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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL RABINO JEFE DE ROMA CON OCASIÓN
DEL CENTENARIO DEL TEMPLO MAYOR
Al ilustrísimo doctor
RICCARDO DI SEGNI
Rabino jefe de Roma
Shalom!
"Ved: qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos", "Hinneh ma
tov u-ma na'im, shevet akhim gam yakhad!" (Sal 132, 1).
1. Con íntima alegría me uno a la comunidad judía de Roma, que está de fiesta
por celebrar los cien años del Templo mayor, símbolo y recuerdo de la presencia
milenaria en esta ciudad del pueblo de la Alianza del Sinaí. Desde hace más de
dos mil años vuestra comunidad forma parte de la vida de la ciudad de Roma;
puede sentirse orgullosa de ser la comunidad judía más antigua de Europa
occidental y de haber desempeñado una función relevante en la difusión del
judaísmo en este continente. Por tanto, la conmemoración de hoy cobra un
significado particular para la vida religiosa, cultural y social de la capital,
y no puede menos de tener una resonancia muy especial también en el corazón del
Obispo de Roma. No pudiendo participar personalmente, he pedido que me
representara en esta celebración a mi vicario general para la diócesis de Roma,
el cardenal Camillo Ruini, que está acompañado por el presidente de la Comisión
de la Santa Sede para las relaciones religiosas con el judaísmo, el cardenal
Walter Kasper. Ellos expresan concretamente mi deseo de estar con vosotros en
este día.
A la vez que lo saludo cordialmente a usted, ilustre doctor Riccardo di Segni,
saludo con afecto a todos los miembros de la comunidad, a su presidente, el
ingeniero Leone Elio Paserman, y a cuantos se han reunido allí para testimoniar
una vez más la importancia y el vigor de la herencia religiosa que se celebra
cada sábado en el Templo mayor. Quiero dirigir un saludo en particular al gran
rabino emérito, profesor Elio Toaff, que con espíritu abierto y generoso me
recibió en la sinagoga con ocasión de mi visita del 13 de abril de 1986. Ese
acontecimiento sigue grabado en mi memoria y en mi corazón como símbolo de la
novedad que ha caracterizado, en los últimos decenios, las relaciones entre el
pueblo judío y la Iglesia católica, después de períodos a veces difíciles y
dolorosos.
2. La fiesta de hoy, a cuya alegría todos nos unimos de corazón, recuerda el
primer siglo de este majestuoso Templo mayor, que, en la armonía de sus líneas
arquitectónicas, se eleva a orillas del Tíber como testimonio de fe y de
alabanza al Omnipotente. La comunidad cristiana de Roma, por medio del Sucesor
de Pedro, participa con vosotros en la acción de gracias al Señor por este feliz
aniversario. Como dije en la mencionada visita, os saludamos como nuestros
"hermanos predilectos" en la fe de Abraham, nuestro patriarca, de Isaac y Jacob,
de Sara y Rebeca, de Raquel y Lía. Ya san Pablo, escribiendo a los Romanos (cf.
Rm 11, 16-18), hablaba de la raíz santa de Israel, en la que los paganos
son injertados en Cristo, "porque los dones y la llamada de Dios son
irrevocables" (Rm 11, 29), y vosotros seguís siendo el pueblo primogénito
de la Alianza (Liturgia del Viernes santo, Oración universal, Por los
judíos).
Vosotros sois ciudadanos de esta ciudad de Roma desde hace más de dos mil años,
antes incluso de que Pedro el pescador y Pablo encadenado llegaran aquí,
sostenidos interiormente por el soplo del Espíritu. No sólo las sagradas
Escrituras, que en gran parte compartimos, y no sólo la liturgia, sino también
antiquísimas expresiones artísticas testimonian el profundo vínculo de la
Iglesia con la sinagoga, gracias a la herencia espiritual que, sin dividirse ni
repudiarse, ha sido participada a los creyentes en Cristo, y constituye un
vínculo indivisible entre nosotros y vosotros, pueblo de la Torá de Moisés, buen
olivo en el que se ha injertado un nuevo ramo (cf. Rm 11, 17).
Durante el medioevo, también algunos de vuestros grandes pensadores, como Yehudá
Haleví y Moses Maimónides, trataron de descubrir de qué modo era posible adorar
juntos al Señor y servir a la humanidad sufriente, preparando así el camino de
la paz. El gran filósofo y teólogo, muy conocido por santo Tomás de Aquino,
Maimónides de Córdoba (1138-1204), de cuya muerte recordamos este año el octavo
centenario, expresó el deseo de que una mejor relación entre judíos y cristianos
condujera "al mundo entero a la adoración unánime de Dios, como está escrito:
"Yo entonces volveré puro el labio de los pueblos, para que invoquen todos el
nombre del Señor, y le sirvan bajo un mismo yugo" (So 3, 9)" (Mishneh
Torá, Hilkhót Melakhim XI, 4, ed. Jerusalén, Mossad Harav Kook).
