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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN SIMPOSIO SOBRE LA
DIGNIDAD Y LOS DERECHOS DE LOS DISCAPACITADOS MENTALES
A los participantes
en el simposio internacional sobre
"Dignidad y derechos
de la persona
con discapacidad mental"
1. Habéis venido a Roma, ilustres señoras y señores, expertos en ciencias
humanas y teológicas, sacerdotes, religiosos, laicos y laicas comprometidos en
la vida pastoral, para estudiar los delicados problemas planteados por la
educación humana y cristiana de las personas con discapacidad mental. Este
simposio, organizado por la Congregación para la doctrina de la fe, se
presenta como la clausura ideal del Año europeo de las personas
discapacitadas y se sitúa en la línea de una enseñanza eclesial ya muy rica
y abundante, a la que corresponde un compromiso activo y amplio del pueblo de
Dios en varios niveles y en sus diversas articulaciones.
2. El punto de partida de toda reflexión sobre la discapacidad radica en los
principios fundamentales de la antropología cristiana: la persona
discapacitada, aunque se encuentre debilitada en la mente o en sus capacidades
sensoriales e intelectivas, es un sujeto plenamente humano, con los derechos
sagrados e inalienables propios de toda criatura humana. En efecto, el ser
humano, independientemente de las condiciones en las que se desarrolla su vida y
de las capacidades que puede expresar, posee una dignidad única y un valor
singular desde el inicio de su existencia hasta el momento de la muerte natural.
La persona del discapacitado, con todas las limitaciones y los sufrimientos que
la caracterizan, nos obliga a interrogarnos, con respeto y sabiduría, sobre el
misterio del hombre. En efecto, cuanto más nos adentremos en las zonas oscuras y
desconocidas de la realidad humana, tanto mejor comprenderemos que, precisamente
en las situaciones más difíciles e inquietantes, emerge la dignidad y la
grandeza del ser humano. La humanidad herida del discapacitado nos exige
reconocer, acoger y promover en cada uno de estos hermanos y hermanas nuestros
el valor incomparable del ser humano creado por Dios para ser hijo en el Hijo.
3. La calidad de vida dentro de una comunidad se mide, en gran parte, por el
compromiso en la asistencia a los más débiles y a los más necesitados, y por el
respeto a su dignidad de hombres y mujeres. El mundo de los derechos no puede
ser sólo prerrogativa de los sanos. También es preciso ayudar a la persona
discapacitada a participar, en la medida de sus posibilidades, en la vida de la
sociedad, y a desarrollar todas sus potencialidades físicas, psíquicas y
espirituales. Una sociedad sólo puede afirmar que está fundada en el derecho y
en la justicia si en ella se reconocen los derechos de los más débiles: el
discapacitado no es persona de un modo diverso de los demás; por eso, al
reconocer y promover su dignidad y sus derechos, reconocemos y promovemos la
dignidad y los derechos nuestros y de cada uno de nosotros.
Una sociedad que sólo se interesara por los miembros plenamente funcionales, del
todo autónomos e independientes, no sería una sociedad digna del hombre. La
discriminación basada en la eficiencia no es menos censurable que la que se
realiza basándose en la raza, en el sexo o en la religión. Una forma sutil de
discriminación está presente también en las políticas y en los proyectos
educativos que tratan de ocultar y negar las deficiencias de la persona
discapacitada, proponiendo estilos de vida y objetivos que no corresponden a su
realidad y, en fin de cuentas, son frustrantes e injustos. En efecto, la
justicia exige ponerse atenta y amorosamente a la escucha de la vida del otro y
responder a las necesidades individuales y diversas de cada uno, teniendo en
cuenta sus capacidades y sus límites.
4. La diversidad debida a la discapacidad puede integrarse en la individualidad
respectiva e irrepetible, y a ello deben contribuir los familiares, los
profesores, los amigos y la sociedad entera. Por tanto, para la persona
discapacitada, como para cualquier otra persona humana, no es importante hacer
lo que hacen los demás, sino hacer lo que es verdaderamente un bien para ella,
desarrollar cada vez más sus cualidades y responder con fidelidad a su vocación
humana y sobrenatural.
