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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL OBISPO DE MANTUA CON OCASIÓN
DEL XII CENTENARIO DE LA ERECCIÓN DE LA DIÓCESIS

 

 

Al venerado hermano
EGIDIO CAPORELLO
Obispo de Mantua


1. Me alegra que la comunidad cristiana de Mantua quiera recordar este año con un jubileo especial el duodécimo centenario (804-2004) de la diócesis. En esta feliz ocasión deseo enviarle mi cordial saludo a usted, venerado hermano, y a cuantos la Providencia divina ha confiado a su solicitud pastoral.

Desde que, hace mil doscientos años, mi venerado predecesor san León III fue a Mantua para venerar la "reliquia" de la preciosísima Sangre de Cristo y erigir la ciudad como sede episcopal, inició una veneración ininterrumpida de los fieles a esa insigne "reliquia", que remite al misterio de la Redención y al don del sacramento de la Eucaristía.

Me uno de buen grado a usted y a toda la diócesis al elevar a Dios un himno de alabanza y acción de gracias por los abundantes frutos producidos a lo largo de los siglos. Además, deseo que de las diversas manifestaciones jubilares surja un renovado compromiso de adhesión a Cristo, profundizando en las razones de la fe y corroborando el sentido de pertenencia a la Iglesia. Esto estimulará cada vez más la valentía de los sacerdotes, religiosos y fieles en el anuncio y en el testimonio evangélico.

2. El jubileo diocesano, iniciado el 30 de noviembre de 2003, primer domingo de Adviento, concluirá el próximo 21 de noviembre, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. Tiene como objetivo primario suscitar en todos los miembros de la comunidad diocesana un recuerdo más intenso y consciente de la muerte y resurrección de Cristo, misterio que se hace presente incesantemente en la Eucaristía.

Por tanto, esa Iglesia mantuana acertadamente ha puesto en el centro de las celebraciones jubilares a Cristo, oculto bajo el velo de las especies eucarísticas. Inspirándose en la espléndida página evangélica de la multiplicación de los panes (cf. Lc 9, 10-17), que contiene un anuncio profético del estupendo milagro de la Eucaristía, don vivo del Cuerpo y la Sangre de Cristo, quiere estimular a todo creyente a asumir un generoso impulso misionero. Al escuchar las palabras de Jesús:  "Dadles vosotros de comer" (Lc 9, 13), cada uno debe sentirse llamado por el Señor, como los Doce, a un servicio de amor responsable a los demás y, especialmente, a los pobres y a los necesitados.

Venerado hermano y queridos fieles de Mantua, la participación diaria en la Eucaristía, alimento de vida eterna, es capaz de transformar la existencia de los creyentes. Alimentados con este pan de salvación, pueden crecer como Iglesia que "da la vida", porque el Señor los capacitará para realizar los prodigios que él obró y que constantemente renueva en su pueblo con la fuerza del Espíritu Santo.

3. Queridos hermanos, la Eucaristía os infunde la valentía y la alegría de ser santos. Por tanto, este tiempo jubilar es una ocasión propicia para profundizar en la vocación universal a la santidad. El mundo necesita, ante todo y sobre todo, personas santas.

Los mil doscientos años de historia diocesana registran la presencia de figuras luminosas, que siguen brillando por el esplendor de su adhesión total a Cristo. La liturgia las vuelve a proponer a la imitación y a la devoción de los creyentes. En primer lugar, recuerdo a san Anselmo de Baggio, patrono principal de la diócesis, "un luminoso reflejo de la santidad de Dios y de su Hijo Jesucristo", como lo definí con ocasión del noveno centenario de su muerte (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de abril de 1986, p. 10).

Mi pensamiento va, asimismo, a san Luis Gonzaga, copatrono de la diócesis, a quien honré en Castiglione delle Stiviere, su tierra natal, con motivo del cuarto centenario de su muerte. Este joven apasionado por Cristo nos dirige también hoy a todos nosotros una apremiante exhortación a la coherencia y a la fidelidad al Evangelio, recordándonos que Dios debe ocupar el primer lugar en nuestra existencia.

Pienso, además, en mi venerado predecesor san Pío X, que pasó en Mantua algunos años de su fecundo ministerio episcopal, dejando el recuerdo de un pastor celoso y afable.
Tras las huellas de tantos santos y beatos, los cristianos mantuanos deben proseguir en su camino de fe, confirmando cada día su adhesión a Cristo y consolidando los vínculos de una unión fraterna robustecida por la inquebrantable fidelidad al Evangelio.

4. En estos años, Mantua, como el resto de Italia, está experimentando rápidos cambios sociales, con muchas dificultades económicas, mientras se hace cada vez más amplia la confrontación con culturas y religiones diversas. Cierta mentalidad consumista y secularizada mina la unidad y la estabilidad de las familias, y, seduciendo a un número creciente de cristianos, los induce de hecho a alejarse progresivamente, en el ámbito social, civil y político, de los valores de la fe. Es necesario reaccionar contra estos impulsos disgregadores y, por eso, es indispensable redescubrir las raíces cristianas de la propia cultura. Este compromiso interpela a todos los fieles. Si saben poner a Cristo en el centro de todo proyecto personal, familiar y comunitario, darán una contribución eficaz a esta obra urgente. Sólo recomenzando desde él se puede construir un mundo más justo y fraterno.

5. Amada diócesis de Mantua, no te desanimes ante las dificultades que encuentres. Te repito también a ti:  "Duc in altum!". El Espíritu del Resucitado te sostendrá y fortalecerá, te impulsará a mirar más allá de tus límites y a descubrir, con asombro y gratitud, el milagro de un Pan que sobreabunda siempre. Sostenida por el ejemplo y la oración de tus santos patronos, camina con confianza por los senderos del nuevo milenio.

Fieles de la querida Iglesia mantuana, os encomiendo a la maternal protección de la Virgen Coronada, Reina y Madre de las Gracias, particularmente venerada en vuestra tierra. Que ella os guíe y os sostenga siempre.

Con estos sentimientos y deseos, le envío a usted, venerado hermano, al clero, a los religiosos, a las religiosas y a toda la comunidad diocesana, una especial bendición apostólica.

Vaticano, 10 de junio de 2004, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

 

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