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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL QUINTO GRUPO DE OBISPOS DE FRANCIA
EN VISITA "AD LIMINA"


Viernes 30 de enero
de 2004

 

Queridos hermanos en el episcopado: 

1. Al final de este tiempo de gracia en vuestro ministerio episcopal, que es la visita ad limina, os acojo con alegría a vosotros, que tenéis la responsabilidad pastoral de la Iglesia católica en las provincias eclesiásticas de Dijon y Tours, y de la prelatura de la Misión de Francia. Recuerdo con afecto a monseñor Michel Coloni, arzobispo de Dijon, que no ha podido estar presente esta mañana. Con vuestra peregrinación a las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, hacéis crecer en vosotros el impulso apostólico que los animaba. Al encontraros con el Obispo de Roma y sus colaboradores, experimentáis la comunión con el Sucesor de Pedro y, mediante ella, con la Iglesia universal. Sostenidos por la oración de los santos que han marcado la historia y la espiritualidad de vuestras regiones, en particular san Martín y la beata Isabel de la Trinidad, guiad cada vez con mayor prudencia pastoral al pueblo de Dios que se os ha confiado a lo largo del camino de la santidad y de la fraternidad. Agradezco a monseñor André Vingt-Trois, arzobispo de Tours, las cordiales palabras de saludo que me ha dirigido, haciéndome partícipe de vuestras esperanzas y preocupaciones. Que las nuevas relaciones entabladas entre las diócesis con ocasión de la reorganización de las provincias eclesiásticas contribuyan a desarrollar vuestros vínculos de unidad, para afrontar juntos los desafíos de la nueva evangelización.

2. Vuestras relaciones quinquenales manifiestan la atención que prestáis a la vocación y a la misión de los laicos en las actuales circunstancias de la vida de la Iglesia. Muchos laicos sirven con generosidad a la Iglesia, aunque su número disminuye constantemente:  las comunidades cristianas envejecen de modo progresivo; las generaciones cuya edad oscila entre 25 y 45 años están poco presentes en las comunidades; la dificultad para asegurar el relevo de los cristianos que desempeñan una función de responsabilidad en la Iglesia ya es muy real. Sin embargo, constatáis signos de esperanza. Entre ellos, la exigencia de laicos que desean adquirir una sólida formación filosófica, teológica, espiritual y pastoral, para servir mejor a la Iglesia y al mundo; la búsqueda de mayor coherencia entre la fe y su expresión en la vida diaria; el deseo de dar un testimonio cristiano arraigado en una vida espiritual auténtica; el redescubrimiento  del gusto por el estudio de la Escritura y  por la meditación de la Palabra; el creciente sentido de la responsabilidad y  del  compromiso  en favor de la justicia y de las obras de solidaridad ante las nuevas situaciones de precariedad.

Invito a todos los pastores a apoyarse en estos deseos del pueblo de Dios para emprender nuevas iniciativas, aunque estas al comienzo sólo impliquen a un pequeño grupo de personas, con la certeza de que los fieles que redescubran a Cristo presentarán de manera creíble el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, invitándolos a unirse a ellos, como hizo el apóstol Felipe con Natanael:  "Ven y lo verás" (Jn 1, 46).

Recordáis los frutos que el gran jubileo de la Encarnación ha dado en las diócesis y en las comunidades parroquiales, exhortando a los cristianos a aprovechar la gracia de su bautismo, punto de partida de la misión propia de todo fiel. Se trata de ""recomenzar desde Cristo" con el impulso de Pentecostés, con entusiasmo renovado. Recomenzar desde él ante todo en el compromiso diario por la santidad, poniéndose en actitud de oración y de escucha de su palabra. Recomenzar desde él para testimoniar el Amor mediante la práctica de la vida cristiana marcada por la comunión, por la caridad y por el testimonio en el mundo" (Homilía durante la misa de clausura del gran jubileo, 6 de enero de 2001, n. 8:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de enero de 2001, p. 4). Os corresponde a vosotros poner en práctica cada vez más este programa, para que la comunidad cristiana reme mar adentro, aceptando dejarse evangelizar e interrogándose sobre la calidad y la visibilidad de su testimonio.

3. Para adaptar las estructuras pastorales a las exigencias de la misión, la fisonomía de vuestras diócesis se ha modificado profundamente. La perspectiva de la eclesiología de comunión, que tiende a edificar la Iglesia como casa y escuela de comunión, ha orientado, en parte, vuestros proyectos pastorales. La disminución del número de sacerdotes no es la única causa de las "reorganizaciones" pastorales que resultaban necesarias. Al realizarlas, habéis constatado la reducción numérica de las comunidades. En el aspecto positivo, esto ha permitido a algunos laicos participar activamente en el dinamismo de su comunidad, tomando conciencia de las dimensiones profética, real y sacerdotal de su bautismo. Son numerosos los que han aceptado generosamente comprometerse en la vida parroquial para asumir, bajo la responsabilidad del pastor y respetando el ministerio ordenado, el deber de la evangelización, así como el servicio de la oración y de la caridad. Conozco la valentía apostólica que los anima, al  tener  que afrontar la indiferencia y el escepticismo del ambiente. Llevadles el saludo afectuoso del Sucesor de Pedro, que los acompaña con su oración diaria.

