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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS
OBISPOS AMIGOS DEL MOVIMIENTO DE LOS FOCOLARES
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Venerados hermanos en el episcopado:
Me alegra enviaros mi cordial saludo con ocasión del encuentro anual de obispos
amigos del movimiento de los Focolares, que constituye un momento propicio para
profundizar juntos en la espiritualidad de la Obra de María.
He apreciado mucho que, para este encuentro, os hayáis propuesto reflexionar y
confrontaros sobre el tema de la santidad, como exigencia primaria que hay que
proponer a todos los miembros del pueblo de Dios. El concilio ecuménico Vaticano
II recordó que la santidad es la vocación de todo bautizado. Quise poner de
relieve esta misma verdad en la carta apostólica
Novo millennio
ineunte,
al final del gran jubileo del año 2000. En efecto, sólo una comunidad cristiana
que brille por su santidad puede cumplir eficazmente la misión que Cristo le ha
confiado, es decir, difundir el Evangelio hasta los últimos confines de la
tierra.
"Para una santidad de pueblo": esta especificación pone de relieve precisamente
el carácter universal de la vocación a la santidad en la Iglesia, verdad que
representa uno de los pilares de la constitución conciliar
Lumen gentium.
Conviene destacar oportunamente dos aspectos generales. Ante todo, el hecho de
que la Iglesia es íntimamente santa y está llamada a vivir y manifestar esta
santidad en cada uno de sus miembros. En segundo lugar, la expresión "santidad
de pueblo" hace pensar en lo ordinario, es decir, en la exigencia de que los
bautizados vivan con coherencia el Evangelio en la vida diaria: en la familia,
en el trabajo, en toda relación y ocupación. Precisamente en lo ordinario se
debe vivir lo extraordinario, de modo que la "medida" de la vida tienda a lo
"alto", o sea, a la "madurez de la plenitud de Cristo", como enseña el apóstol
san Pablo (cf. Ef 4, 13).
La santísima Virgen María, de quien sé que sois filialmente devotos, sea el
modelo sublime en el que os inspiréis siempre: en ella se compendia la santidad
del pueblo de Dios, porque en ella resplandece con la máxima humildad la
perfección de la vocación cristiana. A su protección materna os encomiendo a
cada uno de vosotros, queridos y venerados hermanos, a la vez que expreso mis
mejores deseos para vuestro encuentro, y de corazón os imparto a todos una
bendición apostólica.
Vaticano, 18 de febrero de 2004
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