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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II A LA FAMILIA MONÁSTICA DE BELÉN, DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN
Y DE SAN BRUNO
Lunes 31 de
mayo de 2004
Queridas religiosas de la Familia monástica de Belén, de la Asunción de la
Virgen y de San Bruno:
Me alegra acogeros con ocasión de vuestro capítulo general. Saludo en particular
a la madre Issabelle, vuestra priora, así como a los miembros del consejo
general. Asimismo, doy una cordial bienvenida a los miembros del consejo de la
rama masculina de vuestra familia monástica, presentes aquí también con
vosotras. En este tiempo de Pentecostés, deseo que el Espíritu os fortalezca en
vuestra misión específica y os ilumine en las decisiones que tendréis que tomar.
Al reavivar vuestra sed de sacar de la fuente de vuestro carisma fundacional, el
Soplo de Dios os permitirá entrar en una intimidad cada vez mayor con Cristo,
fuente de la eficacia de vuestro testimonio e impulso de vuestra caridad
fraterna.
A través de una humilde y audaz fidelidad, en el silencio que caracteriza
vuestra vida oculta, os sostiene la oración de la Virgen María. Con vuestra vida
contemplativa, eleváis el mundo a Dios y recordáis a los hombres de nuestro
tiempo la importancia del silencio y de la oración en la existencia.
Que san Bruno, centinela infatigable del Reino que viene, os obtenga la gracia
de permanecer vigilantes en la oración, manteniendo "una guardia santa y
perseverante, mientras esperamos la venida del Maestro, para abrirle cuando
llame" (cf. Carta a Raúl, n. 4). Invito sobre todo a vuestra familia
monástica, que lleva en su título el nombre de Belén, lugar de nacimiento del
Emmanuel, a intensificar su oración por Oriente Próximo, pidiendo al Señor que
conceda la gracia de la paz y de la reconciliación a todos los habitantes de
esta región atormentada por la violencia.
De todo corazón, os imparto de buen grado una afectuosa bendición apostólica,
que extiendo a todas las religiosas de vuestra familia monástica, a los miembros
de la rama masculina y a todas las personas cercanas a vosotras.
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