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DISCURSO
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA DEL
FORO DE LAS ASOCIACIONES FAMILIARES
Sábado 18 de diciembre de 2004
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1. Saludo con afecto al Foro de las asociaciones familiares y
agradezco las palabras que en nombre de todos vosotros me ha dirigido la
presidenta, profesora Luisa Santolini. Este encuentro con vosotros,
representantes de millones de familias italianas, tiene lugar cerca de la
Navidad. Precisamente contemplando el misterio de Dios que se hace hombre y
encuentra acogida en una familia humana, podemos comprender plenamente el valor
y la belleza de la familia.
La familia no sólo está en el centro de la vida cristiana; también es el
fundamento de la vida social y civil y, por eso, constituye un capítulo central
de la doctrina social cristiana, como muestra muy bien el Compendio de la
doctrina social de la Iglesia (cf. nn. 209-254). Es preciso profundizar
continuamente en el íntimo alcance personal y al mismo tiempo en el valor
social, originario e irrenunciable de la unión entre el hombre y la mujer, que
se realiza en el matrimonio y da origen a la comunidad familiar. Quien destruye
este entramado fundamental de la convivencia humana causa una herida profunda a
la sociedad y provoca daños a menudo irreparables.
2. Por desgracia, los ataques contra el matrimonio y la familia son cada día más
fuertes y radicales, tanto en la vertiente ideológica como en la de las normas (cf.
Ecclesia in Europa, 90). El intento de reducir la familia a una
experiencia afectiva privada, socialmente irrelevante; de confundir los derechos
individuales con los del núcleo familiar constituido con el vínculo del
matrimonio; de equiparar las convivencias a las uniones matrimoniales; de
aceptar, y en algunos casos favorecer la eliminación de vidas humanas inocentes
con el aborto voluntario; de desnaturalizar los procesos naturales de la
generación de los hijos introduciendo formas artificiales de procreación, son
sólo algunos de los ámbitos en los que es evidente la alteración del orden que
se está produciendo en la sociedad.
Ningún progreso civil puede derivar de la desvalorización social del matrimonio
y de la pérdida de respeto hacia la dignidad inviolable de la vida humana. Lo
que se presenta como progreso de la civilización o conquista científica, en
muchos casos es de hecho una derrota para la dignidad humana y para la sociedad.
3. La verdad del hombre, su llamada a ser acogido desde la concepción con amor y
en el amor, no puede sacrificarse al dominio de las tecnologías y a la
prevaricación de los deseos sobre los auténticos derechos. El deseo legítimo del
hijo o de la salud no puede transformarse en un derecho incondicional, hasta el
punto de justificar la eliminación de otras vidas humanas. La ciencia y la
tecnología sólo están verdaderamente al servicio del hombre si tutelan y
promueven a todos los seres humanos implicados en el proceso de la generación.
Las asociaciones católicas, junto con todos los hombres de buena voluntad que
creen en los valores de la familia y de la vida, no pueden ceder a las presiones
de una cultura que amenaza los fundamentos mismos del respeto a la vida y a la
promoción de la familia.
Entre las "formas de movilización" ya propuestas en la
Familiaris consortio,
por las que las familias deben tomar cada vez mayor conciencia de que son
"protagonistas" de la "política familiar" y tienen la responsabilidad de
transformar la sociedad (cf. n. 44), la voz profética del Foro de las
asociaciones familiares es muy relevante para Italia y para Europa.
4. En efecto, el Foro realiza la importante tarea, en muchos aspectos inédita,
de ser la voz de los que no tienen voz, de ser portavoz de los derechos de la
familia, comenzando por los que recuerda la Carta de los derechos de la
familia, que es parte integrante de vuestro pacto asociativo, actuando así
de un modo totalmente nuevo y original en la sociedad italiana.
Gracias por lo que habéis hecho durante estos diez años y por lo que sois. Al
exhortaros a proseguir vuestro compromiso al servicio de la familia y de la
vida, imparto a todos con afecto la bendición apostólica.
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