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DISCURSO DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II Sábado 13 de marzo de 2004
Señor Embajador: 1. Con sumo gusto le recibo en este solemne acto en el que me
presenta las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario
y Plenipotenciario de la República de Nicaragua ante la Santa Sede, a la vez que
le doy mi cordial bienvenida al iniciar la importante misión que su Gobierno le
ha confiado. Le agradezco sus atentas palabras, así como el saludo que me ha
transmitido de parte del Señor Presidente de la República, Ingeniero Enrique
Bolaños, a lo cual correspondo renovándole mi mejores deseos para su persona y
su alta responsabilidad. Le ruego, Señor Embajador, que se haga portavoz de mi afecto y
cercanía hacia el querido pueblo de Nicaragua, que he tenido la dicha de visitar
en dos ocasiones. Recuerdo especialmente la memorable jornada del 7 de febrero
de 1996, en la cual los nicaragüenses pudieron encontrarse realmente con el
Sucesor del apóstol Pedro y manifestarle libremente su adhesión y afecto. 2. En las dos visitas a su País pude comprobar que los
nicaragüenses son un pueblo alegre, dinámico, con profundas raíces cristianas y
deseosos de un porvenir sereno, en el que todos puedan ser beneficiarios de un
constante desarrollo. Sin embargo, a lo largo de la historia han pasado muchas
pruebas. A los desastres naturales, como terremotos y huracanes, se han añadido
años de enfrentamiento social y problemas internos que han llevado a muchos de
sus habitantes a vivir en situaciones de dificultad y pobreza, con las lacras
que ello genera en todos los órdenes: desintegración familiar, falta de acceso a
la educación, problemas de vivienda y de atención sanitaria entre otros. Sin embargo, Señor Embajador, hay motivos para abrirse a la
esperanza en un futuro mejor. Se detecta una mayor solidaridad, no sólo por
parte de las naciones amigas sino, ante todo, por parte de los mismos
ciudadanos, conscientes de la necesidad de participación. Son ellos quienes han
de trabajar con denuedo y tesón para mejorar la propia Patria. Son bien
conocidas la laboriosidad, la fuerza moral y el espíritu de sacrificio de los
nicaragüenses ante las adversidades. Lo han demostrado tantas veces. Si bien es
cierto que las ayudas externas son necesarias en ocasiones, se ha de tener
presente que los mismos nicaragüenses, con las ricas cualidades que les
distinguen, han de ser los protagonistas y artífices principales de la
construcción cotidiana del País, comprometiéndose con esfuerzo y tesón a superar
las situaciones difíciles, tantas veces agravadas por la pobreza extrema de
muchos, el desempleo o la falta de vivienda digna. En el
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1998 decía: "Las situaciones de
extrema pobreza, en cualquier lugar que se manifiesten, son la primera
injusticia. Su eliminación debe representar para todos una prioridad tanto en el
ámbito nacional como en el internacional" (n. 5). A este respecto, deseo animar
los esfuerzos emprendidos por su Gobierno para hacer frente a ese mal que no
puede considerarse endémico, sino resultado de una serie de factores que hay que
afrontar con decisión y entusiasmo, de modo que se pueda mejorar verdaderamente
la calidad de vida de los nicaragüenses. Dichos esfuerzos unidos a los de la
comunidad internacional, cuya ayuda debe ser bien administrada con una gestión
transparente, honesta y eficaz, son presupuestos imprescindibles para construir
una sociedad pacífica, justa y solidaria, que responda verdaderamente a los
anhelos de los nicaragüenses y esté en consonancia con sus tradiciones. En esta lucha contra la pobreza es también un factor importarte
la erradicación de la corrupción, que socava el justo desarrollo social y
político de tantos pueblos. 3. Me complace saber que las Autoridades de su País tienen el
firme propósito de establecer sólidos fundamentos que permitan la instauración
de un orden social más justo y participativo, reforzando la democracia y las
estructuras públicas, así como promoviendo un sistema educativo que favorezca el
sentido cívico de los ciudadanos y el respeto de la legalidad. Para construir
una sociedad más justa y fraterna serán de gran ayuda las orientaciones de la
doctrina social católica y las enseñanzas morales de la Iglesia, valores dignos
de ser tomados en consideración por las personas que trabajan al servicio de la
Nación. No se puede caminar hacia una verdadera paz social sin un orden donde
las libertades de los individuos sean cada vez más sólidas y a la vez, se
estimule también la confianza de los ciudadanos en las instituciones públicas
para una más activa colaboración y una participación responsable de todos al
bien común. 4. Los Obispos, junto con su presbiterio y las diferentes
comunidades religiosas presentes en Nicaragua, desempeñan su misión de
evangelización y santificación, propia de su ministerio. En este sentido, las
Autoridades de su País pueden seguir contando con la colaboración leal de los
Pastores de la Iglesia y de los fieles católicos, desde los campos específicos
de su actividad, para que sea más viva en cada uno la responsabilidad de cara a
hacer más favorables las condiciones de vida para todos (cf.
Gaudium et spes, 57), pues el servicio integral al hombre forma también
parte de la misión eclesial. La Iglesia local trata de fomentar la
reconciliación y favorecer el desarrollo de una sociedad más democrática,
ofreciendo su colaboración para que los valores como la justicia y la
solidaridad, el respeto del Derecho y el amor por la verdad estén siempre
presentes en la vida de los nicaragüenses. 5. Antes de concluir este acto deseo formularle, Señor
Embajador, mis mejores votos para que la misión que hoy inicia sea muy fecunda.
Le ruego que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante el Señor
Presidente y demás Autoridades de la República, mientras invoco abundantes
bendiciones del Altísimo sobre Usted, su distinguida familia y colaboradores,
así como sobre todos los hijos de la noble Nación nicaragüense, a los que
encomiendo bajo la constante y maternal intercesión de la Virgen María, tan
venerada en su advocación de la Purísima Concepción. *Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXVII, 1, p. 319-322.
L'Osservatore Romano 14.3.2004 p.4. L'Osservatore Romano.
Edición semanal en lengua española n.12 p.3.
© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana
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