadísimos hermanos y hermanas que participáis en el encuentro, un estímulo a difundir el amor a Cristo y a su Iglesia, "la única Madre sobre la tierra" (Pastores gregis, 13), y a insertar la alabanza que eleváis a Dios, bajo la guía de vuestros pastores, en los "espacios de creatividad y adaptación, que la hacen cercana a las exigencias expresivas de las diversas regiones, situaciones y culturas" (Spiritus et sponsa, 15).

3. Deseo de corazón que la Renovación en el Espíritu suscite cada vez más en la Iglesia la conversión interior, sin la cual difícilmente el hombre puede resistir a las seducciones de la carne y a la concupiscencia del mundo. Nuestro tiempo tiene gran necesidad de hombres y mujeres que, como rayos de luz, comuniquen la fascinación del Evangelio y la belleza de la vida nueva en el Espíritu. Con la fuerza impetuosa de la oración de alabanza y la gracia que brota de la vida sacramental, el Espíritu otorga incesantemente sus carismas a la comunidad eclesial, para que se embellezca y se edifique constantemente.

Sin embargo, es preciso corresponder al Evangelio de Cristo con la audacia de la fe, que es la madre de todos los milagros de amor, y con la firme confianza que nos hace impetrar de Dios todo bien para la salvación de nuestra alma. Por tanto, cada uno, como verdadero discípulo de Jesús, debe esforzarse sin cesar por seguir sus enseñanzas, haciendo de su camino de renovación espiritual una escuela permanente de conversión y santidad.

4. Ser testigos de las "razones del Espíritu" es vuestra misión, queridos miembros de la Renovación en el Espíritu Santo, en una sociedad donde a menudo la razón humana no parece impregnada de la sabiduría que viene de lo Alto. Sembrad en el corazón de los creyentes que participan en las actividades de vuestros grupos y de vuestras comunidades una semilla de fecunda esperanza en la dedicación diaria de cada uno a sus tareas.

Como escribí en la encíclica sobre la Eucaristía, "aunque la visión cristiana fija su mirada en un "cielo nuevo" y una "tierra nueva" (cf. Ap 21, 1), eso no debilita, sino que más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad con respecto a la tierra presente"; nos debe hacer sentir "más comprometidos que nunca a no descuidar los deberes de nuestra ciudadanía terrenal". Así podréis contribuir "a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios" (Ecclesia de Eucharistia, 20).

La Virgen María, presente con los Apóstoles en el Cenáculo en espera de Pentecostés, acompañe los trabajos de vuestra asamblea. Por mi parte, os aseguro un especial recuerdo en la oración, a la vez que envío a todos mi bendición.

Vaticano, 29 de abril de 2004, fiesta de santa Catalina de Siena, patrona de Italia y de Europa.

 

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