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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ALUMNOS DEL SEMINARIO ROMANO MAYOR


Sábado 21 de febrero de 2004


 

Queridos hermanos: 

1. La fiesta de la Virgen de la Confianza, patrona celestial del Seminario romano mayor, ya se ha convertido en una cita esperada y deseada. En esta circunstancia, me alegra encontrarme con vosotros, alumnos del Seminario romano mayor, así como con vosotros, queridos alumnos de los seminarios Capránica, Redemptoris Mater y Amor divino.

Con gran alegría os acojo y os saludo a todos con afecto. Saludo al cardenal vicario, Camillo Ruini, a los obispos auxiliares, a los rectores y a los superiores. Saludo, asimismo, a los numerosos jóvenes que, como todos los años, se unen a vosotros en esta circunstancia tan entrañable. Expreso mi gratitud en particular a monseñor Marco Frisina, al coro y a la orquesta de la diócesis de Roma por la admirable ejecución que nos han brindado del oratorio inspirado en el Tríptico romano.

2. Cada vez que me encuentro con los seminaristas de Roma es para mí motivo de renovada alegría y de consuelo. Desde que era obispo de Cracovia he querido mantener con los seminaristas un diálogo privilegiado, y se comprende fácilmente el porqué:  son, de un modo muy especial, el futuro y la esperanza de la Iglesia; su presencia en el seminario atestigua la fuerza de atracción que Cristo ejerce sobre el corazón de los jóvenes. Una fuerza que no menoscaba para nada la libertad, sino que más bien le permite realizarse plenamente, eligiendo el bien más grande:  Dios, a cuyo servicio exclusivo se consagran para siempre.

¡Para siempre! En estos tiempos se tiene la impresión de que la juventud, en cierto modo, es refractaria a los compromisos definitivos y totales. Es como si se tuviera miedo de tomar decisiones que duren toda la vida. Gracias a Dios, en la diócesis de Roma son numerosos los jóvenes dispuestos a consagrar su vida a Dios y a los hermanos en el ministerio sacerdotal. Sin embargo, debemos pedir incesantemente al Dueño de la mies que mande cada vez más obreros a su mies y los sostenga en el compromiso de adhesión coherente a las exigencias del Evangelio.

3. Desde esta perspectiva, la humildad y la confianza son virtudes particularmente preciosas. La Virgen santísima es ejemplo sublime de ellas. Sin el humilde abandono a la voluntad de Dios, que hizo florecer el más hermoso "sí" en el corazón de María, ¿quién podría asumir la responsabilidad del sacerdocio? Esto vale también para vosotros, queridos jóvenes, que os preparáis para el matrimonio cristiano, pues son demasiados los motivos de temor que podéis encontrar en vosotros mismos y en el mundo. Pero si mantenéis fija vuestra mirada en María, sentiréis en vuestro corazón el eco de su respuesta al ángel:  "Heme aquí (...) hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).

Al respecto, es elocuente el tema de nuestra velada:  "¡Feliz la que ha creído!" (Lc 1, 45). El evangelista san Lucas nos presenta la fe de la Virgen de Nazaret como ejemplo que es preciso seguir. Y es ella a quien debemos mirar constantemente.

Os encomiendo a ella, queridos seminaristas y queridos jóvenes, para que no os falte jamás su apoyo materno a vosotros y a quienes se encargan de vuestra formación.

Con estos sentimientos, os imparto de corazón a todos vosotros y a vuestros seres queridos una especial bendición apostólica.

* * * * * *

Palabras de Su Santidad al final del encuentro celebrado en la sala Pablo VI

Debitor factus sum. No es la primera vez. Comenzando por Italia, muchos han escrito acerca de este "Tríptico romano":  el ilustre profesor Giovanni Reale, especialista en Platón; nuestro cardenal Ratzinger; en Polonia, en Cracovia, Czeslaw Milosz, premio Nobel; y Marek Skwarnicki, poeta, que colaboró conmigo en la publicación de este "Tríptico romano". Realmente, debitor factus sum. Hoy me siento en deuda con el Seminario romano.

Doy las gracias al cardenal vicario de Roma, al rector del Seminario romano y a monseñor Marco Frisina, que ha interpretado algunos pasajes poéticos del "Tríptico romano". Lo ha hecho con la música. Es la primera vez que escucho una interpretación musical de la obra. Y, además, el Seminario romano escogió para esta iniciativa su día de fiesta, la Virgen de la Confianza. Muchas gracias a todos. Realmente, me siento de nuevo en deuda. Debitor factus sum.

Se podría hablar mucho, pero es mejor no alargar este discurso. Sólo quiero deciros que esta mañana celebré la misa, el santo sacrificio eucarístico, por la intención del Seminario romano. Tradicionalmente, en esta ocasión yo acudía al Seminario. Hoy habéis venido aquí vosotros, los seminaristas, los profesores, el rector y todas las autoridades de los seminarios. Y todos los huéspedes. Quiero terminar diciendo a todos:  ¡Muchas gracias!

¿Qué más puedo deciros? Tal vez lo mejor sea repetir las primeras palabras de este discurso:  Debitor factus sum. Me siento en deuda. Y debo pagar un precio justo, un precio adecuado. Trataré de hacerlo por medio del cardenal Camillo Ruini, para el bien de nuestro querido y amado Seminario romano. ¡Felicidades! ¡Muchas felicidades! ¡Alabado sea Jesucristo!

 

 

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