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DISCURSO
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL DECIMOTERCER GRUPO DE OBISPOS DE
ESTADOS UNIDOS EN VISITA "AD LIMINA"
Sábado 4 de diciembre de 2004
Queridos hermanos en el episcopado:
1. Con ocasión de vuestra visita quinquenal ad limina, os saludo
cordialmente a vosotros, obispos de las provincias eclesiásticas de
Louisville, Mobile y Nueva Orleans. Prosiguiendo nuestras reflexiones sobre
el ministerio de gobierno confiado a los sucesores de los Apóstoles, quisiera
considerar hoy algunos aspectos específicos de vuestra relación con los
fieles laicos.
Ante todo, deseo expresar mi profundo aprecio por la extraordinaria contribución
que los laicos han dado, y siguen dando, al crecimiento y a la expansión de la
Iglesia en vuestro país, una contribución que he constatado y admirado
personalmente durante mis visitas a Estados Unidos. Puesto que "la renovación de
la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos" (Ecclesia
in America, 44), estoy convencido de que una parte esencial de vuestro
gobierno pastoral debe consistir en guiarlos y sostenerlos en sus esfuerzos por
ser la levadura del Evangelio en el mundo.
2. Como afirmó claramente el concilio Vaticano II, el ejercicio del munus
regendi episcopal requiere por su misma naturaleza un reconocimiento de
la contribución y de los carismas de los fieles laicos y de su papel en
la construcción de la unidad de la Iglesia y en el cumplimiento de su misión
en el mundo (cf. Lumen gentium, 30-31). Cada obispo está llamado a
reconocer el "papel esencial e irreemplazable" de los laicos en la misión de la
Iglesia (cf.
Christifideles laici, 7) y a capacitarlos para llevar a cabo
su apostolado propio, "guiados por la luz del Evangelio y el pensamiento de la
Iglesia, y movidos por el amor cristiano" (Apostolicam actuositatem, 7).
En vuestro ministerio de gobierno, deberíais considerar como una clara
prioridad pastoral ayudar a los fieles laicos en la comprensión y
realización del munus regale que han recibido por su incorporación
bautismal en Cristo. Como afirma la tradición de la Iglesia, este oficio real se
expresa en primer lugar mediante la "libertad real", que permite a los fieles
superar el dominio del pecado en su vida y, "sirviendo a Cristo también en los
demás, llevarlos (...) al Rey, a quien servir es reinar" (Lumen gentium,
36). Sin embargo, los fieles laicos ejercen este oficio real de un
modo específico, a través de sus esfuerzos por extender el reino de Dios
en su actividad secular y mediante ella, para que "el mundo se
impregne del Espíritu de Cristo y consiga más eficazmente su fin en la justicia,
en el amor y en la paz" (ib.).
3. De aquí se sigue que es preciso impulsar a los laicos, hombres y mujeres,
mediante una oportuna catequesis y una formación permanente, a reconocer la
dignidad y la misión distintivas que han recibido en el bautismo y a encarnar en
todas sus actividades diarias un enfoque integral de la vida, que se
inspire y encuentre su fuerza en el Evangelio (cf.
Christifideles laici,
34). Esto significa que es necesario enseñar a los laicos a distinguir
claramente entre sus derechos y deberes como miembros de la Iglesia y los que
tienen como miembros de la sociedad humana, y se les ha de estimular a
integrarlos armoniosamente, reconociendo que "en cualquier cuestión temporal
han de guiarse por la conciencia cristiana, pues ninguna actividad humana,
ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de
Dios" (Lumen gentium, 36).
Una clara y autorizada reafirmación de estos principios fundamentales del
apostolado seglar ayudará a superar los graves problemas pastorales causados por
una creciente falta de comprensión de la obligación vinculante de la Iglesia de
recordar a los fieles su deber de conciencia de actuar de acuerdo con su
enseñanza autorizada. Es urgente la necesidad de una catequesis exhaustiva
sobre el apostolado seglar, que destaque necesariamente la importancia de
una conciencia bien formada, la relación intrínseca entre libertad y
verdad moral, y el grave deber que tiene todo cristiano de trabajar para renovar
y perfeccionar el orden temporal de acuerdo con los valores del reino de Dios.
