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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA 71ª ASAMBLEA DE LA ROACO


Jueves 24 de junio de 2004

 

Señor cardenal;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
amadísimos hermanos y hermanas: 


1. Os dirijo a cada uno un cordial saludo con ocasión de la 71ª asamblea de la ROACO, Reunión de las Obras para la ayuda a las Iglesias orientales.

Saludo al prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, señor cardenal Ignace Moussa I Daoud, y le doy las gracias por haberse hecho intérprete de los sentimientos de todos los presentes. Saludo al secretario y a los colaboradores del dicasterio, así como al nuncio apostólico en Rumanía, al nuevo custodio de Tierra Santa y a los responsables de las agencias. A cada uno doy mi cordial bienvenida.

2. Vuestra visita me hace pensar en la situación en que se encuentran las comunidades cristianas de las Iglesias de Oriente, sometidas en nuestro tiempo a dura prueba a causa de los conflictos actuales, del terrorismo y de otras dificultades. Seguís prestándoles vuestro apoyo, fieles a la labor que habéis asumido de acuerdo con las orientaciones de la Congregación para las Iglesias orientales. Además de la acción generosa en favor de las poblaciones de Irak, en esta sesión habéis prestado particular atención a la Iglesia greco-católica de Rumanía. Gracias por vuestra solicitud. Se trata de un valioso servicio de solidaridad hacia las personas necesitadas. Para cumplirlo del mejor modo posible, debéis sacar de la Eucaristía la fuerza necesaria. A este propósito, en la reciente carta encíclica Ecclesia de Eucharistia escribí que "a los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestra tan arraigados en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres" (n. 24).

3. La colecta para Tierra Santa, recogida tradicionalmente el Viernes santo en todas las partes del mundo, constituye una ocasión significativa para expresar esta comunión solidaria, que une a todos los creyentes en Cristo. Mis venerados predecesores siempre han recomendado a todas las comunidades cristianas que tengan solicitud por la Iglesia madre de Jerusalén. Es preciso perseverar, orando intensamente por la paz de los pueblos que viven en la tierra de Jesús. A los cristianos, tan probados por la continua violencia y por otros numerosos problemas que producen pobreza económica, conflictividad social y envilecimiento humano y cultural, no debería faltarles el apoyo de toda la Iglesia católica. También gracias a la colecta del Viernes santo, a la que me referí antes, es posible salir al paso de las necesidades urgentes y fomentar el espíritu de acogida y de respeto recíprocos, favoreciendo la maduración de una voluntad común de reconciliación. Todo esto no puede por menos de contribuir a la construcción de la paz tan deseada.

4. Una de las tareas más importantes de la Congregación para las Iglesias orientales al sostener la vida pastoral y la obra evangelizadora de las Iglesias católicas de Oriente sigue siendo la formación de los formadores. Al respecto, vuestra contribución deberá considerar cuán grandes son, a menudo, las necesidades de los seminarios y de las casas de formación, y cómo varían las prioridades de una comunidad eclesial a otra. Este dicasterio realiza un notable esfuerzo, también económico, para preparar a sacerdotes y acompañar a seminaristas, religiosas y religiosos, laicas y laicos, de modo que las Iglesias, una vez superados los condicionamientos del pasado, puedan contar ahora con pastores cualificados y laicos responsables y competentes.

5. El Señor Jesús y su Madre celestial, tan amada y venerada en todas partes por las antiguas Iglesias de Oriente, ayuden a estos hermanos y hermanas nuestros en la fe a responder con valentía a los desafíos de la nueva evangelización. San Juan Bautista, cuyo nacimiento recordamos hoy, juntamente con todos los santos, los asista con su intercesión.

También yo aseguro mi oración, mientras de buen grado os imparto a vosotros, a vuestros colaboradores, a los bienhechores y a vuestros seres queridos, una especial bendición apostólica.

 

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