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ALOCUCI ÓN
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II EN LA DESPEDIDA DEL PATRIARCA ECUMÉNICO
BARTOLOMÉ
I
Jueves 1 de julio de 2004
Santidad:
Al concluir su grata visita a Roma, con ocasión de la solemnidad de los
apóstoles San Pedro y San Pablo, deseo renovarle la expresión de mi más cordial
gratitud. Durante tres días, acompañado por un séquito muy cualificado,
compuesto, entre otras personas, por algunos eminentes metropolitas, a quienes
saludo una vez más, usted ha dejado la sede patriarcal de El Fanar para estar
cerca del Sucesor de Pedro. Juntos damos gracias a Dios porque de este modo nos
ha permitido mostrar a los fieles un signo vivo de fraternidad y confirmar el
propósito de avanzar con decisión hacia la meta de la unidad plena entre
católicos y ortodoxos. Son muy necesarios estos signos de comunión, al igual que
las palabras que los acompañan y los explican, como quieren ser las que hemos
suscrito en una Declaración común.
Otro importante acontecimiento de estos días es para mí motivo de especial
alegría: haber tenido la oportunidad de conceder al Patriarcado ecuménico el
uso de la iglesia de San Teodoro en el Palatino, en el corazón de la Roma
antigua. Esto permitirá a los fieles de la archidiócesis greco-ortodoxa en
Italia tener una presencia significativa y continua cerca de la tumba del
apóstol san Pedro.
Sabemos que todo esto es don de Dios. Y es hermoso que los hermanos vivan juntos
en esta común acción de gracias al "Padre de las luces", de quien desciende
"toda dádiva buena y todo don perfecto" (St 1, 17).
¡Gracias de corazón, Santidad, a usted y a cada uno de los miembros de su
venerable séquito! Recordando estas jornadas de gracia, y también este encuentro
convival, permanecemos en comunión de oración y caridad fraterna.
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