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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL SÉPTIMO GRUPO DE OBISPOS DE FRANCIA
CON MOTIVO DE SU
VISITA "AD LIMINA"


Viernes 13 de febrero de 2004

 

Queridos hermanos en el episcopado: 

1. Os acojo con alegría, pastores de las provincias eclesiásticas de Burdeos y Poitiers, al final de vuestra visita ad limina. Al venir en peregrinación tras las huellas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, les habéis encomendado a los fieles de vuestras diócesis, pidiéndoles su intercesión para asegurar vuestra misión de enseñar, gobernar y santificar al pueblo que os ha sido confiado. Agradezco a monseñor Jean-Pierre Ricard, arzobispo de Burdeos y presidente de la Conferencia episcopal de Francia, las palabras que me acaba de dirigir, presentándome las esperanzas de vuestras Iglesias diocesanas. Deseo que vuestra estancia en Roma os confirme en vuestro ministerio, contribuyendo a dar nuevo impulso al dinamismo misionero de vuestras comunidades. Acabáis de recordar la atención que prestan los obispos de Francia a la pastoral de la juventud. En efecto, el obispo está invitado a "prestar una atención particular a la evangelización y acompañamiento espiritual de los jóvenes"; su "ministerio de esperanza no puede dejar de construir el futuro junto con aquellos a quienes está confiado el porvenir, es decir, los jóvenes" (Pastores gregis, 53).

2. En vuestras relaciones quinquenales evocáis el ambiente complejo y difícil en el que viven los jóvenes. Su universo cultural está marcado por las nuevas tecnologías de la comunicación, que cambian su relación con el mundo, con el tiempo y con los demás, y modelan sus comportamientos. Esto crea una cultura de lo inmediato y lo efímero, que no siempre es favorable a la profundización, ni a la maduración interior o al discernimiento moral. Pero la utilización de los nuevos medios de comunicación social tiene un interés innegable. Por otra parte, vuestra Conferencia y numerosas diócesis han captado bien el carácter positivo de este cambio, proponiendo sitios de internet, destinados en particular a los jóvenes, en los que es posible informarse, formarse y descubrir las diferentes propuestas de la Iglesia. No puedo por menos de impulsar el desarrollo de estos instrumentos para servir al Evangelio y para alimentar el diálogo y la comunicación.

La sociedad se caracteriza por numerosas fracturas, que hacen a los jóvenes particularmente frágiles:  separaciones familiares, familias reconstruidas con hermanos diferentes, y ruptura de vínculos sociales. No podemos por menos de pensar en los niños y en los jóvenes que sufren terriblemente por la desintegración de su familia, o en los que viven en situaciones de precariedad, que los llevan a menudo a considerarse excluidos de la sociedad. Del mismo modo, la evolución de las mentalidades no deja de preocupar:  subjetividad exacerbada; liberalización excesiva de las costumbres, que impulsa a los jóvenes a creer que cualquier comportamiento, si es realizable, podría ser bueno; disminución grave del sentido moral, que lleva a pensar que ya no existe ni el bien ni el mal objetivos. Evocáis también situaciones sociales de violencia, que crean tensiones importantes, sobre todo en ciertos barrios de las ciudades y de los suburbios, así como un incremento de comportamientos suicidas y del uso de drogas. Por último, el aumento del desempleo inquieta a los jóvenes. Estos, a veces, dan la impresión de que han entrado demasiado rápido en la vida adulta, por sus conocimientos y sus comportamientos, y de que no han tenido tiempo para lograr una maduración física, intelectual, afectiva y moral, cuyas etapas no son concomitantes. La multiplicidad de los mensajes y de los modelos de vida transmitidos por la sociedad confunden mucho la percepción y la práctica de los valores morales y espirituales, llegando incluso a hipotecar la construcción de su identidad, la gestión de su afectividad y la edificación de su personalidad. Se trata de fenómenos peligrosos para el crecimiento de los jóvenes y para la convivencia entre las personas y entre las generaciones.
 
