 |
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEXTO GRUPO DE OBISPOS DE
ESTADOS UNIDOS EN VISITA "AD LIMINA"
Viernes 28 de mayo de 2004
Queridos hermanos en el episcopado:
1. Con alegría y afecto fraterno os doy la bienvenida a vosotros, obispos de
las provincias eclesiásticas de Indianápolis, Chicago y Milwaukee, con
ocasión de vuestra visita quinquenal ad limina Apostolorum. Ojalá que
estos días de reflexión y oración en el centro de la Iglesia os confirmen en
vuestro testimonio de Jesucristo, "el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13,
8), y en "la palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y
daros la herencia con todos los santificados" (Hch 20, 32).
Continuando mis reflexiones con vosotros y con vuestros hermanos en el
episcopado sobre el ejercicio del oficio episcopal, deseo pasar ahora de la
misión de santificación encomendada a los sucesores de los Apóstoles a la
misión profética que cumplen como "predicadores del Evangelio y maestros de
la fe" (Lumen gentium, 25) en la comunión de todo el pueblo de Dios. En
efecto, existe una relación intrínseca entre santidad y testimonio
cristiano. Al volver a nacer en el bautismo, "todos los fieles quedan
constituidos en sacerdocio santo y regio, ofrecen a Dios, por medio de
Jesucristo, sacrificios espirituales y anuncian el poder de Aquel que los llamó
de las tinieblas a su luz maravillosa" (Presbyterorum ordinis, 2; cf.
1 P 2, 9). Todo cristiano, para cumplir esta misión profética, ha asumido la
responsabilidad personal de la verdad divina revelada en el Verbo
encarnado, transmitida por la Tradición viva de la Iglesia y manifestada en el
compromiso de los creyentes de anunciar la fe y transformar el mundo con la luz
y la fuerza del Evangelio (cf.
Redemptor hominis, 19).
2. Esta "responsabilidad de la verdad" exige de la Iglesia un testimonio
directo y creíble del depósito de la fe. Requiere una correcta comprensión
del acto mismo de fe como asentimiento lleno de gracia a la palabra de Dios
que ilumina la mente y capacita al espíritu para elevarse a la contemplación de
la verdad increada, "para que, conociendo y amando a Dios, pueda alcanzar
también la plena verdad sobre sí mismo" (Fides et ratio, Introducción).
Un anuncio eficaz del Evangelio en la sociedad occidental contemporánea debe
afrontar directamente el espíritu generalizado de agnosticismo y de relativismo
que ha puesto en duda la capacidad de la razón de conocer la verdad, que es la
única que satisface la incansable búsqueda de sentido del corazón humano. Al
mismo tiempo, debe defender firmemente a la Iglesia, que es, en Cristo, el
auténtico ministro del Evangelio y "columna y fundamento" de su verdad
salvadora (cf. 1 Tm 3, 15;
Lumen gentium, 8).
Por esta razón, la nueva evangelización requiere una presentación clara de la fe
como virtud sobrenatural por la cual nos unimos a Dios y participamos
en su conocimiento, en respuesta a su palabra revelada. La presentación de
una comprensión auténticamente bíblica del acto de fe, que destaque tanto la
dimensión de conocimiento como la de confianza, ayudará a superar enfoques
puramente subjetivos y facilitará un aprecio más profundo del papel de la
Iglesia, proponiendo autorizadamente "la fe que hay que creer y que hay que
llevar a la práctica" (cf.
Lumen gentium, 25). Un elemento esencial del
diálogo de la Iglesia con la sociedad contemporánea debe ser también una
correcta presentación, en la catequesis y en la predicación, de la relación
entre la fe y la razón. Esto llevará a una comprensión más fecunda
de las dinámicas espirituales de la conversión, como la obediencia a la
palabra de Dios, la disponibilidad a "tener los mismos sentimientos que Cristo"
(Flp 2, 5), y la sensibilidad al sensus fidei sobrenatural, por el
que "el pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio al que obedece con
fidelidad, se adhiere indefectiblemente "a la fe transmitida a los santos de una
vez para siempre"" (Lumen gentium 12).