Velad para que vivan, en una interacción fecunda, tanto sus compromisos de laicos en el seno de las comunidades cristianas como la dimensión profética de su testimonio en el mundo, recordando que es importante "la evangelización de las culturas, la inserción de la fuerza del Evangelio en la familia, el trabajo, los medios de comunicación social, el deporte y el tiempo libre, así como la animación cristiana del orden social y de la vida pública nacional e internacional" (Pastores gregis, 51). Para que este testimonio sea fecundo, es importante que sea sostenido espiritualmente en las parroquias y en las asociaciones de fieles. Por tanto, todos, en la legítima diversidad de las sensibilidades eclesiales, han de esforzarse siempre por participar plenamente en la vida diocesana y parroquial, y por vivir en comunión con el obispo diocesano. Así se realizará la comunión en torno a los sucesores de los Apóstoles, y los obispos tienen la misión de velar por ella. Os pido que llevéis mi más afectuoso saludo a todos los fieles laicos comprometidos en los movimientos y en los servicios eclesiales, sobre todo a los que trabajan en el campo de la solidaridad y en la promoción de la justicia, manifestando con su presencia en los lugares de división de la sociedad la cercanía y el compromiso de la Iglesia con las personas que sufren enfermedad, exclusión, precariedad o soledad. Coordinando cada vez mejor sus actividades, recuerdan sin cesar a las comunidades cristianas la exigencia común de permanecer activamente presentes junto a todos los hombres que sufren (cf. Christifideles laici, 53).

4. Juntamente con vosotros, doy gracias por los jóvenes y los adultos que descubren o redescubren a Cristo y llaman a la puerta de la Iglesia, porque se han planteado el interrogante de la fe y del sentido de su vida o han encontrado testigos. Velad con esmero por su acompañamiento y su progreso, por una sensibilización cada vez mayor de las comunidades cristianas a la acogida fraterna de los catecúmenos o de los que vuelven a creer, así como por su apoyo después de recibir el bautismo. Para la Iglesia, cuyas tradiciones, experiencia y prácticas deben asimilar, son una invitación estimulante. A través de vosotros, agradezco a los equipos del catecumenado el importante servicio que prestan. Este dinamismo catecumenal, así como las solicitudes presentadas por las personas con ocasión de una etapa importante de su vida familiar -bautismo, matrimonio, exequias-, estimulan a las comunidades cristianas a desarrollar una pastoral de la iniciación cristiana adaptada. La calidad de la acogida y de la fraternidad en la Iglesia es una fuerza evangelizadora para los hombres de hoy. Con este espíritu, es importante que las agrupaciones parroquiales no oscurezcan la visibilidad de la Iglesia en las unidades sociales de base, que son las comunidades, especialmente en zonas rurales, ofreciendo la posibilidad de celebraciones gozosas de la Eucaristía, que edifica a la comunidad y le da el impulso apostólico que necesita.

En las comunidades se cae en la cuenta de que, incluso para los cristianos comprometidos, la misa dominical no ocupa el lugar que le corresponde. Por tanto, los pastores deben recordar con fuerza y claridad a los fieles, especialmente a los que desempeñan responsabilidades en la catequesis, en la pastoral juvenil o en las capellanías, el sentido de la obligación dominical y de la participación en la Eucaristía del domingo, que no puede ser una simple opción entre otras muchas actividades. En efecto, para seguir verdaderamente a Cristo, para evangelizar, para ser servidores del Señor, es preciso que cada uno viva de manera coherente y responsable, en conformidad con las prescripciones de la Iglesia, y esté convencido de la importancia decisiva que tiene para su vida de fe la participación, con toda la comunidad, en el banquete eucarístico (cf. Dies Domini, 46-49).

5. En vuestras relaciones quinquenales se refleja vuestro interés por proponer a los laicos los medios para una formación espiritual y teológica cada vez más profunda, principalmente a través de la creación de centros de formación teológica en numerosas diócesis o a nivel regional. Estos lugares les permiten profundizar su fe y formarse pastoralmente para asumir una responsabilidad en la Iglesia. Del mismo modo, esta formación debe llevar a los fieles a una práctica sacramental y a una vida de oración más intensas. El mundo moderno y los avances científicos exigen que, en el campo religioso, los pastores y los fieles tengan una formación que les permita dar razón del misterio cristiano y de la vida que Cristo propone a los que quieren seguirlo. Con vistas a la integración de la enseñanza recibida, es importante procurar que la formación intelectual lleve a cada uno a una relación personal con Cristo.