3. Como pastores, estáis atentos a esas realidades, conociendo la generosidad de los jóvenes, dispuestos a movilizarse por causas justas y deseosos de encontrar la felicidad. Son fuerzas pastorales que la Iglesia debe tener en cuenta en su pastoral de la juventud, y la Iglesia debe contribuir a su pleno desarrollo. Las comunidades cristianas francesas son herederas de grandes figuras de educadores, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que, en su época, supieron inventar pedagogías adecuadas. Os invito, a pesar de la escasez de medios, a no escatimar esfuerzos en el campo educativo. Exhorto en particular a las comunidades religiosas que tienen este carisma a no descuidar el mundo de la educación escolar o paraescolar, puesto que es allí, por excelencia, donde se puede llegar a los jóvenes, anunciarles el Evangelio y preparar el futuro de la Iglesia. Los movimientos juveniles, aunque cuenten con un número reducido de miembros, han de proseguir su acción, sin olvidar jamás que el proceso educativo implica una duración. Exhorto hoy a inventar nuevas propuestas para los jóvenes, a fin de ofrecerles, a nivel diocesano y parroquial, en las capellanías, en los movimientos o en los servicios, lugares, medios y acompañamiento específicos que les permitan crecer humana y espiritualmente. Las comunidades cristianas tienen la misión de llevar a los jóvenes a Cristo e introducirlos en su intimidad, para que puedan vivir de su vida y construir una sociedad cada vez más fraterna. El aspecto social no debe hacer olvidar el objetivo principal de la actividad pastoral:  llevar a los jóvenes a Cristo.
 
4. Los jóvenes aspiran a vivir en grupos donde sean reconocidos y amados. Ningún niño puede vivir o formarse sin amor, sin la mirada benévola de los adultos; este es el sentido mismo de la misión educativa. Por eso, invito a las comunidades diocesanas a prestar una atención cada vez mayor a los lugares educativos; ante todo, a la familia, a la que conviene sostener y ayudar, principalmente en las relaciones entre padres e hijos, en particular en el momento de la adolescencia. Con frecuencia, la presencia de adultos que no sean los padres es muy benéfica. De igual modo, la escuela es un lugar privilegiado de vida fraterna y pacífica, donde a cada uno se le acepta tal como es, respetando sus valores y sus creencias personales y familiares. Estimulo a las escuelas católicas a ser comunidades donde los valores cristianos formen parte del programa y de la práctica educativa, y donde la enseñanza del Magisterio se transmita a los jóvenes mediante catequesis adaptadas a las diferentes edades de la escolaridad. La presencia de niños no católicos no debe ser un obstáculo a este proceso. Asimismo, aprecio la misión de las capellanías escolares y universitarias. Aunque los participantes sean poco numerosos, los que los acompañan no deben olvidar jamás que lo que los jóvenes reciben lo transmiten de una manera u otra a sus compañeros. Es importante llevar a cabo la pastoral de la juventud tanto en tiempos fuertes -"vivir juntos" es fundamental en la educación de los jóvenes- como mediante actividades regulares, para que la formación religiosa contribuya a la estructuración de los jóvenes y de su existencia.

En vuestras relaciones y en vuestros boletines diocesanos se aprecian los frutos que la Jornada mundial de la juventud de París, que recuerdo con emoción, sigue dando entre los jóvenes. Es importante recomendarles vivir con fidelidad su relación con Cristo, para que tomen conciencia de que la vida de fe y la práctica sacramental no dependen del simple deseo del momento, ni pueden constituir una actividad como cualquier otra en la existencia. Deseo que los educadores les ayuden a discernir las prioridades, puesto que no se puede conocer verdaderamente a Cristo si no se hace el esfuerzo de ir a su encuentro y mantener una relación regular con él. Es necesario también contar mucho con los jóvenes para evangelizar a los jóvenes, pues pueden ejercer una gran fuerza de atracción sobre sus compañeros. En estos campos tienen recursos que conviene aprovechar.