Por consiguiente, además del reconocimiento de los derechos, es preciso un
compromiso sincero de todos para crear condiciones concretas de vida,
estructuras de apoyo y defensas jurídicas capaces de responder a las necesidades
y a las dinámicas de crecimiento de la persona discapacitada y de los que
comparten su situación, comenzando por sus familiares. Por encima de cualquier
otra consideración o interés particular o de grupo, es necesario tratar de
promover el bien integral de estas personas; no se les puede negar el apoyo y la
protección necesarios, aunque ello conlleve un coste económico y social mayor.
Las personas con discapacidad mental necesitan, quizá más que otros enfermos,
atención, afecto, comprensión y amor: no se las puede dejar solas, casi
desarmadas e inermes, en la difícil tarea de afrontar la vida.
5. A este propósito, merece particular atención el cuidado de las dimensiones
afectiva y sexual de la persona discapacitada. Se trata de un aspecto a menudo
descuidado o afrontado de modo superficial y reductivo o, incluso, ideológico.
En cambio, la dimensión sexual es una de las dimensiones constitutivas de la
persona, la cual, en cuanto creada a imagen de Dios amor, está originariamente
llamada a realizarse en el encuentro y en la comunión. La educación
afectivo-sexual de la persona discapacitada se funda en la convicción de que
necesita afecto, por lo menos como cualquier otra. También ella necesita amar y
ser amada; necesita ternura, cercanía, intimidad. Lamentablemente, la realidad
es que la persona discapacitada debe vivir estas exigencias legítimas y
naturales en una situación de desventaja, que resulta cada vez más evidente al
pasar de la edad infantil a la adulta. La persona discapacitada, aunque esté
limitada por lo que respecta a la esfera mental y a la dimensión interpersonal,
busca relaciones auténticas en las que pueda ser apreciada y reconocida como
persona.
Las experiencias realizadas en algunas comunidades cristianas han demostrado que
una vida comunitaria intensa y estimulante, un apoyo educativo continuo y
discreto, la promoción de contactos amistosos con personas adecuadamente
preparadas y la costumbre de canalizar los impulsos y desarrollar un sano
sentido del pudor como respeto de su intimidad personal, logran a menudo
equilibrar afectivamente a la persona con discapacidad mental, permitiéndole
vivir relaciones interpersonales ricas, fecundas y satisfactorias. Demostrar a
la persona discapacitada que se la ama significa revelarle que para nosotros
tiene valor. La escucha atenta, la comprensión de las necesidades, la
participación en los sufrimientos y la paciencia en el acompañamiento son
también medios para introducir a la persona discapacitada en una relación humana
de comunión, para hacer que perciba su valor y tome conciencia de su capacidad
de recibir y dar amor.
6. No cabe duda de que las personas discapacitadas, al revelar la fragilidad
radical de la condición humana, son una expresión del drama del dolor y, en
nuestro mundo, sediento de hedonismo y cautivado por la belleza efímera y falaz,
sus dificultades se perciben a menudo como un escándalo y una provocación, y sus
problemas como una carga que hay que apartar o resolver expeditivamente. En
cambio, son imágenes vivas del Hijo crucificado. Revelan la belleza misteriosa
de Aquel que se anonadó por nosotros y se hizo obediente hasta la muerte. Nos
muestran que la consistencia última del ser humano, más allá de toda apariencia,
está en Jesucristo. Por eso, se ha dicho con razón que las personas
discapacitadas son testigos privilegiados de humanidad. Pueden enseñar a todos
cuál es el amor que salva y convertirse en heraldos de un mundo nuevo, en el que
ya no reinan la fuerza, la violencia y la agresividad, sino el amor, la
solidaridad y la acogida, un mundo nuevo transfigurado por la luz de Cristo, el
Hijo de Dios que por nosotros, los hombres, se encarnó, fue crucificado y
resucitó.
7. Queridos participantes en este simposio, vuestra presencia y vuestro
compromiso son para el mundo un testimonio de que Dios está siempre de parte de
los pequeños, de los pobres, de los que sufren y de los marginados. Al hacerse
hombre y nacer en la pobreza de un establo, el Hijo de Dios proclamó en sí mismo
la bienaventuranza de los afligidos y compartió en todo, excepto en el pecado,
el destino del hombre creado a su imagen. Después del Calvario, la cruz,
abrazada con amor, se convierte en el camino de la vida y nos enseña a cada uno
que, si recorremos con abandono confiado la senda difícil y ardua del dolor
humano, florecerá para nosotros y para nuestros hermanos la alegría de Cristo
vivo, que supera todo deseo y toda expectativa.
A todos una bendición especial.
Vaticano, 5 de enero de 2004
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