Desde este punto de vista, es preciso formar permanentemente filósofos y teólogos, que puedan dar a los cristianos las bases intelectuales que necesitan para su fe y para su misión específica de laicos comprometidos en el mundo. La Iglesia educa también a numerosos jóvenes en el respeto a las culturas y a las confesiones religiosas, esforzándose por brindar una enseñanza de calidad y teniendo igualmente la noble misión de transmitir los valores humanos, morales y espirituales tomados del Evangelio. Expreso mi aprecio por el trabajo que llevan a cabo personas y comunidades educativas profundamente comprometidas en los campos escolar y universitario, en la enseñanza, en la catequesis y en las capellanías. No deben olvidar jamás que, para los jóvenes, el primer testimonio es el de la vida diaria acorde con los principios cristianos que quieren comunicar. Los pastores tienen el deber de recordar sin cesar este criterio de coherencia.

6. El interés por promover y acompañar a la familia está en el centro de vuestras preocupaciones de pastores. La familia no es un modelo de relación entre otros, sino un tipo de relación indispensable para el futuro de la sociedad. En efecto, una sociedad no puede ser sana si no promueve el ideal familiar, mediante la construcción de relaciones conyugales y familiares estables, y mediante justas relaciones entre las generaciones. ¿Cómo ayudar a las familias?
Vuestras diócesis se preocupan constantemente por ofrecer medios concretos para sostener su crecimiento, permitiéndoles dar un testimonio creíble en la Iglesia y en la sociedad.

Como sugieren algunas de vuestras relaciones, os esforzáis por proponer sobre todo un acompañamiento a los matrimonios jóvenes, permitiéndoles adquirir la madurez humana y espiritual que necesitan para el desarrollo armonioso de su familia. Pienso también en las nuevas generaciones de jóvenes, a los que la Iglesia ha llegado con gran dificultad y que vienen a pedirle que los prepare para el matrimonio. Aliento a los sacerdotes, a los diáconos y a los fieles comprometidos en esta hermosa tarea a ayudarles a descubrir el sentido profundo de este sacramento, así como los deberes a los que compromete. Así se propondrá una visión positiva de las relaciones afectivas y de la sexualidad, que contribuirá al crecimiento del matrimonio y de la familia. Como ya hice con ocasión de mi visita pastoral a Francia, en Sainte-Anne d'Auray, os invito a sostener a las familias en su vocación a manifestar la belleza de la paternidad y de la maternidad, y a favorecer la cultura de la vida (cf. Discurso durante el encuentro con los matrimonios jóvenes y sus hijos, n. 7).

Expreso igualmente mi aprecio por el importante trabajo realizado, bajo vuestra vigilancia, por los servicios y los movimientos de la pastoral familiar. Las iniciativas que promueven son un apoyo indispensable para el crecimiento y la vitalidad humana y espiritual de los hogares, así como una respuesta concreta al fenómeno de la desintegración de la familia. No podemos asistir, impotentes, a la ruina de la familia. En este campo, la Iglesia desea participar en un auténtico cambio de mentalidades y comportamientos, para que triunfen los valores positivos vinculados a la vida conyugal y familiar, y para que las relaciones no se vean simplemente desde la perspectiva del individualismo y del placer personal, pues así se desvirtúa el sentido profundo del amor humano, que es ante todo altruismo y entrega. El compromiso en el matrimonio conlleva cierto número de deberes y responsabilidades, entre ellas conservar y hacer crecer el vínculo conyugal, y educar a los hijos. Con este espíritu, es preciso ayudar a los padres, que son los primeros educadores de sus hijos, por una parte, para que puedan gestionar y resolver las posibles crisis conyugales y, por otra, para que puedan dar a los jóvenes el testimonio de la grandeza del amor fiel y único, así como los elementos de una educación humana, afectiva y sexual, ante los mensajes a menudo destructores de la sociedad actual, que llevan a pensar que todos los comportamientos afectivos son buenos, negando cualquier connotación moral de los actos humanos. Esta actitud es particularmente desastrosa para los jóvenes, ya que los induce, a veces de manera desconsiderada, a comportamientos erróneos que, como vemos frecuentemente, dejan huellas profundas en su psique, hipotecando sus actitudes y sus compromisos futuros.

7. Queridos hermanos en el episcopado, al final de nuestro encuentro, quiero evocar la admirable figura de Madeleine Delbrêl, de cuyo nacimiento celebramos el centenario. Participó en la aventura misionera de la Iglesia en Francia, en el siglo XX, en particular en la fundación de la Misión de Francia y de su seminario en Lisieux. Que su testimonio luminoso ayude a todos los fieles, unidos a sus pastores, a enraizarse en la vida ordinaria y en las diferentes culturas, para hacer que penetre en ellas, mediante una vida cada vez más fraterna, la novedad y la fuerza del Evangelio.
Manteniendo viva, en su corazón y en su vida, su conciencia eclesial, es decir, "la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera" (Christifideles laici, 64), los fieles podrán dedicarse al servicio de sus hermanos. Os encomiendo a Nuestra Señora y os imparto a vosotros, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos y a las religiosas, así como a todos los laicos de vuestras diócesis, una afectuosa bendición apostólica.

 

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