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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL OCTAVO GRUPO DE
OBISPOS DE FRANCIA EN VISITA «AD LIMINA»
Viernes 20
de febrero de 2004
Señor cardenal; queridos hermanos en el episcopado:
1. Me alegra acogeros a vosotros, pastores de la provincia de París, así como al
Ordinario militar, con ocasión de vuestra visita ad limina. Agradezco al
señor cardenal Jean-Marie Lustiger las amables palabras que acaba de dirigirme.
Deseo ardientemente que vuestra visita, que os permite encontraros con el
Sucesor de Pedro, os confirme en vuestra misión al servicio de la
evangelización. Anunciar el Evangelio es, de un modo muy especial, la misión del
obispo, «manifestación preeminente de su paternidad» de pastor que «debe ser
consciente de los desafíos que el momento actual lleva consigo y tener la
valentía de afrontarlos» (Pastores gregis, 26). No podemos olvidar la
frase del Apóstol de los gentiles: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1
Co 9, 16). El Concilio recordó ya la urgencia de la evangelización para
«iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el
rostro de la Iglesia» (Lumen gentium, 1).
2. Las relaciones quinquenales reflejan la secularización de la sociedad
francesa, entendida a menudo como un rechazo, en la vida social, de los
valores antropológicos, religiosos y morales que la han marcado profundamente.
También se siente la necesidad de un anuncio renovado del Evangelio, incluso
para las personas ya bautizadas, hasta el punto de constatar que, con mucha
frecuencia, un primer anuncio del Evangelio es necesario casi por doquier (cf.
Ecclesia in Europa, 46-47). Asimismo, evocáis la disminución del número
de niños catequizados, pero al mismo tiempo os alegráis por el número creciente
de catecúmenos entre los jóvenes y los adultos, así como por el redescubrimiento
del sacramento de la confirmación. Son signos que indican que la transmisión de
la fe puede desarrollarse a pesar de las condiciones difíciles. Ojalá que las
peticiones de los hombres que quieren «ver a Jesús» (Jn 12, 21) y llaman
a la puerta de la Iglesia os ayuden a suscitar una nueva primavera de la
evangelización y de la catequesis. Sigo con interés las reflexiones realizadas
por vuestra Conferencia para proponer la fe en la sociedad actual e invitar a
las comunidades diocesanas a una audacia renovada en este campo, audacia que da
el amor a Cristo y a su Iglesia, y que brota de la vida sacramental y de la
oración.
3. Por lo que concierne a la catequesis para niños y jóvenes, es
importante ofrecerles una educación religiosa y moral de calidad, presentando
los elementos claros y sólidos de la fe, que llevan a una intensa vida
espiritual —puesto que también el niño es capax Dei, como decían los
Padres de la Iglesia—, a una práctica sacramental y a una vida humana digna y
hermosa. Para constituir el núcleo sólido de la existencia, la formación
catequística debe ir acompañada por una práctica religiosa regular. ¿Cómo puede
la propuesta hecha a los niños arraigar verdaderamente en ellos, y cómo puede
Cristo transformar desde dentro su ser y su obrar, sino se encuentran
regularmente con él? (cf.
Dies Domini, 36;
Ecclesia de Eucharistia,
31). Es importante también que las autoridades competentes, respetando la
legislación en vigor, den espacio a la catequesis y a la actividad religiosa
personal y comunitaria de los fieles, recordando que esta dimensión de la
existencia tiene una influencia positiva en los vínculos sociales y en la vida
de las personas. Quiero dar vivamente las gracias a los servicios diocesanos de
catequesis y a todos los catequistas que se dedican a la educación religiosa de
la juventud. Los animo a proseguir su hermosa y noble misión, tan importante en
el mundo actual, esmerándose siempre por transmitir fielmente el tesoro que la
Iglesia ha recibido de los Apóstoles (cf. Hch 16, 2), para que el
pueblo cristiano crezca y se realice verdaderamente la comunión eclesial.
Quizá no vean siempre inmediatamente los frutos de su acción, pero han de saber
que lo que siembran en los corazones, Dios lo hará crecer, dado que es él
quien da el crecimiento (cf. 1 Co 3, 7). Recuerden que está en juego el
futuro de la transmisión de la fe y su realización. De ello depende también, en
gran parte, la visibilidad de la Iglesia del futuro.
Conviene, por tanto, estar atentos a la formación de los padres y de los
catequistas, para que puedan llegar al núcleo de la fe que tienen que
comunicar. El camino cristiano no puede apoyarse sobre una simple actitud
sociológica, ni sobre el conocimiento de algunos rudimentos del mensaje
cristiano, que no llevarían a una participación en la vida de la Iglesia. Esto
sería signo de que la fe permanece totalmente exterior a las personas. Los
pastores y los catequistas deben recordar, asimismo, que los niños y los jóvenes
son particularmente sensibles a la coherencia entre la palabra de las
personas y su existencia concreta. En efecto, ¿cómo podrían los jóvenes
tomar conciencia de la necesidad de la participación en la Eucaristía dominical
o de la práctica del sacramento de la penitencia, si sus padres o sus educadores
no viven la vida religiosa y eclesial? Cuanto más esté en armonía el testimonio
de fe y de vida moral con la profesión de fe, tanto más los jóvenes comprenderán
que la vida cristiana ilumina toda la existencia y le da su fuerza y su
profundidad. El testimonio diario constituye el sello de autenticidad de la
enseñanza impartida.