Esta catequesis, respetando plenamente la legítima separación entre la Iglesia y
el Estado en la vida de Estados Unidos, debe explicar también que para los
cristianos no puede haber separación entre la fe que se ha de creer y poner en
práctica (cf. ib., 25) y el compromiso de participar de forma plena y
responsable en la vida profesional, política y cultural.
Dada la importancia de estas cuestiones para la vida y la misión de la Iglesia
en vuestro país, quiero animaros a considerar como elemento esencial de
vuestro ministerio de maestros y pastores de la Iglesia en Estados Unidos
enseñar los principios doctrinales y morales inherentes al apostolado seglar.
También os invito a discernir, consultando a los miembros del laicado que
sobresalen por su fidelidad, conocimiento y prudencia, los modos más eficaces de
promover la catequesis y una reflexión profunda sobre esta importante área de la
enseñanza social de la Iglesia.
4. El aprecio de los diferentes dones y del apostolado de los laicos llevará
naturalmente a reforzar el compromiso de fomentar entre los laicos un sentido
de responsabilidad compartida con respecto a la vida y la misión de la
Iglesia. Insistiendo en la necesidad de una teología y una espiritualidad de
comunión y misión para la renovación de la vida eclesial, he señalado la
importancia de "hacer nuestra la antigua sabiduría, la cual, sin perjuicio
alguno del papel jerárquico de los pastores, sabía animarlos a escuchar
atentamente a todo el pueblo de Dios" (Novo millennio ineunte, 45).
Ciertamente, esto requerirá un esfuerzo consciente de cada obispo para
desarrollar, en su Iglesia particular, estructuras de comunión y
participación que, sin detrimento de su responsabilidad personal con
respecto a las decisiones que está llamado a tomar en virtud de su autoridad
apostólica, permitan "escuchar al Espíritu que habla y vive en los fieles" (cf.
Pastores gregis, 44). Aún más importante es que esto requiere, en todos
los aspectos de la vida eclesial, el cultivo de un espíritu de comunión
fundado en el sensus fidei sobrenatural y en la rica variedad de carismas
y misiones que el Espíritu Santo derrama sobre todo el cuerpo de los bautizados
en orden a edificarlos en la unidad y en la fidelidad a la palabra de Dios (cf.
Lumen gentium, 12).
Comprender la cooperación y la responsabilidad común,
firmemente arraigada en los principios de una sana eclesiología, asegurará una
genuina y fructífera colaboración entre los pastores de la Iglesia y los fieles
laicos, sin peligro de que esta relación se tergiverse a causa de la aceptación,
sin sentido crítico, de categorías y estructuras tomadas de la vida secular.
5. Queridos hermanos en el episcopado, con espíritu de gratitud y profundo
aprecio encomendemos al Señor a todos los fieles laicos de vuestras Iglesias
particulares: a los jóvenes, que son la esperanza del futuro y que ya
ahora están llamados a ser fermento de vida y renovación en la Iglesia y en la
sociedad norteamericanas; a los matrimonios, que se esfuerzan por
reflejar en sí mismos y en sus familias el misterio del amor de Cristo a la
Iglesia; y a los innumerables hombres y mujeres que luchan cada día por
llevar la luz del Evangelio a sus hogares, a sus lugares de trabajo y a toda la
vida de la sociedad. Ojalá que sean testigos cada vez más creíbles de la fe que
nos ha reconciliado con Dios (cf. Rm 5, 1), del amor que transfigurará el
mundo y de la esperanza de "nuevos cielos y nueva tierra, donde, según la
promesa de Dios, habitará su justicia" (2 P 3, 13).
Con estos sentimientos y con afecto fraterno, invoco sobre vosotros y sobre los
fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral la protección amorosa de María,
Madre de la Iglesia. A todos imparto cordialmente mi bendición apostólica como
prenda de alegría y paz en el Señor.
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