5. La pastoral de la juventud requiere, por parte de los acompañantes, perseverancia, atención e inventiva. Por eso, no dudéis en dedicar sacerdotes cualificados, con buena formación y una vida espiritual y moral a toda prueba, para acompañar a los jóvenes, transmitirles la enseñanza cristiana, compartir con ellos tiempos fraternos y de esparcimiento, a fin de que se conviertan en misioneros. Deseo que las diócesis se movilicen cada vez más en este sentido, aunque viváis tiempos difíciles. Los adultos deben proporcionar a los jóvenes los medios concretos para reunirse a fin de vivir y profundizar su fe, formándolos en el estudio y en la meditación de la palabra de Dios, y en la oración personal, y estimulándolos a configurarse cada vez más con Cristo. Es preciso también ayudarles a interrogarse sobre su existencia y su proyecto de vida, para que estén abiertos a las llamadas del Señor a una vocación específica en la Iglesia:  el sacerdocio, el diaconado o la vida consagrada. Los padres y los educadores no han de tener miedo de plantear a los jóvenes la cuestión de una eventual vocación sacerdotal o religiosa. Esto no es en absoluto un obstáculo a la libertad de elección, sino, al contrario, una invitación a reflexionar en su futuro, para "hacer de su vida un "te amo"", como recordé durante mi viaje a Lyon en 1986. A todos los protagonistas de la pastoral de jóvenes les corresponde ayudar a estos últimos a tener una fe que les permita confrontarse de manera crítica con la cultura actual, adquiriendo un sano discernimiento sobre las cuestiones que animan los debates de la sociedad.

Evocáis con preocupación las fracturas del mundo de los jóvenes y las precariedades que afrontan, que a veces los arrastran al individualismo, a la violencia y a comportamientos destructores. A ejemplo de Cristo, la Iglesia desea permanecer cerca de los jóvenes heridos por la vida, por los cuales el Señor siente un amor de predilección. Aprecio y estimulo el trabajo de las personas que, en los movimientos, en los servicios y en el mundo caritativo, promueven la creatividad de la caridad, acompañando a los excluidos y a los que sufren, permitiéndoles recuperar la ilusión de vivir. Ojalá que les ayuden a descubrir el rostro de Cristo, que ama a todo hombre, independientemente de su camino y de sus fragilidades.

6. Deseo también atraer vuestra atención hacia el apoyo que se debe dar a los jóvenes que se preparan para el matrimonio. A menudo han conocido numerosos sufrimientos en sus familias de origen y a veces han hecho múltiples experiencias. En la sociedad existen diversos modelos de relación, sin ninguna calificación antropológica o moral. Por su parte, la Iglesia desea proponer el camino de una progresión en las relaciones amorosas, que pasa por el tiempo del noviazgo y presenta el ideal de la castidad; recuerda que el matrimonio entre un hombre y una mujer, y la familia, se construyen ante todo sobre un vínculo fuerte entre las personas y un compromiso definitivo, y no sobre el aspecto puramente afectivo, que no puede constituir la única base de la vida conyugal. Los pastores y los matrimonios cristianos no deben temer ayudar a los jóvenes a reflexionar sobre estas cuestiones delicadas y esenciales, mediante catequesis y diálogos valientes y adecuados, haciendo resplandecer la profundidad y la belleza del amor humano.

7. La Iglesia tiene palabras originales en los debates sobre la educación, sobre los fenómenos sociales, especialmente sobre las cuestiones de la vida afectiva, sobre los valores morales y espirituales. La formación no puede consistir únicamente en un aprendizaje técnico y científico. Tiende principalmente a una educación de toda la persona. Expreso mi aprecio a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos y religiosas y a los laicos que cumplen esta noble misión de acompañar a los jóvenes. Sé que su tarea es ardua y a veces árida, pues los resultados no siempre corresponden a los esfuerzos realizados. No han de desanimarse, ya que nadie conoce el secreto del corazón de los jóvenes. "Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger su mensaje, aunque sea exigente" (Novo millennio ineunte, 9).

Queridos hermanos en el episcopado, al final de nuestro encuentro, doy gracias con vosotros por la labor que el Espíritu realiza en el corazón de los jóvenes. Estos piden a la Iglesia que los acompañe, porque aspiran profundamente a vivir un ideal de exigencia y de verdad, a pesar de las señales frecuentemente equivocadas que les envía el mundo actual. Os corresponde a vosotros conducirlos a Cristo y proponerles el camino exigente de la santidad, para que puedan participar cada vez más activamente en la vida de la Iglesia y de la sociedad. Exhorto a las comunidades cristianas de vuestras diócesis a darles el lugar que les corresponde, a acoger los interrogantes que plantean y a responderles con la verdad. Por intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de Lourdes, cuya fiesta acabamos de celebrar, os imparto de buen grado una afectuosa bendición apostólica a vosotros, así como a todos los miembros de vuestras comunidades diocesanas y, en particular, a los jóvenes, a quienes os pido que transmitáis este mensaje:  el Papa cuenta con ellos.

 

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