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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL NOVENO GRUPO DE OBISPOS DE FRANCIA
EN VISITA «AD LIMINA»


Viernes 27 de febrero de 2004

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con alegría os acojo a vosotros, pastores de la provincia de Besançon, así como al arzobispo y al obispo auxiliar de Estrasburgo. Mi pensamiento y mi oración se dirigen y acompañan a monseñor Pierre Raffin, obispo de Metz, que no ha podido participar en la visita ad limina. Agradezco a monseñor André Lacrampe sus reflexiones sobre los desafíos y las esperanzas de la sociedad y de la vida pastoral de vuestras diócesis, así como sobre las perspectivas europeas, que os preocupan por vuestra situación geográfica en los confines de muchos países.

2. Me complace particularmente que, al mencionar el Consejo de Europa, evoquéis el recuerdo de monseñor Michael Courtney, nuncio apostólico en Burundi, asesinado en el mes de diciembre del año pasado. Cuando estuvo destinado en Estrasburgo como observador permanente de la Santa Sede, fue un artífice convencido de la cooperación de los Estados del continente europeo. Invito hoy a las Iglesias locales a comprometerse más firmemente en favor de la integración europea.
Para llegar a este resultado, es importante releer la historia y recordar que, a lo largo de los siglos, los valores antropológicos, morales y espirituales cristianos han contribuido en gran medida a forjar las diferentes naciones europeas y a tejer sus profundos vínculos. Las numerosas y hermosas iglesias que se elevan en el continente, signos de la fe de nuestros antepasados, lo atestiguan con claridad y nos recuerdan que esos valores han sido y siguen siendo el fundamento y el cimiento de las relaciones entre las personas y entre los pueblos; por tanto, la unión no puede realizarse en detrimento de esos mismos valores o en oposición a ellos.

En efecto, las relaciones entre los diversos países no pueden fundarse únicamente en intereses económicos o políticos —los debates sobre la globalización lo demuestran de forma clara—, o en alianzas de conveniencia, que debilitarían la ampliación que se está realizando y podrían llevar a un regreso de las ideologías del pasado que han ofendido al hombre y a la humanidad. Esos vínculos deben tener como fin construir una Europa de pueblos, permitiendo así superar definitiva y radicalmente los conflictos que ensangrentaron el continente durante todo el siglo XX. A este precio nacerá una Europa cuya identidad se fundará en una comunidad de valores, una Europa de la fraternidad y de la solidaridad, la única que puede tener en cuenta las diferencias, puesto que tiene como perspectiva la promoción del hombre, el respeto de sus derechos inalienables y la búsqueda del bien común, con vistas a la felicidad y prosperidad de todos. Con su presencia plurisecular en los diferentes países del continente, y con su participación en la unidad entre los pueblos y entre las culturas, y en la vida social, sobre todo en los campos educativo, caritativo, sanitario y social, la Iglesia desea contribuir cada vez más a la unidad del continente (cf. Ecclesia in Europa, 113). Lo que se busca ante todo, como recordé en mi discurso a la presidencia del Parlamento europeo (5 de abril de 1979), es el servicio al hombre y a los pueblos, respetando las creencias y las aspiraciones profundas.

3. Durante la última asamblea de vuestra Conferencia episcopal, habéis afrontado la cuestión del lugar de la Iglesia en la sociedad, desde la perspectiva de la búsqueda de una «convivencia mejor». Una de las características de los discípulos de Cristo es querer participar activamente, de modo individual o en asociaciones, en la vida pública, en todos los niveles de la sociedad, para estar al servicio de sus hermanos y hermanas. Por su visión y su amor al hombre, la Iglesia no se puede desinteresar de la vida de cada uno y considera el mundo como el lugar mismo de su presencia y de su acción.

No me cansaré nunca de animar a los pastores a prestar atención a la formación integral de los jóvenes, principalmente de los que serán el día de mañana los responsables y los dirigentes de la nación, para que, dondequiera que trabajen o desarrollen su actividad, tengan los elementos necesarios para la reflexión sobre las situaciones humanas y sociales, permaneciendo atentos a las personas con el fin de fundar sus decisiones en criterios morales; la Iglesia desea iluminarlos con la luz del Evangelio y de su magisterio. Las universidades católicas tienen en este campo una misión específica de reflexión con todos los interlocutores sociales, para ayudarles a analizar las situaciones particulares y a descubrir cómo poner siempre al hombre en el centro de las decisiones. Esta actividad no sólo se dirige a los fieles católicos, sino también a todos los hombres de buena voluntad que desean reflexionar de verdad sobre el devenir de la humanidad. A este propósito, quiero manifestar mi aprecio por el trabajo de las Semanas sociales de Francia, institución a la que estáis muy vinculados y que se dispone a celebrar su centenario. Durante los encuentros anuales, que cuentan cada vez con más participantes, signo de que sus investigaciones responden a una verdadera expectativa, los participantes tienen la posibilidad de interrogarse sobre las cuestiones sociales que afronta nuestro mundo, a la luz del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia, que no cesa así de enriquecerse desde la encíclica Rerum novarum de mi predecesor León XIII. Me alegran los vínculos que las Semanas sociales promueven y desarrollan en Europa, creando así en el continente un movimiento de reflexión sobre las cuestiones cada vez más complejas del mundo actual y uniendo a los hombres en la elaboración de los fundamentos de la sociedad del futuro.

