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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL X CONSEJO ORDINARIO DE LA SECRETARÍA GENERAL
DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS


Martes 16 de noviembre de 2004

 

Venerados hermanos en el episcopado: 

1. En la alegría compartida de este encuentro os dirijo a todos y a cada uno mi saludo, que brota de lo más íntimo del  corazón  por la renovada experiencia de  comunión en el orden episcopal y en la solicitud por todas las Iglesias (cf. 2 Co 11, 28). Recibid mi abrazo de paz y fraternidad, con el espíritu de comunión, que nos hace sentir un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4, 32). En particular, saludo al secretario general, el arzobispo monseñor Eterovic, y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido.

Como miembros del X Consejo ordinario de la Secretaría general del Sínodo de los obispos seguís viviendo y trabajando con el espíritu original del Sínodo de los obispos, que es la comunión.
Cuando el Papa Pablo VI, de venerada memoria,  en  1965 instituyó este próvido organismo, la Iglesia estaba todavía inmersa en el clima del concilio Vaticano II, en el que iba renaciendo con intensidad interior y persuasiva la doctrina y la espiritualidad de comunión.

2. La próxima XI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, que desde hace tiempo estáis preparando con esmero, afrontará un tema crucial para la Iglesia:  la Eucaristía. En efecto, la formulación del tema sinodal es precisamente:  "La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia". La Iglesia recibe de la Eucaristía la energía vital para su presencia y su acción en la historia de los hombres.

En la Eucaristía se encuentra la prefiguración ejemplar de la comunión entre los fieles y sus pastores, y de la colegialidad entre los pastores de las Iglesias particulares y el Pastor de la Iglesia universal. Ciertamente, la Eucaristía dará espíritu y forma a este carácter primordial, irrenunciable y difusivo de la Iglesia, cuerpo orgánicamente compacto, que crece hasta la madurez de Cristo (cf. Ef 4, 13. 16).

El próximo Sínodo brindará una vez más la ocasión propicia para que en la Iglesia se confirme la fe en el adorable misterio de la Eucaristía, se renueve la comunión colegial y jerárquica, y se promueva la caridad fraterna.

3. Amados hermanos, la fase de preparación próxima de la XI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos no sólo coincide cronológicamente con el Año dedicado a la Eucaristía. Se trata de un caso especial de reciprocidad entre la Iglesia universal y el Sínodo mismo. En este año, la Iglesia y el Sínodo convergen en un único término:  el Señor Jesús, presente, vivo y vivificante en el sacramento de la Eucaristía.
 
La encíclica Ecclesia de Eucharistia y la carta apostólica Mane nobiscum Domine han sido confiadas a la Iglesia para que la doctrina y la práctica eucarística encuentren en todas partes los corazones dispuestos a la comunión con el Señor y con los hermanos según el mandato de la caridad. La tarea principal de los pastores de la Iglesia consiste en ser maestros auténticos de la comunión (cf. Pastores gregis, 22 y 24), para que toda la grey del Señor crezca en la unidad de un solo cuerpo (cf. Ef 4, 3 ss), se ensanchen los espacios de la caridad pastoral (cf. san Agustín, PL 5, 440), y la colegialidad y la comunión jerárquica florezcan como frutos santos del Espíritu (cf. Ga 5, 22).

Quiera Dios que la Iglesia, renovada a través del redescubrimiento del don y del misterio de la Eucaristía, extienda esta inagotable riqueza de vida a las personas cercanas y lejanas mediante una obra urgente de nueva evangelización.

Sobre estos propósitos, y especialmente sobre la preparación del Sínodo, invoco con vosotros la protección de la santísima Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, del apóstol san Pedro y de todos los santos pastores, a la vez que os imparto de corazón la bendición apostólica a vosotros y a vuestras amadas Iglesias particulares.

      

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