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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA GENERAL ANUAL
DE LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS 


Martes 11 de mayo de 2004

 

Señor  cardenal;
amados  hermanos en el episcopado;
queridos directores nacionales de las Obras misionales pontificias:
 

1. Me complace particularmente daros a todos la "bienvenida" a la casa de Pedro en el Vaticano, después de otro año de servicio misionero prestado en vuestras Iglesias esparcidas por todo el mundo. Me alegra mucho encontrarme con vosotros, porque sois, de un modo especial, los "agentes incansables de la misericordia de Dios y de su paz" (Catequesis del miércoles 14 de abril de 2004:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de abril de 2004, p. 16).
Saludo cordialmente y doy las gracias al cardenal Crescenzio Sepe, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos, por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros.

2. Queridos hermanos, en los agitados tiempos que está viviendo la humanidad, las Obras misionales pontificias, que están al servicio de las Iglesias en el mundo, constituyen una referencia segura para todos los que buscan la verdad que salva. En efecto, vosotros, al anunciarles a Cristo, les señaláis el camino por el que se llega a la salvación.

Difundís un mensaje de amor y esperanza. Con la animación misionera que realizáis en cumplimiento del mandato de Cristo, Salvador de todos los hombres, colaboráis para llevar la "buena nueva" hasta los confines del mundo. En efecto, Cristo, el Viviente, sigue ofreciendo a todos, sin distinción, su mensaje de salvación.

3. La esperanza, de la que sois heraldos, nace de la muerte y resurrección de Cristo. Por eso, debéis tener una consideración especial por aquellos pueblos del mundo donde es mayor el dolor y la necesidad más apremiante:  las poblaciones del -así llamado- tercer mundo. Colaboráis con los misioneros del Evangelio, que predican la solidaridad y el amor, y se sacrifican por la paz, llegando a veces incluso hasta el don de la vida "por el amor de Cristo que los apremia" (2 Co 5, 14).

Así pues, vosotros sois los cirineos que ayudan al Salvador a llevar su cruz en toda persona que sufre y muere. Vosotros sois, a todos los efectos, auténticos misioneros en un mundo ya globalizado, en el que el sufrimiento por la verdad y la justicia supera todos los confines nacionales.
Cuando os angustiáis por los sufrimientos de otros pueblos y procuráis aliviar su gran necesidad de asistencia, estáis también trabajando para ayudar a vuestros mismos pueblos a salir de la estrechez del egoísmo, de la asfixia de la abundancia y de la vaciedad, y de comportamientos a veces indignos de seres humanos. Como escribió mi predecesor el Papa Pío XII, no se trata simplemente de dar limosna, sino de cumplir un deber inherente a nuestra identidad cristiana, el de ayudar a los que padecen necesidad.

Sois, por tanto, heraldos de la Resurrección y de la vida, como lo fueron vuestros fundadores y fundadoras. A vosotros, juntamente con toda la Iglesia, os corresponde anunciar a Cristo resucitado. Como el apóstol san Juan, también vosotros podéis decir:  "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida" (1 Jn 1, 1) es lo que os anunciamos. En efecto, cuando con fe sincera meditáis en las palabras de Cristo y actuáis con su espíritu, sabéis que se aplican a vosotros sus palabras:  "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).

4. Me consuela saber que estáis llevando a cabo la actualización de vuestros estatutos. Esto manifiesta la voluntad de seguir cumpliendo vuestra misión de "misericordia y paz" cada vez más y mejor. Que el Espíritu del Señor resucitado os muestre, como a los Apóstoles, su voluntad en la elección de nuevos caminos de cooperación en la misión para llevar la verdad, la justicia y la paz, según el Evangelio, a todos los hombres de nuestro tiempo.

El objetivo de la asamblea general de vuestro consejo superior es la búsqueda de los caminos del Señor para una renovada misión en un mundo que cambia continuamente. Os impulsa el anhelo de llevar amor y misericordia a todas las personas, que son nuestros hermanos y hermanas en la única familia humana. Por ello, os exhorto a colaborar, como ya estáis haciendo, con la Congregación para la evangelización de los pueblos, con miras a una continua búsqueda de "nuevos caminos" para el Evangelio. La animación y la cooperación misionera son, en definitiva, la razón de ser de vuestra existencia y la única finalidad de vuestra incansable "solicitud por todas las Iglesias" (2 Co 11, 28), con vistas a la salvación del mundo.

5. Con esta convicción, os expreso mi más cordial deseo de un compromiso siempre generoso, a pesar de las dificultades de todo tipo. Estoy seguro de que "las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y de todos los que sufren" (Gaudium et spes, 1) son también vuestras. En efecto, eso es consecuencia de vivir en el amor "del Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra" (2 Co 1, 3-4).

Como prenda de esta consolación divina os imparto de corazón la bendición apostólica.

 

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