Señor Presidente:
Es para mí motivo de viva satisfacción recibirle a los pocos
meses de haber asumido su alto encargo, junto con sus ilustres acompañantes, en
esta visita con la cual pone de relieve su estima a la Sede Apostólica. Su
presencia aquí refleja el deseo de proseguir con buen clima las relaciones de
colaboración entre la Iglesia local y el Estado para el bien del pueblo español,
deseo que Usted mismo me expuso cuando lo encontré en Madrid, al final de la Santa Misa en
la Plaza de Colón el 4 de mayo del año pasado.
A través suyo quiero renovar mi afecto y cercanía a todos los
españoles, a Sus Majestades los Reyes y a la Familia Real, que, juntamente con
quienes en cada momento estaban en el Gobierno, me han acogido tan bien en las
cinco veces que he visitado su País. Yo correspondo a esas muestras de cariño
renovando mi sincero aprecio a la comunidad católica en España que con sus
Obispos camina por las sendas de la fe en estrecha comunión con el Papa. Elevo
así mismo mi oración para que esa querida Nación marche siempre hacia el
progreso integral, se fortalezca en ella la convivencia pacífica en la unidad
entre las gentes y pueblos de esa gran Tierra, con la maravillosa y variada
diversidad que la constituye, y se conserven los valores morales y culturales,
así como sus raíces cristianas.
Hace pocos días, recibiendo a su nuevo Embajador, he tenido
oportunidad de referirme a algunos aspectos de la sociedad española. Reafirmando
cuanto he dicho en tal ocasión, quiero renovarle mi sincero agradecimiento por
esta amable visita. Espero vivamente que su compromiso personal, así como el de
su Gobierno, alcance los objetivos prefijados de fomentar el moderno desarrollo
de España, y que en esa tarea se tengan en la debida cuenta los valores éticos,
tan arraigados en la tradición religiosa y cultural de la población. Sepa que
puede contar con la colaboración de la Santa Sede para trabajar unidos en la
gran causa de la paz y en favor del progreso espiritual de los pueblos; para
ayudar en lo que se refiere a la erradicación del terrorismo y de la violencia
en todas sus formas; para alcanzar el mayor logro de las legítimas exigencias de
la persona humana, con su dignidad, derechos y libertades. Pido fervientemente
al Todopoderoso que derrame abundantes dones y bendiciones sobre Usted, Señor
Presidente, sobre sus colaboradores en las tareas de Gobierno, y sobre los
amadísimos hijos de su noble País.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXVII, 1 p.
824-825.
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