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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO
ORGANIZADO POR EL CELAM CON MOTIVO DEL
XXV ANIVERSARIO DE LA CONFERENCIA DE PUEBLA

 

Al señor cardenal
Francisco Javier ERRÁZURIZ OSSA
Arzobispo de Santiago de Chile
Presidente del Consejo episcopal latinoamericano


Me complace dirigir un cordial saludo a los señores cardenales, arzobispos y obispos reunidos en Puebla de los Ángeles para participar en el encuentro promovido por el Celam con el fin de conmemorar el XXV aniversario de mi primer viaje apostólico a Latinoamérica y de la III Conferencia general del Episcopado de ese continente, que inauguré el 28 de enero de 1979.

Quiso la divina Providencia que el primer viaje apostólico de mi pontificado fuese a América Latina, en cuya historia ha calado muy hondo la raigambre católica. Aún conservo viva, en la memoria y en el corazón, la calurosa acogida y el afecto sincero que expresaron al Sucesor de Pedro los pueblos de la República Dominicana, México y Bahamas. En el encuentro con las Iglesias particulares de esas naciones abrazaba también, por así decir, a todos los hijos de la Iglesia en Latinoamérica. Vi una Iglesia joven, llena de vida, dinamismo apostólico y esperanza en el porvenir. Pero percibí también rostros de sufrimiento, que denotaban hambre de justicia, de paz, de reconciliación y de una vida digna de los hijos de Dios.

La Conferencia de Puebla fue, indudablemente, un gran acontecimiento eclesial, y estaba llamada a servir de luz y estímulo permanente para la evangelización de América Latina. Así lo expresaba su tema: «La evangelización en el presente y el futuro de América Latina». Este sigue siendo el gran desafío para el continente de la esperanza: evangelizar, anunciar a Cristo vivo. A este respecto, deseo repetiros lo que dije en el discurso inaugural: «Hemos de confesar a Cristo ante la historia y ante el mundo con convicción profunda, sentida, vivida, como lo confesó Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Esta es la buena noticia, en un cierto sentido única: la Iglesia vive por ella y para ella, así como saca de ella todo lo que tiene para ofrecer a los hombres, sin distinción alguna de nación, raza, tiempo, edad o condición» (28 de enero de 1979, I, 3).
Mientras deseo ardientemente que esta conmemoración avive en vosotros y en todas las Iglesias particulares de Latinoamérica un impulso evangelizador cada vez más vigoroso y audaz, os encomiendo a Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América, y os imparto de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 5 de febrero de 2004

 

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