de 2004
Queridos hermanos en el episcopado:
1. En este último encuentro con los pastores de la Iglesia en Estados Unidos que
realizan su visita quinquenal ad limina Apostolorum, os doy cordialmente
la bienvenida a vosotros, obispos de Minnesota, Dakota del norte y Dakota del
sur.
Durante este año he hecho, juntamente con vosotros y con vuestros hermanos en el
episcopado, una serie de reflexiones sobre el triple oficio de enseñar,
santificar y gobernar encomendado a los sucesores de los Apóstoles. A través
de una consideración sobre los dones espirituales y la misión apostólica
recibidos en la ordenación episcopal, por la cual cada obispo se configura
sacramentalmente con Jesucristo, Cabeza y Pastor supremo de su Iglesia (cf. 1
P 5, 4), hemos tratado de incrementar nuestro aprecio del misterio de la
Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, animado por el Espíritu Santo y
construido constantemente en la unidad mediante una rica diversidad de carismas,
ministerios y operaciones (cf. 1 Co 12, 4-6;
Lumen gentium, 7).
2. En estos últimos ocho meses, he tenido ocasión de encontrarme con cada uno de
los obispos norteamericanos, y, a través de ellos, de escuchar la voz viva de
la Iglesia en Estados Unidos. Esto ha sido para mí una fuente de gran
consuelo, y una invitación a dar gracias a Dios, uno y trino, por la abundante
cosecha que su gracia sigue produciendo en vuestras Iglesias locales. Al mismo
tiempo, he compartido el profundo dolor que vosotros y vuestro pueblo habéis
experimentado durante estos últimos años, y he sido testigo de vuestra
determinación de resolver con justicia y prontitud las graves cuestiones
pastorales que han surgido como consecuencia. Cumpliendo mi ministerio de
Sucesor de Pedro, he querido confirmar a todos y a cada uno de vosotros en la fe
(cf. Lc 22, 32) y animaros en vuestro esfuerzo por ser "centinelas
atentos, profetas audaces, testigos creíbles y fieles servidores de Cristo" para
el pueblo de Dios confiado a vuestro cuidado (cf.
Pastores gregis, 3).
Desde el comienzo de nuestros encuentros, he destacado que vuestro deber de
construir la Iglesia en comunión y misión debe empezar necesariamente por
vuestra propia renovación espiritual, y os he alentado a ser los primeros
en indicar, mediante vuestro testimonio de conversión a la palabra de Dios y
vuestra obediencia a la tradición apostólica, el camino real que conduce a la
Iglesia peregrina a Cristo y a la plenitud de su reino. En particular, os he
exhortado a adoptar un estilo de vida caracterizado por la pobreza evangélica,
que representa una "condición necesaria (...) para llevar a cabo un fecundo
ministerio episcopal" (ib., 20). Como afirmó el Concilio, el Señor mismo
realizó la obra de redención en la pobreza y la
persecución, y su Iglesia está llamada a seguir ese mismo camino (cf.
Lumen gentium, 8).
3. Ahora, al concluir esta serie de encuentros, os doy dos consignas a
vosotros y a vuestros hermanos en el episcopado. La primera es un estímulo
fraterno a perseverar gozosamente en el ministerio que se os ha
encomendado, en obediencia a la enseñanza auténtica de la Iglesia. En el
dolor y el escándalo de los últimos años no podemos por menos de ver un "signo
de los tiempos" (cf. Mt 16, 3) y una llamada providencial a la conversión
y a una fidelidad más profunda a las exigencias del Evangelio. En la vida de
cada creyente y en la vida de toda la Iglesia, un sincero examen de conciencia y
el reconocimiento del fracaso va siempre acompañado por una renovada
confianza en la fuerza salvífica de la gracia de Dios y una exhortación a mirar
al futuro (cf. Flp 3, 13). A su modo, la Iglesia en Estados Unidos ha
sido llamada a iniciar el nuevo milenio "recomenzando desde Cristo" (cf.
Novo
millennio ineunte, 29) y haciendo claramente de la verdad del Evangelio
la medida de su vida y de toda su actividad.
A esta luz, os felicito una vez más por los esfuerzos que hacéis para lograr que
cada persona y cada grupo en la Iglesia comprenda la urgente necesidad de un
testimonio coherente, honrado y fiel de la fe católica, y que cada una de
las instituciones y apostolados de la Iglesia manifieste en todos los aspectos
de su vida una clara identidad católica. Este es, quizá, el desafío más
difícil y delicado que debéis afrontar en vuestra misión de maestros y pastores
de la Iglesia en Estados Unidos hoy, pero es un desafío al que no podéis
renunciar. En el cumplimiento de vuestro deber de "enseñar, exhortar y
reprender con toda autoridad" (Tt 2, 15), sois los primeros llamados a
estar "unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio" (1 Co 1,
10), trabajando armoniosamente en el anuncio del Evangelio.