Con esa participación en la vida social en todas sus formas, primer campo de su apostolado, los cristianos realizan verdaderamente su vocación y su misión, según el espíritu del concilio Vaticano II. Al anunciar a Cristo, son también portadores de una nueva esperanza para la sociedad; «con una comprensión más profunda de las leyes de la vida social» (Gaudium et spes, 23), invitan a una transformación profunda de la sociedad. Además del derecho y el deber de anunciar el Evangelio a todas las naciones, la Iglesia también está autorizada para «dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas» (Código de derecho canónico, c. 747). En la vida política, en la economía, en los lugares de trabajo y en la familia, corresponde a los fieles hacer presente a Cristo y hacer resplandecer los valores evangélicos, que manifiestan con una luz particular la dignidad del hombre y su lugar central en el universo, recordando así el primado de lo humano sobre cualquier interés privado y sobre los mecanismos institucionales.

4. La participación de los cristianos en la vida pública y la presencia visible de la Iglesia católica y de las demás confesiones religiosas no cuestionan en absoluto el principio de la laicidad, ni las prerrogativas del Estado. Como recordé el pasado mes de enero, en el discurso al Cuerpo diplomático con ocasión del intercambio de felicitaciones, la laicidad bien entendida no debe confundirse con el laicismo; y tampoco puede suprimir las creencias personales y comunitarias.
Tratar de vaciar el campo social de esta dimensión importante de la vida de las personas y de los pueblos, así como de los signos que la manifiestan, sería contrario a una libertad bien entendida. La libertad de culto no puede concebirse sin la libertad de practicar individual y colectivamente la propia religión y sin la libertad de la Iglesia. La religión no se puede relegar únicamente a la esfera de lo privado, con el riesgo de negar todo lo que tiene de colectivo en su vida y en las actividades sociales y caritativas que realiza en el seno mismo de la sociedad en favor de todas las personas, sin distinción de creencias filosóficas o religiosas. Todo cristiano o todo seguidor de una religión, en la medida en que esto no pone en peligro la seguridad y la autoridad legítima del Estado, tiene derecho a ser respetado en sus convicciones y en sus prácticas, en nombre de la libertad religiosa, que es uno de los aspectos fundamentales de la libertad de conciencia (cf. Dignitatis humanae, 2-3).

5. Es importante que los jóvenes puedan captar el alcance del itinerario religioso en la existencia personal y en la vida social, que conozcan las tradiciones religiosas que encuentran y que puedan leer con benevolencia los símbolos religiosos y reconocer las raíces cristianas de las culturas y de la historia europeas. Esto lleva a un reconocimiento respetuoso de los demás y de sus creencias, a un diálogo positivo, a una superación de los comunitarismos y a un mejor entendimiento social. Vuestro país cuenta con una fuerte presencia de musulmanes, con los cuales, a través de los responsables o de las comunidades locales, os esmeráis por mantener buenas relaciones y promover el diálogo interreligioso, que es, como he afirmado, un diálogo de vida. Este diálogo también debe reavivar en los cristianos la conciencia de su fe y su adhesión a la Iglesia, ya que cualquier forma de relativismo no puede por menos de perjudicar gravemente las relaciones entre las religiones.

Os corresponde a vosotros proseguir e intensificar, quizá en ciertos casos de manera más institucional, las relaciones con las autoridades civiles y con las diferentes categorías de elegidos en vuestro país para los Parlamentos nacional y europeo, especialmente con los parlamentarios católicos y con las instituciones internacionales. Me complacen las nuevas formas de diálogo recientemente establecidas entre la Santa Sede y los responsables de la nación, para resolver las cuestiones pendientes. El nuncio apostólico, en virtud de su misión, en nombre de la Santa Sede, está llamado a participar activamente en ese diálogo y a seguir atentamente la vida de la Iglesia y su situación en la sociedad.

6. De acuerdo con su noble tradición, Francia tiene numerosos vínculos con países del tercer mundo, particularmente en el continente africano. Hoy, más que nunca, para que los pueblos de África salgan de la pobreza y de las luchas sangrientas que €no dejan de herir su tierra, es preciso seguir prestando asistencia a las poblaciones, con el fin de proveer a sus necesidades fundamentales y, sobre todo, de ayudarles a convertirse en los primeros protagonistas de su desarrollo, especialmente mediante una educación seria en la responsabilidad cívica y política. Esto debe permitirles superar las oposiciones de grupos, de modo que cada uno adquiera verdaderamente el sentido del Estado y todos los ciudadanos se unan para forjar un futuro de paz y de prosperidad. En estos campos educativos, la Iglesia tiene una experiencia que, hoy más que nunca, está llamada a transmitir para el bien de las personas y de los pueblos.

7. Al concluir mis encuentros con las diferentes provincias de Francia, doy gracias por el compromiso valiente de los pastores y de los fieles en el anuncio del Evangelio. Quiera Dios que no se desanimen ante las dificultades y los escasos resultados obtenidos desde un punto de vista humano. Debemos considerarnos ante todo como cooperadores de Dios (cf. 2 Co 6, 1), cumpliendo nuestra misión con fidelidad al don recibido y anunciando a tiempo y a destiempo la palabra de Dios, que el mundo necesita para alimentar la esperanza y encontrar nuevo impulso. El Espíritu Santo hará que fructifique el trabajo de los hombres. Cristo, el Redentor del hombre, viene a abrir a cada uno el camino de la vida. No tengáis miedo de anunciar al mundo que Dios es la única felicidad definitiva de la humanidad y de acompañar a los hombres a descubrir a Cristo y a construir un mundo donde se viva bien.

Encomendándoos a la intercesión de la Virgen María, patrona de Francia, os imparto a vosotros, así como a los pastores y a todos los fieles de vuestras diócesis, una afectuosa y paterna bendición apostólica.

 

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