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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR CHOU-SENG TOU, NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA
DE CHINA ANTE LA SANTA SEDE*
Viernes 30 de enero de 2004
Señor embajador:
Me complace darle hoy la bienvenida al Vaticano y aceptar las cartas que lo
acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de
China ante la Santa Sede. Deseo expresar mi gratitud por el mensaje de saludo
que me trae del presidente Chen Shui-bian. Le ruego que le transmita mis mejores
deseos y la seguridad de mis oraciones por la prosperidad y la armonía en Taiwan.
Señor embajador, le agradezco las palabras de aprecio por los esfuerzos que
realiza la Santa Sede para promover la paz en todo el mundo. La Santa Sede
considera esta tarea como parte de su servicio a la familia humana, impulsada
por una profunda preocupación por el bienestar de todas las personas. La
cooperación entre los pueblos, las naciones y los gobiernos es una condición
esencial para asegurar un futuro mejor para todos. La comunidad internacional
afronta muchos desafíos a este respecto, entre ellos, los serios problemas de la
pobreza mundial, la negación de los derechos de las personas y la falta de una
firme resolución por parte de algunos grupos de fomentar la paz y la
estabilidad.
Las tradiciones religiosas y culturales de la República de China testimonian que
el desarrollo humano no debería limitarse al éxito económico o material. Muchos
de los elementos ascéticos y místicos de las religiones asiáticas enseñan que no
es la adquisición de riquezas materiales lo que define el progreso de las
personas y las sociedades, sino más bien la capacidad de una civilización de
promover la dimensión interior y la vocación trascendente de hombres y mujeres.
En efecto, "cuando los individuos y las comunidades no ven rigurosamente
respetadas las exigencias morales, culturales y espirituales fundadas sobre la
dignidad de la persona y sobre la identidad propia de cada comunidad, comenzando
por la familia y las sociedades religiosas, todo lo demás -disponibilidad de
bienes, abundancia de recursos técnicos aplicados a la vida diaria y cierto
nivel de bienestar material- resultará insatisfactorio y, a la larga,
despreciable" (Sollicitudo rei socialis, 33). Por esto, es importante que
todas las sociedades den a sus ciudadanos la libertad necesaria para realizar
plenamente su auténtica vocación. Para lograrlo, un país debe mantener un
compromiso constante de promover la libertad, que deriva naturalmente de un
sentido inquebrantable de la dignidad de la persona humana. Esta decisión de
fomentar la libertad en la sociedad humana requiere ante todo y sobre todo el
libre ejercicio de la religión en la sociedad (cf.
Dignitatis humanae,
1).
El bien de la sociedad exige que se incluya en la ley el derecho a la libertad
religiosa y que sea tutelado efectivamente. La República de China ha mostrado
respeto a las diversas tradiciones religiosas que conviven en ella y reconoce el
derecho de todos a practicar su religión. Las religiones son un componente de la
vida y de la cultura de una nación, y dan un gran sentido de bienestar a una
comunidad, ofreciendo un indudable nivel de orden social, tranquilidad, armonía
y asistencia a los débiles y a los marginados. Al centrarse en las cuestiones
humanas más profundas, las religiones dan una gran contribución al progreso
genuino de la sociedad y promueven, de modo muy significativo, la cultura de la
paz, tanto a nivel nacional como internacional. Como dije en mi
Mensaje para
la Jornada mundial de la paz de 1992, "la aspiración a la paz es inherente a
la naturaleza humana y se encuentra en las diversas religiones" (n. 2:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de diciembre de 1991,
p. 21). En el nuevo milenio se nos plantea el desafío de esforzarnos por cumplir
un preciso deber que incumbe a todos, es decir, una mayor cooperación para
promover los valores de la generosidad, la reconciliación, la justicia, la paz,
la valentía y la paciencia, que la familia humana universal necesita hoy más que
nunca (cf. ib.).
Como parte de esta familia humana, la Iglesia católica en la República de China
ha dado una significativa contribución al desarrollo social y cultural de su
nación, especialmente mediante su dedicación a la educación, la asistencia
sanitaria y la ayuda a los menos favorecidos. Con estas y otras actividades, la
Iglesia sigue ayudando a fomentar la paz y la unidad de todos los pueblos. De
este modo, cumple su misión espiritual y humanitaria, y contribuye a construir
una sociedad de justicia, confianza y cooperación.
También los gobiernos deberían interesarse siempre por las personas marginadas
de sus países, así como por los pobres y los desheredados del mundo en general.
De hecho, todos los hombres y mujeres de buena voluntad deben considerar la
difícil situación de los pobres y, en la medida de sus posibilidades, esforzarse
por aliviar la pobreza y la miseria. Asia es un "continente con abundantes
recursos y grandes civilizaciones, pero donde se hallan algunas de las naciones
más pobres de la tierra y donde más de la mitad de la población sufre
privaciones, pobreza y explotación" (Ecclesia in Asia, 34). A este
respecto, aprecio las numerosas obras de caridad de la República de China en el
ámbito internacional y, más especialmente, en los países en vías de desarrollo.
Espero que el pueblo de Taiwan siga promoviendo actividades caritativas y
contribuya así a la construcción de una paz duradera en el mundo.
Señor embajador, estoy seguro de que su misión como promotor de paz se
manifestará en nuestro compromiso común de fomentar el respeto mutuo, la caridad
y la libertad para todos los pueblos. También deseo asegurarle mis oraciones
continuas para que el pueblo de la República de China contribuya a construir un
mundo de unidad y de paz. Al comenzar su misión, le expreso de corazón mis
mejores deseos, y le aseguro la disponibilidad y colaboración de los dicasterios
de la Curia romana. Sobre usted y sobre el pueblo de la República de China
invoco abundantes bendiciones divinas.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 7 p. 5.
© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana
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