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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UN SIMPOSIO EUROPEO
SOBRE EL TEMA "LOS DESAF
ÍOS DE LA EDUCACIÓN"


S
ábado 3 de julio de 2004

 

Monseñor;
queridos amigos: 


1. Saludo cordialmente a los profesores, a los educadores y a los padres, que representan aquí a las universidades y a las asociaciones pedagógicas, así como a los responsables de la pastoral escolar y universitaria de las Conferencias episcopales de Europa. Agradezco a monseñor Cesare Nosiglia, presidente de la Comisión de la Conferencia episcopal italiana para la educación católica, la escuela y la universidad, sus palabras y su compromiso en la realización del simposio titulado:  "Los desafíos de la educación".

2. Me agrada la atención que prestáis a las cuestiones que conciernen a la educación, particularmente importantes hoy en Europa, donde numerosos jóvenes están desorientados. Las políticas educativas de los Estados no logran encontrar nuevas perspectivas para afrontar las dificultades de los adolescentes, en su vida personal o en el marco social. Las necesidades económicas impulsan a menudo a privilegiar la enseñanza escolar, en detrimento de la educación integral de los jóvenes. Para dar un futuro a la juventud, es importante que la educación se entienda como la búsqueda del desarrollo integral y armonioso de la persona, de la maduración de la conciencia moral para discernir el bien y obrar en consecuencia, y como una atención a la dimensión espiritual del joven en crecimiento. El continente europeo tiene una gran tradición humanista que, a lo largo de los siglos, ha transmitido los valores espirituales y morales que encuentran en las raíces cristianas su referencia fundamental y su sentido pleno.

3. En todos los lugares donde viven los estudiantes, la educación debe permitirles convertirse cada día más en hombres y mujeres, "ser" cada vez más y no sólo "tener" cada vez más. La formación escolar es uno de los aspectos de la educación, pero no puede reducirse a ella. Debe reforzarse sin cesar el nexo esencial entre todos los aspectos de la educación. La unidad de la actividad educativa llevará a una unidad cada vez mayor de la personalidad y de la vida de los adolescentes. Conviene que todos -padres, profesores, educadores y equipos de capellanía- se movilicen y trabajen juntos en favor de los jóvenes. También han de recordar que deben sostener lo que enseñan con el testimonio de su vida. En efecto, los jóvenes son sensibles al testimonio de los adultos, que para ellos son modelos. La familia sigue siendo el lugar primordial de la educación.

4. La falta de esperanza de los jóvenes está muy acentuada hoy, aunque tengan muchos anhelos, como he podido percibir sobre todo durante las Jornadas mundiales de la juventud. En la exhortación apostólica Ecclesia in Europa, afirmé que "en la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo", dando al hombre el lugar de Dios. "El olvido de Dios ha conducido al abandono del hombre" (n. 9). La verdadera educación debe partir de la verdad sobre el hombre, de la afirmación de su dignidad y de su vocación trascendente. Ver a todo joven a través de este prisma antropológico significa querer ayudarle a desarrollar lo mejor de sí mismo, para que realice, ejercitando todas sus capacidades, lo que Dios quiere de él.

5. La comunidad cristiana debe desempeñar también un papel en la actividad educativa. Tiene la tarea de transmitir los valores cristianos y dar a conocer la persona de Cristo, que llama a cada uno a una vida cada vez más hermosa y al descubrimiento de la salvación y de la felicidad que nos ofrece. Los cristianos no han de tener miedo de anunciar a las nuevas generaciones a Cristo, fuente de esperanza y luz en su camino. También deben acoger a los adolescentes y a sus familias, escucharlos y ayudarles, aunque esto sea a menudo exigente. La educación de la juventud es tarea de todas las comunidades cristianas y de toda la sociedad. A nosotros nos corresponde proponerles los valores fundamentales, para que sean responsables de sí mismos y participen en la construcción de la sociedad. Deseo que vuestro simposio dé un nuevo impulso a la actividad educativa en los diferentes países europeos. Encomendándoos a la Virgen María, os imparto a todos la bendición apostólica.

 

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