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  ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR ALEKSANDER KWASNIEWSKI,
 PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE POLONIA*


M
artes 18 de mayo
de 2004

 

Ilustre señor presidente;
ilustres señores y señoras: 


Les doy mi cordial bienvenida. Nuestro encuentro tiene lugar en circunstancias particulares. En efecto, guarda relación con el 60° aniversario de la batalla de Montecassino. Todo polaco recuerda con orgullo aquel combate que, gracias al heroísmo del ejército a las órdenes del general Anders, abrió a los aliados el camino para la liberación de Italia y para la derrota de los invasores nazis. En el cementerio militar de Montecassino se encuentran tumbas sobre las cuales se pusieron cruces latinas y griegas, y también lápidas con la estrella de David. Allí descansan los héroes caídos, unidos por el ideal de luchar por "nuestra libertad y la vuestra", que incluye no sólo el amor a la propia patria, sino también la solicitud por la independencia política y espiritual de otras naciones.
Todos sintieron el deber de oponerse a toda costa no sólo al atropello físico de personas y naciones, sino también al intento de aniquilar sus tradiciones, sus culturas y su identidad espiritual.

Hablo de esto para recordar que, a lo largo de los siglos, el patrimonio cultural y espiritual de Europa se formó y se defendió incluso a costa de la vida de quienes confesaron a Cristo y de los que en su credo religioso se inspiran en Abraham. Recordar esto es necesario en el contexto de la formación de los fundamentos constitucionales de la Unión europea, en la que recientemente ha entrado también Polonia. La sangre de nuestros compatriotas derramada en Montecassino es hoy un fuerte argumento en la discusión sobre qué forma espiritual se ha de dar a Europa. Polonia no puede olvidarlo, y no puede dejar de recordarlo a quienes, en nombre de la laicidad de las sociedades democráticas, parecen olvidar la contribución del cristianismo a la edificación de su identidad.

Quiero expresar mi aprecio al señor presidente y a las autoridades de la República de Polonia, porque no escatiman esfuerzos para defender la presencia de los valores cristianos en la Constitución europea. Espero que estas iniciativas den un resultado positivo. De todo corazón se lo deseo a Polonia y a toda Europa.

Estoy informado sobre las dificultades políticas que se viven actualmente en Polonia. Espero que se superen pronto. Confío en que esto se logrará, de modo que todos, y especialmente los más pobres, las familias numerosas, los parados, los enfermos y los ancianos se sientan seguros en nuestra patria. Es una tarea difícil. Por eso, le deseo a usted, señor presidente, que tenga la fuerza y la valentía suficientes para orientar de modo oportuno, tanto en el ámbito del Estado polaco como en el de la Unión europea, los esfuerzos de todos los que asumen la responsabilidad de la construcción de Europa y del mundo de hoy.

A todos mis compatriotas les aseguro mi recuerdo en la oración y de corazón los bendigo.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.22 p.7.



© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana

 

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