Os invito a seguir cuidando la formación de los jóvenes, buscando formas
de enseñanza que, teniendo en cuenta su deseo de hacer una intensa experiencia
humana, les propongan conocer a Cristo y encontrarse con él en un itinerario de
oración personal y comunitaria fuerte y edificante. A este propósito, sé que
estáis comprometidos en la renovación constante de los instrumentos
catequísticos y pedagógicos útiles para los servicios de catequesis, de acuerdo
con el Catecismo de la Iglesia católica y el
Directorio general de
catequesis, que ofrecen los fundamentos teológicos y los puntos clave de la
enseñanza catequística para todas las categorías de personas.
4. Desde esta perspectiva, la vocación y la misión de los bautizados en la
comunidad eclesial y en el mundo sólo se comprenden a la luz del misterio de la
Iglesia, «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano» (Lumen gentium, 1). Con este espíritu, es
importante que se proponga a los fieles un itinerario de inteligencia de la fe,
que les permita armonizar mejor sus conocimientos religiosos con su saber
humano, para que puedan realizar una síntesis cada vez más sólida entre sus
conocimientos científicos y técnicos y la experiencia religiosa. Me alegra la
propuesta hecha para promover escuelas de la fe en el seno de las
instituciones universitarias, o fuera de ellas pero con su apoyo, ya que están
particularmente habilitadas para impartir una enseñanza de calidad, fiel al
Magisterio, no sólo desde una perspectiva intelectual, sino también con el deseo
de desarrollar la vida espiritual y litúrgica del pueblo cristiano, y de
ayudarle a descubrir las exigencias morales vinculadas a la vida según el
Evangelio. Quisiera expresar mi aprecio por la actividad de la escuela de la
catedral de París, de la que se benefician numerosas personas de vuestra
provincia, y que invita a cada uno a profundizar incansablemente en el misterio
de la fe, para transmitirlo, después de haberlo comprendido y asimilado mejor,
con un lenguaje adecuado, sin modificar su esencia. Me parece que esta
armonización de una comprensión racional del dato revelado con una transmisión
inculturada es uno de los desafíos del mundo actual. También quiero manifestar
mi satisfacción y estimular la experiencia iniciada por los pastores de algunas
capitales europeas, que se han asociado para dar nuevo impulso a la
evangelización en las grandes ciudades del continente, contribuyendo a reavivar
el alma cristiana de Europa y a recordar a los europeos los elementos de la fe
de sus padres, que han participado en la edificación de los pueblos y en las
relaciones entre las naciones.
5. También deseo atraer vuestra atención hacia la función catequística y
evangelizadora de la liturgia, que se debe entender como un camino de
santidad, la fuerza interior del dinamismo apostólico y del carácter misionero
de la Iglesia (cf. carta apostólica
Spiritus et Sponsa en el XL
aniversario de la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium sobre la
sagrada liturgia, n. 6). En efecto, la finalidad de la catequesis es proclamar
como Iglesia la fe en el Dios único: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y renunciar
«a servir a cualquier otro absoluto humano», formando así el ser y el obrar del
hombre (cf.
Directorio general de
catequesis, nn. 82-83). Por eso, es
importante que los pastores se esmeren por cuidar cada vez más, con la
colaboración de los laicos, la preparación de la liturgia dominical, prestando
atención particular al rito y a la belleza de la celebración. En efecto, toda la
liturgia habla del misterio divino. En la línea de la Jornada mundial de la
juventud de París, vuestra Conferencia trabaja con entusiasmo en la
renovación de la catequesis, para que el anuncio de la fe se centre sin cesar en
la experiencia de la Vigilia pascual, corazón del misterio cristiano, que
proclama la muerte y la resurrección del Salvador, hasta su regreso en la
gloria. En sus homilías, los sacerdotes han de enseñar a los fieles los
fundamentos doctrinales y escriturísticos de la fe. Exhorto, una vez más, con
fuerza a todos los fieles a enraizar su experiencia espiritual y su misión en la
Eucaristía, en torno al obispo, ministro y garante de la comunión en la Iglesia
diocesana, puesto que «donde está el obispo, allí está la Iglesia» (cf. san
Ignacio de Antioquía, Carta a los esmirniotas, VIII, 2).
6. Al final de nuestro encuentro, os pido que transmitáis mi saludo afectuoso
a vuestras comunidades. Dad las gracias a los sacerdotes y a las comunidades
religiosas de vuestras diócesis, que se dedican con generosidad a anunciar el
reino de Dios. Mi pensamiento va hoy a todas las personas que trabajan
generosamente en la pastoral de la juventud, en la catequesis parroquial, en las
instituciones y en los movimientos donde se imparte catequesis; la Iglesia les
agradece su trabajo para que Cristo sea mejor conocido y más amado. Transmitid
la gratitud del Papa a las personas que, en nombre del Evangelio, se dedican a
las obras de caridad. ¿No son ellas, en cierta manera, catequesis vivas, que
contribuyen a que otros descubran el amor de Cristo? La tierra de Francia ha
producido numerosos santos que han sabido conjugar enseñanza catequística y
obras de caridad, como san Vicente de Paúl o san Marcelino Champagnat, excelente
educador, a quien tuve la alegría de canonizar.
Encomiendo a vuestras diócesis a la protección de la santísima Virgen María, que
me complace invocar con vosotros bajo la advocación de Estrella del mar; ella
guía al pueblo cristiano en la fidelidad a su bautismo, cualesquiera que sean
los escollos del tiempo, para que avance gozoso al encuentro con Cristo
Salvador. A vosotros, a los sacerdotes, a los diáconos, a las personas
consagradas y a todos los fieles imparto una afectuosa bendición apostólica.
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