3. La palabra de Dios no debe estar encadenada (cf. 2 Tm 2, 9); al
contrario, debe resonar en el mundo en toda su verdad liberadora como palabra de
gracia y de salvación. Si en verdad "Cristo, el nuevo Adán, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación"
(Gaudium et spes, 22), todos los esfuerzos de la Iglesia deben centrarse
y dirigirse a este único objetivo: dar a conocer a Cristo por doquier y hacerlo
amar como "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 5). Esto requerirá
una profunda renovación del sentido misionero y profético de todo el pueblo de
Dios, y la movilización consciente de los recursos de la Iglesia con vistas
a una evangelización que permita a los cristianos dar razón de su esperanza (cf.
1 P 3, 15) y a toda la Iglesia hablar valientemente y con una única
voz al afrontar las grandes cuestiones morales y espirituales que interpelan
a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
La Iglesia en Estados Unidos, con su impresionante red de instituciones
educativas y caritativas, debe afrontar el desafío de una evangelización de
la cultura capaz de sacar de la sabiduría del Evangelio "lo nuevo y lo
viejo" (Mt 13, 52). Está llamada a responder a las profundas necesidades
y aspiraciones religiosas de una sociedad que corre cada vez más el peligro de
olvidar sus raíces espirituales y caer en una visión del mundo puramente
materialista y sin alma. Sin embargo, afrontar este desafío requerirá una
lectura realista y completa de los "signos de los tiempos", a fin de desarrollar
una presentación persuasiva de la fe católica y preparar a los jóvenes
especialmente para el diálogo con sus coetáneos sobre el mensaje cristiano y su
importancia para la construcción de un mundo más justo, humano y pacífico. Esta
es, sobre todo, la hora de los fieles laicos, quienes, con su específica
vocación a configurar el mundo secular de acuerdo con el Evangelio, están
llamados a cumplir la misión profética de la Iglesia, evangelizando los diversos
ámbitos de la vida familiar, social, profesional y cultural (cf.
Ecclesia in
America, 44).
4. En estas reflexiones sobre la misión profética de la Iglesia, no puedo menos
de expresar mi aprecio por los esfuerzos que los obispos norteamericanos han
hecho desde el concilio Vaticano II, tanto de manera individual como en la
Conferencia episcopal, para contribuir a un debate informado y respetuoso sobre
importantes cuestiones que afectan a la vida de vuestra nación. De este
modo, la luz del Evangelio ha iluminado cuestiones sociales controvertidas, como
el respeto de la vida humana, los problemas referentes a la justicia y la paz,
la inmigración, la defensa de los valores familiares y la santidad del
matrimonio. Este testimonio profético, dado con argumentos tomados no sólo de
las convicciones religiosas que los católicos comparten con muchos otros
norteamericanos, sino también de los principios de la recta razón y del derecho,
es un significativo servicio al bien común en una democracia como la
vuestra.
Queridos hermanos en el episcopado, en el ejercicio diario de vuestro ministerio
de enseñar, os animo a procurar que la espiritualidad de comunión y misión
encuentre expresión en un compromiso sincero de cada creyente y de todas las
instituciones de la Iglesia en el anuncio del Evangelio como "la única
respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a
cada hombre y a cada sociedad" (Christifideles laici, 34). La profesión
de la religión católica exige de cada uno de los fieles un testimonio efectivo
de la verdad del Evangelio y de los requisitos objetivos de la ley moral. Al
esforzaros por cumplir vuestra misión apostólica de "proclamar la Palabra,
insistir a tiempo y a destiempo, reprender y exhortar" (2 Tm 4, 2), estad
cada vez más unidos en espíritu, trabajando incansablemente para que los
miembros de la grey encomendada a vuestra solicitud pastoral sean testigos de
esperanza, heraldos del reino de Dios y constructores de la civilización del
amor, que responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano.
Con estos sentimientos, os encomiendo a vosotros, a todos los sacerdotes, a los
religiosos y a los fieles laicos de vuestras Iglesias particulares, a la
intercesión amorosa de la santísima Virgen María, y de corazón os imparto mi
bendición apostólica como prenda de alegría y paz en el Señor.
|