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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL OCTAVO GRUPO DE OBISPOS DE
ESTADOS UNIDOS EN "VISITA AD LIMINA"
Jueves 24 de junio de 2004
Queridos hermanos en el episcopado:
1. Al continuar las visitas de los obispos de Estados Unidos a las tumbas de los
Apóstoles, me complace saludaros, obispos de las provincias de Portland en
Oregón, Seattle y Anchorage. En nuestra serie de reflexiones sobre el
ejercicio del ministerio que nos ha sido confiado como sucesores de los
Apóstoles, hemos considerado el munus docendi episcopal a la luz del
testimonio profético del reino de Dios por parte de la Iglesia, del
cual ella es, en la tierra, la semilla y el principio (cf.
Lumen gentium,
5). Además del testimonio personal de fe y santidad que cada creyente debe dar
en virtud de su bautismo, la Iglesia también está llamada a dar un importante
testimonio institucional ante el mundo.
Por esta razón, el mandamiento del Señor resucitado de hacer discípulos a todas
las naciones y enseñarles a guardar todo lo que él ha mandado (cf. Mt 28,
19-20) debe ser el punto de referencia indispensable para cualquier
actividad de la Iglesia. Sus numerosas instituciones religiosas, educativas y
caritativas tienen una única finalidad: anunciar el Evangelio. Su testimonio
debe proceder siempre ex corde Ecclesiae, del corazón mismo de la
Iglesia. Por tanto, es de suma importancia que las instituciones de la
Iglesia sean auténticamente católicas: católicas en la comprensión de sí mismas
y católicas en su identidad. Todos los que participan en los apostolados de
estas instituciones, incluyendo a los no creyentes, deberían mostrar un aprecio
sincero y respetuoso por esta misión, que es su inspiración y su fundamental
razón de ser.
2. Hoy en especial hace falta creatividad para lograr que las
instituciones eclesiales cumplan su misión profética. Esto significa
encontrar modos innovadores para permitir que la luz de Cristo brille
intensamente, de manera que el don de su gracia verdaderamente "renueve
todas las cosas" (Ap 21, 5; cf.
Novo millennio ineunte, 54). Las
numerosas instituciones de la Iglesia en Estados Unidos -escuelas,
universidades, hospitales y organismos de caridad- no sólo deben ayudar a los
fieles a pensar y actuar plenamente de acuerdo con el Evangelio, superando toda
separación entre fe y vida (cf.
Christifideles laici, 34), sino que
también ellas mismas deben encarnar un claro testimonio comunitario de su
verdad salvífica. Esto exigirá volver a examinar constantemente sus prioridades
a la luz de su misión y dar un testimonio convincente, en una sociedad
pluralista, de la enseñanza de la Iglesia, particularmente con respecto a la
vida humana, el matrimonio y la familia, y el correcto ordenamiento de la vida
pública.
3. Las instituciones educativas de la Iglesia sólo podrán contribuir con
eficacia a la nueva evangelización si conservan y fomentan claramente su
identidad católica. Esto significa que "los contenidos del proyecto educativo
deben hacer referencia constante a Jesucristo y a su mensaje, tal como lo
presenta la Iglesia en su enseñanza dogmática y moral" (Ecclesia in America,
71). Además, una educación auténticamente católica ha de buscar una
integración del conocimiento dentro del contexto de una visión de la persona
humana y del mundo iluminada por el Evangelio. Por su misma naturaleza, las
universidades y los colegios católicos están llamados a dar un testimonio
institucional de fidelidad a Cristo y a su palabra, tal como la presenta la
Iglesia, un testimonio público expresado en el requisito canónico del
mandato (cf. Código de derecho canónico, c. 812; Conferencia episcopal de
Estados Unidos, La aplicación de la "Ex corde Ecclesiae" en Estados Unidos,
segunda parte, art. 4, 4, e). Como comunidades comprometidas en la búsqueda de
la verdad y en el intento de hacer una síntesis vital de fe y razón, estas
instituciones deberían estar en la vanguardia del diálogo de la Iglesia con
la cultura, porque "una fe que se colocara al margen de todo lo que es
humano, y por lo tanto de todo lo que es cultura, sería una fe que no refleja la
plenitud de lo que la palabra de Dios manifiesta y revela, una fe decapitada,
peor todavía, una fe en proceso de autoanulación" (Ex corde Ecclesiae,
44).
