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DISCURSO DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
Señor Embajador: 1. Me complace recibirle en este acto en el que me presenta las Cartas
Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario
de la República del Perú ante la Santa Sede. Al darle mi cordial bienvenida le
agradezco las amables palabras que me ha dirigido y le ruego que transmita al
Excmo. Señor Alejandro Toledo Manrique, Presidente de la República, mi gratitud
por el saludo enviado y al cual se une el querido pueblo peruano, lo cual
aprecio mucho y correspondo invocando sobre ellos toda clase de bienes. 2. Su presencia pone de manifiesto las tradicionales relaciones con la Santa
Sede, instauradas por el Perú ya desde 1877. Es de desear que, animados por el
espíritu de leal colaboración en favor de la sociedad, se continúe siempre en un
clima de amistad y respeto, tratándose de una Nación cuya Constitución comienza
invocando a Dios todopoderoso y reconoce el estrecho vínculo de colaboración del
Estado con la Iglesia. La vida religiosa en Perú, animada por la acción de los Obispos y los
sacerdotes, sus colaboradores, concretada en las diversas comunidades y
movimientos, en los centros de culto, asistenciales, educativos y de promoción
humana y social, es un signo muy claro de cómo la vitalidad de la fe puede
seguir sosteniendo los esfuerzos denodados de un noble pueblo que se afana en el
progreso sin dejar de lado las raíces auténticas de su identidad cristiana. La fe católica, profesada por la gran mayoría de la población en su País,
suscita, por su propio dinamismo, una conducta individual y social de largas
miras, favoreciendo, cuando no hay separación entre fe y vida, una existencia
sin incoherencias ni fracturas, dejando de lado la tentación del recurso a la
violencia, el egoísmo o la corrupción, pues la Iglesia, fiel a su misión, ofrece
sus orientaciones para afrontar los desafíos éticos contemporáneos. 3. La realidad que vive su Nación, como también gran parte del Continente
iberoamericano, presenta graves retos que es preciso afrontar con magnanimidad y
recto criterio. Hace pocos meses los Obispos del Perú reiteraban su urgente
llamado "a la paz, a la concordia y al entendimiento...; un llamado a la
esperanza, a construir el Perú, buscar el orden social, a defender el estado de
derecho y la constitucionalidad". Si bien es importante defender los valores
cívicos, no se debe olvidar que éstos serán más respetados cuando se basan en
los valores éticos y morales de la honestidad, la solidaridad efectiva, de modo
que se puedan corregir las injustas desigualdades sociales y los individualismo
personales y sociales que dificultan la realización plena del bien común. 4. Son conocidos los esfuerzos que llevan a cabo las autoridades para mejorar
las condiciones de vida de los sectores menos favorecidos de la sociedad,
procurando ofrecer oportunidades de trabajo digno, atención sanitaria y de
vivienda decorosa, pues desgraciadamente la pobreza sigue marcando aún la
existencia de millares de sus conciudadanos. La satisfacción de las necesidades
básicas de los más desheredados y excluidos debe considerarse una prioridad
fundamental, ya que las aceleradas transformaciones de la economía internacional
han colocado a muchos de ellos en una situación casi desesperada. Ante ello, la
Iglesia, madre y maestra, fiel a su misión acompaña de cerca a tantas familias y
personas que viven hoy las consecuencias deshumanizantes de esta circunstancia.
Este es uno de los campos donde la colaboración entre las diversas instancias
públicas y la comunidad eclesial encuentra un terreno fértil para atender y
ayudar a los pobres. 5. El Perú se encuentra también comprometido en un proceso para fortalecer
las instituciones nacionales, e igualmente en los proyectos de integración
regional. En este sentido es de desear que no queden fuera de las medidas del
Gobierno la defensa de la vida humana y la institución familiar, hoy tan
amenazada en tantas partes por un concepto equivocado de modernidad o de
libertad, pues la familia, configurada según el orden natural establecido por el
Creador, es la base insustituible del desarrollo armónico de una nación. 6. Quisiera dirigir también una palabra de cercanía y aliento a la numerosa
comunidad peruana que ha emigrando a otros países, y cuya presencia en Europa es
notable. La lejanía de la patria se debe, en la mayor parte de los casos, al
deseo de encontrar mejores condiciones de vida. Sin embargo, deben sentirse
comprometidos a aportar soluciones para el País que les vio nacer y que hoy les
sigue considerando sus hijos a pesar de la distancia. La Iglesia no se limita a recordar el principio ético fundamental de que
"los
emigrantes han de ser tratados siempre con el respeto a la dignidad de toda
persona humana" (Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la Paz,
1-1-2001, 13), sino que pone en movimiento todos sus recursos para atenderles de
la mejor manera posible. Con cierta frecuencia, en efecto, los templos y otras
instituciones católicas son para ellos el principal punto de referencia para
reunirse, celebrar sus fiestas, manteniendo viva su identidad patria, y donde
pueden encontrar un válido apoyo, cuando no el único, para defender sus derechos
o resolver situaciones apuradas. 7. Señor Embajador, llegados a este punto quiero formularle mis mejores votos
por el desempeño de su misión ante esta Sede Apostólica. Le ruego que transmita
al pueblo peruano la seguridad de mi oración por su progreso integral,
recordando las palabras que pronuncié al llegar al Aeropuerto de Lima en mi
primer viaje apostólico: "Los 500 años de evangelización de esas tierras son una
exigencia de construcción de un hombre latinoamericano y peruano más recio en su
fe, más justo, más solidario. más respetuoso del derecho ajeno al defender y
reivindicar el propio, más cristiano y más humano" (Discurso, 1 febrero
de 1985, 2). Pido a Dios que le asista en la misión que hoy comienza e invoco
toda clase de bendiciones celestes sobre Usted, su distinguida familia, sus
colaboradores, así como sobre los gobernantes y ciudadanos del Perú. *Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXVII, 2, p. 664-667.
L'Osservatore Romano 8.12.2004 p.5. L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.50 p.5.
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