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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA PRESENTACI
ÓN DE LAS CARTAS CREDENCIALES
DE SIETE NUEVOS EMBAJADORES*


Jueves 27 de mayo
de 2004

 

Excelencias:

1. Me alegra acogeros con ocasión de la presentación de las cartas que os acreditan como embajadores extraordinarios y plenipotenciarios de vuestros países: Surinam, Sri Lanka, Malí, Yemen, Zambia, Nigeria y Túnez. Os doy las gracias por haberme transmitido las amables palabras de vuestros jefes de Estado, y os ruego que, al volver, les expreséis mis mejores deseos para sus personas y para su elevada misión al servicio de sus países. A través de vosotros, saludo también a los responsables de la sociedad civil y a las autoridades religiosas de vuestras naciones, así como a todos vuestros compatriotas. Aprovecho la ocasión de vuestra presencia en el Vaticano para enviar mis fervientes votos a la comunidad católica de vuestros respectivos países, y mis deseos cordiales a todos vuestros compatriotas.

2. De todos los continentes llegan continuamente informaciones inquietantes sobre la situación de los derechos del hombre, las cuales indican que algunas personas, hombres, mujeres y niños, son torturadas y profundamente heridas en su dignidad, en contra de la Declaración universal de derechos humanos (cf. artículo 5). Así, se hiere y ofende a toda la humanidad. Dado que todo hombre es hermano nuestro, no podemos callar ante estos abusos, que son intolerables. Corresponde a todos los hombres de buena voluntad, tanto los que ocupen cargos de responsabilidad como los simples ciudadanos, hacer todo lo posible para que se respete a todo ser humano.

3. Hoy, apelo a la conciencia de nuestros contemporáneos. En efecto, es preciso formar la conciencia de los hombres, a fin de que cesen para siempre las violencias insoportables que pesan sobre nuestros hermanos, y todos los hombres se movilicen en favor del respeto de los derechos más fundamentales de toda persona. No podremos vivir en paz y nuestro corazón no podrá estar en paz mientras todos los hombres no sean tratados dignamente. Es nuestro deber ser solidarios con todos. No podrá haber paz si no nos movilizamos todos, especialmente vosotros los diplomáticos, para que se respete a cada hombre del mundo. Sólo la paz permite esperar en el futuro. Por eso, vuestra misión consiste en estar al servicio de las relaciones fraternas entre las personas y entre los pueblos.

4.Así pues, formulo votos de paz para vuestros Gobiernos y para todos los habitantes de vuestros países, así como para toda la humanidad. En este momento en que comenzáis vuestra noble misión ante la Santa Sede, os expreso mis mejores deseos, invocando la abundancia de las bendiciones divinas sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros colaboradores y sobre las naciones que representáis.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 23 p.6 (p.294).

 

© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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