3. Hemos recorrido juntos mucho camino desde aquel 13 de abril de 1986, cuando,
por primera vez, después del apóstol Pedro, os visitó el Obispo de Roma: fue el
abrazo de los hermanos que se habían reencontrado después de largo tiempo, en el
que no faltaron incomprensiones, rechazo y sufrimientos. La Iglesia católica,
con el concilio ecuménico Vaticano II, inaugurado por el beato Juan XXIII, en
particular después de la declaración
Nostra aetate (28 de octubre de
1965), os ha abierto sus brazos, recordando que "Jesús es judío y lo es para
siempre" (Comisión para las relaciones religiosas con el judaísmo, Notas y
sugerencias [1985]: III, 12). En el concilio Vaticano II, la Iglesia
reafirmó de modo claro y definitivo el rechazo del antisemitismo en todas sus
expresiones. Sin embargo, no basta la reprobación y condena, por lo demás
necesarias, de las hostilidades contra el pueblo judío que a menudo han
caracterizado la historia; es preciso también desarrollar la amistad, la estima
y las relaciones fraternas con él. Gracias a estas relaciones amistosas,
reforzadas y desarrolladas después del Concilio del siglo pasado, estamos unidos
en el recuerdo de todas las víctimas de la Shoah, especialmente de cuantos, en
octubre de 1943, fueron arrancados aquí de sus familias y de vuestra querida
comunidad judía romana para ser internados en Auschwitz. Ojalá que su recuerdo
sea una bendición y nos impulse a trabajar como hermanos.
Por lo demás, es un deber recordar a todos los cristianos que, bajo el impulso
de una bondad natural y de una rectitud de conciencia, sostenidos por la fe y la
enseñanza evangélica, reaccionaron con valentía, también en esta ciudad de Roma,
para auxiliar de forma concreta a los judíos perseguidos, ofreciendo solidaridad
y ayuda, a veces incluso con riesgo de su vida. Su recuerdo bendito permanece
vivo, junto con la certeza de que para ellos, como para todos los "justos de las
naciones", los tzaddiqim, está preparado un puesto en el mundo futuro,
tras la resurrección de los muertos. Tampoco se puede olvidar, además de las
declaraciones oficiales, la acción, a menudo oculta, de la Sede apostólica, que
de muchos modos ayudó a los judíos en peligro, como han reconocido también sus
representantes autorizados (cf. "Nosotros recordamos: una reflexión sobre la
Shoah", 16 de marzo de 1998).
4. Al recorrer, con la ayuda del cielo, este camino de fraternidad, la Iglesia
no ha dudado en "deplorar los errores de sus hijos y de sus hijas de cualquier
tiempo", y en un acto de arrepentimiento (teshuvá), ha pedido perdón por
su responsabilidad relacionada de algún modo con las heridas del antijudaísmo y
del antisemitismo (ib.). Durante el gran jubileo, invocamos la
misericordia de Dios, en la basílica consagrada a la memoria de san Pedro en
Roma, y en Jerusalén, la ciudad amada por todos los judíos, corazón de la Tierra
que es santa para todos nosotros. El Sucesor de Pedro subió como peregrino a los
montes de Judea, rindió homenaje a las víctimas de la Shoah en Yad Vashem, y oró
con vosotros en el monte Sión, al pie de aquel lugar santo.
Por desgracia, el pensamiento dirigido a la Tierra Santa suscita en nuestro
corazón preocupación y dolor por la violencia que sigue marcando aquella área y
por la excesiva sangre inocente derramada por israelíes y palestinos, que
oscurece el despuntar de una aurora de paz en la justicia. Por eso, queremos
dirigir hoy una ferviente oración al Eterno, con fe y esperanza, al Dios de
shalom, para que la enemistad no arrastre más al odio a quienes consideran a
Abraham como padre -judíos, cristianos y musulmanes- y ceda su lugar a la clara
conciencia de los vínculos que los unen y de la responsabilidad que tienen unos
y otros.
Debemos recorrer aún mucho camino: el Dios de la justicia y la paz, de la
misericordia y la reconciliación nos llama a colaborar sin vacilaciones en
nuestro mundo contemporáneo, desgarrado por enfrentamientos y enemistades. Si
sabemos unir nuestros corazones y nuestras manos para responder a la llamada
divina, la luz del Eterno se acercará para iluminar a todos los pueblos,
mostrándonos los caminos de la paz, de la shalom. Quisiéramos recorrerlos
con un solo corazón.
5. No sólo en Jerusalén y en la tierra de Israel, sino también aquí, en Roma,
juntos podemos hacer mucho: por quienes sufren cerca de nosotros a causa de la
marginación, por los inmigrantes y los extranjeros, por los débiles y los
indigentes. Compartiendo los valores en defensa de la vida y de la dignidad de
toda persona humana, podremos acrecentar de modo concreto nuestra cooperación
fraterna.
El encuentro de hoy es casi una preparación para vuestra inminente solemnidad de
Shavu'ót y para la nuestra de Pentecostés, que celebran la plenitud de
las respectivas fiestas de Pascua. En estas fiestas unámonos en la oración del
Hallel pascual de David:
"Hallelu et Adonay kol goim
shabbehuHu kol ha-ummim
ki gavar 'alenu khasdo
we-emet Adonay le-'olam"
"Laudate Dominum, omnes gentes,
collaudate eum, omnes populi.
Quoniam confirmata est
super nos misericordia eius,
et veritas Domini manet in aeternum"
Hallelu-Yah (Sal 117).
Vaticano, 22 de mayo de 2004
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