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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL CAP
ÍTULO GENERAL
DE LOS AGUSTINOS RECOLETOS

Viernes 5 de noviembre de 2004

 

1. Me es grato recibiros cordialmente, Presidente y demás participantes en el Capítulo General de los Agustinos Recoletos, representantes de las diversas Provincias de la Orden. Deseo expresaros el agradecimiento de la Iglesia por el testimonio de vida como consagrados y por la actividad apostólica llevada a cabo en los 18 Países de tres continentes donde estáis presentes.

El Capítulo es un momento decisivo para la vida de la Orden, pues debe asegurar la fidelidad al propio patrimonio espiritual de manera creativa, para que brille más en nuestros tiempos el tesoro de vuestra espiritualidad y misión específicas. Es también expresión eminente de la unidad que debe reinar entre todos los religiosos en torno a una misma vocación y misión en la Iglesia. Os invito, pues, a vivir en este clima de unidad y caridad fraterna, para dar ejemplo a todas las demás Comunidades y ser testimonio en la Iglesia y ante la humanidad de la riqueza espiritual que el Espíritu ha derramado sobre vosotros "para provecho común" (1 Co 12, 7).

2. Os exhorto a tener muy en cuenta en vuestras reflexiones y deliberaciones la clave que he indicado para todo programa apostólico y espiritual: "caminar desde Cristo"; "este programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio" (Novo millennio ineunte, 29). Lo comprendéis bien por la propia consagración religiosa, que os asocia al sacrificio de Cristo de una manera particular. La vida espiritual profunda, tan vinculada en vuestra tradición a la observancia y la contemplación, a la interioridad y búsqueda incansable de Dios, es siempre el punto de partida de la auténtica renovación y el alma de toda iniciativa apostólica.

Nada puede sustituir a esta íntima vivencia de la fe para cumplir vuestra vocación de ser profetas del Reino de Dios. En efecto, "lo que puede conmover a las personas de nuestro tiempo [...], es precisamente la cualidad espiritual de la vida consagrada, que se transforma así en fascinante testimonio" (Vita consecrata, 93). Lo es también en los comienzos del tercer milenio, haciendo claridad en la confusión que puede ocasionar un mundo cada vez más globalizado, irradiando paz y esperanza en tantas situaciones convulsas, manifestando la belleza inefable de Dios ante la carencia de valores supremos y dando muestras de su amor por cada ser humano, creado a su imagen, aunque tantas veces desfigurado y sometido a una mentalidad destructora, insolidaria y excluyente. Reflejando en vuestro ser y actuar a Quien es "luz del mundo" (Jn 8, 12), serviréis a la Iglesia y a la humanidad, que siempre tiene hambre de Dios.

3. El progreso en la vida sobrenatural, cimentado en la oración asidua y la participación en los sacramentos, es una premisa fundamental para una acción apostólica fructuosa. En particular la Eucaristía, que es presencia real de Cristo mismo en la historia humana. Es también "fuente y epifanía" de esa comunión fraterna (cf. Mane nobiscum Domine, 21) que debe reinar en vuestras comunidades y ser un mensaje viviente de concordia en un mundo dominado frecuentemente por la rivalidad y el conflicto.

Habéis percibido en el seno de la Orden, como una novedad, la presencia de comunidades en países muy diversos y el progresivo aumento de religiosos provenientes de distintas nacionalidades. Es ciertamente un reto, pero también una estupenda oportunidad para ahondar en las raíces del sentido comunitario, que no se basa en afinidades humanas, sino que se inspira en el misterio de la Trinidad.

En este sentido, la vida compartida fraternamente en las comunidades es como un ensayo continuo de una comunión que, desde lo alto, sabe conjugar armoniosamente la diversidad de caracteres personales y de las tradiciones propias de cada país. Es la comunión de quien se alimenta del mismo Pan, permanece unido por el deseo incansable de buscar a Dios y se aglutina en el compromiso de servir incondicionalmente al Evangelio. En efecto, Cristo, al ser la "verdad completa" (Jn 16, 13), contiene toda la variedad de formas en que su luz se refleja en la multiplicidad de la realidad humana.

4. Ruego al Espíritu Santo que os infunda abundantemente sus dones, para que en los trabajos capitulares podáis discernir lo que Él mismo "sugiere a las distintas comunidades" (Tertio millennio adveniente, n. 23), os dé fortaleza para afrontar los desafíos, presentes y venideros, y constancia en vuestra abnegada entrega apostólica, que la Iglesia aprecia, agradece y os sigue pidiendo.

Al cumplirse hace poco más de 75 años de la solemne consagración de la Orden a la Santísima Virgen María, pongo en sus manos el desarrollo del Capítulo y el progreso espiritual de todos vuestros Hermanos de hábito, a la vez que os bendigo a todos de corazón.

 

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