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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR MIROSLAV PALAMETA,
 NUEVO EMBAJADOR DE BOSNIA Y HERZEGOVINA*


Viernes 27 de febrero de 2004

 

Señor embajador:

1. Me alegra recibir las cartas credenciales con las que la Presidencia de Bosnia y Herzegovina lo acredita como embajador extraordinario y plenipotenciario ante la Santa Sede.

A la vez que le doy mi cordial bienvenida, le agradezco vivamente las amables palabras que ha querido dirigirme. Asimismo, deseo expresar mi deferente saludo a los tres miembros de dicha Presidencia. Saludo también a los pueblos que constituyen los demás habitantes de Bosnia y Herzegovina. A todos estoy cercano y les tengo presentes en mis oraciones.

2. El amor a esas queridas poblaciones me impulsó a dirigirme en peregrinación a Bosnia y Herzegovina en abril de 1997 y en junio de 2003. Doy gracias a Dios porque hizo posible esas dos inolvidables visitas, que me permitieron darme cuenta de las dificultades y los sufrimientos causados por los recientes conflictos bélicos, y testimoniar mi cercanía solidaria a todos los que hoy siguen pagando sus consecuencias.

He sentido esos viajes como una exigencia de mi misión pastoral para llevar a cada persona el mensaje de amor, de reconciliación, de perdón y de paz. He querido confirmar a mis hermanos católicos en la fidelidad al Evangelio, para que sigan siendo «constructores de esperanza», junto con los demás que consideran a Bosnia y Herzegovina como su patria. Sólo la paz en la justicia y en el respeto recíproco, sólo la promoción del bien común en un clima de auténtica libertad, son condiciones eficaces para construir un futuro mejor para todos.

Por lo demás, desde que estallaron las hostilidades, al inicio de la década de 1990, la Sede apostólica se ha esforzado por instaurar condiciones de legalidad y de paz en la región. Señor embajador, «las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias» (cf. Gaudium et spes, 1) de los habitantes de esa parte de Europa siempre han encontrado eco en el corazón del Papa.

3. Siguen siendo numerosos los problemas y los desafíos planteados en los ámbitos económico, social y político. Pienso, en primer lugar, en la cuestión, aún sin resolver, de los prófugos y los desplazados de la región de Banja Luka, de Bosanska Posavina y de otras zonas de Bosnia y Herzegovina, que esperan volver a sus tierras con plena seguridad para llevar en ellas una vida digna. A estos hermanos y hermanas nuestros no se les puede dejar solos, y no hay que defraudar sus esperanzas. Cuanto más tiempo pasa, tanto más urgente resulta el deber de dar una respuesta a sus legítimas expectativas: su sufrimiento interpela nuestra solidaridad.

Es preciso afrontar y resolver las posibles situaciones de injusticia y marginación, garantizando a cada pueblo de Bosnia y Herzegovina sus respectivos derechos y deberes, asegurándoles iguales oportunidades en todos los ámbitos de la vida social a través de estructuras democráticas que les permitan vencer la tentación de prevaricar unos contra otros. Eso exige un compromiso constante y sincero en favor de la democracia y de su desarrollo armónico, sabiendo que la democracia sólo se promueve a través de una labor constante de educación y exige la adhesión a un patrimonio común de valores éticos y morales, y una atención constante a las necesidades y a las aspiraciones legítimas de las personas, de las familias y de los grupos sociales. La democracia se ha de construir con paciente tenacidad, día tras día, usando instrumentos y métodos siempre dignos y respetuosos de una sociedad civil.

4. Exhorto a Bosnia y Herzegovina a recorrer sin vacilaciones el camino de la paz y la justicia. Al mismo tiempo, quisiera recordar que, para garantizar los derechos de las personas y de los grupos, es indispensable una igualdad efectiva de todos ante las leyes y un respeto concreto del prójimo. A este propósito, conviene crear las condiciones para un perdón sincero y para una reconciliación auténtica, borrando de la memoria los rencores y los odios surgidos de las injusticias sufridas y de los prejuicios construidos artificialmente.

Esta gran tarea exige la colaboración efectiva y el compromiso serio de todos los componentes de la sociedad, incluidos los responsables políticos. La Iglesia, consciente de su misión en el mundo, ya ha hecho mucho en esa dirección y seguirá colaborando con plena disponibilidad.

Ciertamente, no se deben ignorar las diferencias que existen; al contrario, es preciso respetarlas y tenerlas debidamente en cuenta, haciendo que no se transformen en pretextos para contiendas o, peor aún, para conflictos, sino que se consideren como un enriquecimiento común. Todos los que tienen responsabilidad, en diversos niveles, están llamados a poner mayor empeño a fin de resolver los problemas que afligen a las poblaciones locales, con soluciones provechosas para todos, situando en el centro de la atención al hombre, su dignidad y sus legítimas exigencias. Este es el desafío de una sociedad multiétnica, multirreligiosa y multicultural, como es precisamente Bosnia y Herzegovina.

5. A pesar de que persisten no pocas dificultades, las poblaciones de Bosnia y Herzegovina siguen albergando la viva esperanza de poder resolver los problemas actuales, también gracias a la ayuda de la comunidad internacional, la cual hasta ahora ha desempeñado un papel muy notable. Bosnia y Herzegovina desea unirse a los demás países europeos para construir una casa común. Ojalá que esta expectativa se realice cuanto antes. Ojalá que esta parte de Europa, que durante varios siglos ha sufrido tanto, dé su peculiar contribución al proceso actual de integración europea con iguales derechos y deberes.

La Santa Sede apoya este camino de unificación y desea que, con la aportación de todos, se construya en Europa una gran familia de pueblos y culturas. En efecto, la unidad europea no es sólo una ampliación de fronteras, sino un crecimiento solidario en el respeto de todas las tradiciones culturales, con el compromiso en favor de la justicia y la paz en el continente y en el mundo.

6. Señor embajador, he querido compartir con usted estos pensamientos, que llevo muy dentro de mi corazón, en el momento en que asume el alto cargo de representante de Bosnia y Herzegovina ante la Santa Sede. Deseo asegurarle que mis colaboradores están dispuestos a proporcionarle toda la ayuda necesaria para el cumplimiento de su noble misión.

Le ruego transmita a los miembros de la Presidencia, a las demás autoridades y a los pueblos de Bosnia y Herzegovina mi ferviente deseo de un constante progreso en la paz y en la justicia, acompañado de la seguridad de una oración diaria para que Dios los bendiga a todos por intercesión de la santísima Virgen María.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 11, 12.03.2004 p. 3.

 

© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana

 

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