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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 EN EL ENCUENTRO CON LA FAMILIA RELIGIOSA
DE DON LUIS ORIONE


Sábado 15 de mayo de 2004

 

1. Con gran alegría me encuentro esta tarde con vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, que representáis a toda la familia del beato Luis Orione.

Saludo a los señores cardenales, a los obispos, a las autoridades y a cuantos han querido estar presentes en esta fiesta. Dirijo un saludo en particular al director general del Instituto, don Roberto Simionato, que se ha hecho intérprete de los sentimientos de cada uno de vosotros.

Saludo también a los diversos miembros de la familia orionina:  Hijos de la Divina Providencia, Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, laicos consagrados y asociados en el Movimiento Laical Orionino, devotos y peregrinos procedentes de Europa, África, Asia y América.

Un saludo especial a los jóvenes y a los numerosos discapacitados presentes, que me brindan la ocasión de abrazar idealmente a todos los huéspedes de vuestras casas, a los cuales don Orione consideraba sus "tesoros" y "perlas" preciosas. Un saludo agradecido va también a la RAI, que ofrece a numerosos italianos esparcidos por el mundo la posibilidad de unirse a esta manifestación.

2. Una sorpresa muy grata ha sido escuchar, hace unos momentos, la voz de don Orione. ¡A cuántos corazones consoló esta voz, a cuántas personas aconsejó! A todos indicó el camino del bien.

Humilde y audaz, durante toda su vida estuvo siempre dispuesto y atento a las necesidades de los pobres, hasta el punto de que fue honrado con el título de "ayudante de la Divina Providencia".
Su testimonio sigue siendo muy actual. El mundo, muy a menudo dominado por la indiferencia y la violencia, necesita personas que, como él, "colmen de amor los surcos de la tierra, llenos de egoísmo y odio" (Escritos, 62, 99). Hacen falta buenos samaritanos dispuestos a responder al "grito angustioso de numerosos hermanos nuestros que sufren y desean a Cristo" (ib., 80, 170).

3. Queridos hermanos y hermanas, don Orione intuyó con claridad que la primera obra de justicia es dar a Cristo a los pueblos, porque "la caridad es lo que edifica a todos, lo que unifica a todos en Cristo y en su Iglesia" (ib., 61, 153).

Aquí reside el secreto de la santidad, pero también de la paz que deseamos ardientemente para las familias y para los pueblos. Que don Orione interceda, en particular, por la paz en Tierra Santa, en Irak y en las demás regiones del mundo, turbadas por guerras y conflictos sangrientos.
Nos dirigimos ahora a la Virgen, de quien vuestro fundador fue siempre muy devoto, para que siga protegiendo la Pequeña Obra de la Divina Providencia, llamada a anunciar y testimoniar el Evangelio a los hombres del tercer milenio.

A todos mi bendición.

Quisiera recordar a un hijo espiritual de don Orione que conocí en Polonia:  monseñor Bronislaw Dabrowski, secretario general del Episcopado polaco. Lo recuerdo siempre con gran simpatía y gratitud, porque en aquellos tiempos difíciles nos enseñó que es preciso ser valientes, humildes y fuertes. Que su alma goce de paz. Doy las gracias a todos una vez más.


ACTO DE CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN
DE LA PEQUEÑA OBRA DE LA DIVINA PROVIDENCIA

 

1. María, Madre de Cristo y de la Iglesia,
mientras contemplamos a tu lado
en la gloria a Luis Orione, padre de los pobres
y bienhechor de la humanidad
dolorida y abandonada,
te consagramos la Pequeña Obra
de la Divina Providencia,
que es obra tuya desde el inicio.

A tus pequeños hijos e hijas dales, oh Madre,
la inagotable capacidad de amar
que brota del Corazón traspasado del Crucificado.
Dales hambre y sed de caridad apostólica,
a ejemplo del fundador,
que suspiraba:  ¡Almas, almas!

2. Acuérdate, Virgen santísima,
de la humilde familia religiosa que,
después de una intensa y prolongada oración
ante tu venerada imagen,
don Orione regaló a la Iglesia.

Tú has querido valerte de la Pequeña Obra,
llamando a sus hijos e hijas al altísimo privilegio
de servir a Cristo en los pobres.

Has querido que estén animados
por una caridad ardiente
y que confíen en tu Divina Providencia.

Que jamás se extinga en ellos el fuego sagrado
del amor a Dios y al prójimo.

3. Dales amor devoto al Sucesor de Pedro,
obediencia diligente a los obispos
y generosa disponibilidad
al servicio de la comunidad cristiana.

Hazlos sensibles a las necesidades del prójimo,
atentos y solícitos
hacia los hermanos más pobres y abandonados,
hacia los marginados
y hacia cuantos son considerados
como desechos de la sociedad.

Haz que las hijas y los hijos de don Orione,
sostenidos por un amor sin límites a Cristo,
acojan con misericordia inagotable
cualquier forma de miseria humana,
manifestando amor y compasión a todos.

4. Da, oh María, a la familia orionina
un corazón grande y magnánimo,
que llegue a todos los sufrimientos
y enjugue todas las lágrimas.

Derrama en abundancia tus gracias
sobre los que con confianza
recurren a ti en todas las necesidades.
Que la vida de la Pequeña Obra
de la Divina Providencia
se consagre a dar a Cristo al pueblo
y al pueblo a Cristo.

5. María, Estrella luminosa de la mañana
puesta por Dios
sobre el horizonte de la humanidad,
extiende benigna tu manto sobre nosotros,
peregrinos en los caminos del tiempo
entre múltiples peligros y asechanzas,
e interviene en nuestro auxilio
ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.

 

 

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