4. La segunda consigna es una cordial exhortación a mantener vuestra
mirada fija en el gran objetivo que debe buscar toda la Iglesia en el alba de
este tercer milenio cristiano: el anuncio de Jesucristo como Redentor de
la humanidad. Aunque los acontecimientos de los últimos años han centrado
necesariamente vuestra atención en la vida interior de la Iglesia, de ningún
modo deberían impediros contemplar la gran tarea de la nueva evangelización y la
necesidad de "un nuevo impulso apostólico" (Novo
millennio ineunte, 40).
Duc in altum! "La Iglesia en América debe hablar cada vez más de
Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre" (Ecclesia in
America, 67), dedicando sus mejores esfuerzos a un anuncio más eficaz del
Evangelio, al crecimiento de la santidad y a una transmisión más eficaz del
tesoro de la fe a las generaciones más jóvenes.
Dado que un claro sentido de misión dará naturalmente como fruto la unidad de
propósitos entre todos los miembros de la comunidad cristiana (cf.
Christifideles laici, 32), ese impulso misionero promoverá seguramente la
obra de reconciliación y renovación en el seno de vuestras Iglesias
locales. También consolidará y anticipará el testimonio profético de la
Iglesia en la sociedad norteamericana contemporánea. La Iglesia se siente
responsable de todo ser humano y del futuro de la sociedad (cf.
Redemptor
hominis, 15), y esta responsabilidad corresponde de modo particular a los
fieles laicos, que tienen la misión de ser levadura del Evangelio en el
mundo. Al contemplar los desafíos que afronta actualmente la Iglesia en Estados
Unidos, se presentan inmediatamente dos cometidos urgentes: la necesidad
de una evangelización de la cultura en general, que, como he afirmado, es una
contribución única que la Iglesia en vuestro país puede dar a la misión ad
gentes hoy, y la necesidad de que los católicos colaboren fructuosamente con
los hombres y mujeres de buena voluntad en la construcción de una cultura de
respeto a la vida (cf.
Evangelium vitae, 95).
5. Queridos hermanos en el episcopado, doy gracias a Dios por las numerosas
bendiciones que ha concedido durante esta serie de encuentros del Sucesor de
Pedro con los obispos estadounidenses. Habiendo venido al centro de la Iglesia,
y confirmados en la comunión con la Cátedra de la unidad, podéis volver
ahora a vuestras Iglesias locales con renovado entusiasmo por vuestra misión
de enseñar, santificar y gobernar la grey confiada a vuestro cuidado. Cuando
soportéis "el peso del día y el calor" (cf. Mt 20, 12) al servicio del
Evangelio, os puede tranquilizar siempre saber que, en cada paso de su
peregrinación terrena, "la Iglesia (...) se siente fortalecida con la fuerza del
Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos
y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el
misterio de Cristo con fidelidad, aunque bajo sombras, hasta que al final se
manifieste a plena luz" (Lumen gentium, 8).
Nuestros encuentros han llegado oportunamente a su fin durante la semana en la
que la Iglesia celebra el 150° aniversario de la definición del dogma de la
Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, patrona de la Iglesia en
Estados Unidos. Al ofrecer los frutos de estas visitas al Señor e implorar su
bendición sobre la comunidad católica en Estados Unidos, volvamos nuestros ojos
a Nuestra Señora, que, como dice el Concilio, es "miembro muy eminente y del
todo singular de la Iglesia y como su prototipo y modelo destacadísimo en la fe
y en el amor" (Lumen gentium, 53). Que María Inmaculada os guíe a cada
uno de vosotros, así como a todos los sacerdotes, los religiosos y los fieles
laicos de vuestras Iglesias locales, a lo largo de vuestra peregrinación hacia
la plenitud del Reino, y oriente vuestra mirada hacia la gloriosa visión de la
creación redimida y transformada por la gracia. Que ella, la Madre de la
Iglesia, ayude a sus hijos, "que han caído pero se esfuerzan por levantarse", a
alegrarse por las maravillas que el Señor ya ha realizado (cf. Lc 1, 49)
y a ser ante el mundo testigos fieles de la esperanza que no defrauda jamás (cf.
Rm 5, 5).
A todos vosotros, con gran afecto en el Señor, os imparto cordialmente mi
bendición apostólica.