La presencia de la Iglesia en la enseñanza primaria y secundaria también
debe ser objeto de vuestra atención particular como pastores del pueblo de Dios.
Las escuelas parroquiales locales han hecho mucho para proporcionar una sólida
formación académica, moral y religiosa a numerosos norteamericanos, tanto
católicos como no católicos. Aprovecho esta oportunidad para reconocer con
gratitud la generosa labor de innumerables sacerdotes, religiosos y laicos en el
campo de la educación católica, y os invito a animarlos juntamente conmigo a
perseverar en esta misión tan necesaria (cf. Congregación para la educación
católica,
Las personas consagradas y su misión en la escuela, 84).
También os pido que impulséis a vuestros sacerdotes a que estén presentes y
activos en las escuelas parroquiales, y a que hagan todo lo posible para
asegurar que, a pesar de las dificultades económicas, la educación católica siga
siendo accesible a los pobres y a los menos privilegiados de la sociedad.
4. Los programas de educación religiosa también son un elemento
significativo de la misión evangelizadora de la Iglesia. Mientras los programas
catequísticos para niños y jóvenes, especialmente en relación con la preparación
para los sacramentos, siguen siendo esenciales, ha de prestarse cada vez
mayor atención a las necesidades particulares de los adolescentes y de los
adultos. Los programas eficaces de educación religiosa, tanto a nivel
diocesano como parroquial, requieren un constante discernimiento de las
necesidades actuales de las diferentes edades y de los diversos grupos, así como
una valoración creativa de los mejores medios para afrontarlas, especialmente la
necesidad de formación en la oración mental, en la lectura espiritual de la
Escritura (cf.
Dei Verbum, 11) y en la recepción fructífera de los
sacramentos. Este discernimiento continuo exige el compromiso personal del
obispo, junto con los sacerdotes, que son los responsables directos
de la instrucción religiosa impartida en sus parroquias, con los profesores
de religión, cuya generosidad y experiencia constituyen un gran recurso en
vuestras Iglesias locales, y con los padres, que son los principales
encargados de formar a sus hijos en la fe y en la vida cristiana (cf.
Código
de derecho canónico, c. 774, 2).
5. Las numerosas iniciativas de los católicos estadounidenses en favor de los
ancianos, los enfermos y los necesitados, mediante residencias para ancianos,
hospitales, clínicas y diversos centros de beneficencia y asistencia, han
sido siempre, y siguen siendo, un testimonio elocuente de la "fe, esperanza y
amor" (1 Co 13, 31) que deben caracterizar la vida de todo discípulo del
Señor. En Estados Unidos, generaciones de religiosos y laicos comprometidos, al
construir una red de instituciones de asistencia sanitaria, han dado un
testimonio excepcional de Cristo, médico de los cuerpos y las almas, y de la
dignidad de la persona humana. No debéis permitir que los significativos
desafíos que afrontan estas instituciones en las cambiantes circunstancias
sociales y económicas debiliten este testimonio comunitario.
Las políticas elaboradas en plena conformidad con la doctrina moral de la
Iglesia deben aplicarse en los centros católicos de asistencia sanitaria, y
todos los aspectos de la vida de estos centros deben reflejar su inspiración
religiosa y su íntima vinculación con la misión de la Iglesia de llevar la luz
sobrenatural, la salvación y la esperanza a los hombres y mujeres en cada etapa
de su peregrinación terrena.
6. Queridos hermanos, con profunda gratitud por la gran contribución que las
instituciones católicas presentes en vuestras diócesis han dado al desarrollo de
vuestras Iglesias locales, me uno a vosotros para pedir que lleguen a ser cada
vez más agentes eficaces de la nueva evangelización, fuentes de energía vital
para el apostolado y levadura auténtica del Reino (cf. Mt 13, 33) en la
sociedad norteamericana. Sobre el clero, los religiosos y los fieles laicos
comprometidos en obras de servicio eclesial invoco la sabiduría y la fuerza del
Espíritu Santo, y de corazón os imparto mi bendición apostólica como prenda de
gracia y fortaleza en el Señor.
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