DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA
INTERNACIONAL DE LOS RESPONSABLES DE LAS ADMINISTRACIONES PENITENCIARIAS*
Viernes 26 de noviembre de 2004
Ilustres señores y gentiles señoras:
1. Con verdadero placer os acojo hoy a vosotros, que participáis en Roma en la
Conferencia de los responsables de las Administraciones penitenciarias de los
cuarenta y cinco Estados pertenecientes al Consejo de Europa. Gracias por
vuestra grata visita, que me ofrece la ocasión de conocer mejor vuestra
actividad y vuestros proyectos. Estáis afrontando temas muy actuales, que
conciernen a la gestión de los reclusos y de las estructuras carcelarias de
Europa.
Os saludo a todos con deferencia. De modo especial, saludo al director general
de Asuntos legales del Consejo de Europa y al jefe del Departamento de la
Administración penitenciaria italiana, a los que expreso mi viva gratitud por
las palabras que han tenido la amabilidad de dirigirme en nombre de
los presentes.
2. Estáis reflexionando sobre cómo hacer que las normas penitenciarias de Europa
sean cada vez más conformes a las exigencias de los presos. Al respecto, no cabe
duda de que al recluso se le debe reconocer siempre la dignidad de persona, como
sujeto de derechos y deberes. En cada nación civilizada la tutela de los
derechos inalienables de todo ser humano debe ser una preocupación común. Por
tanto, con el compromiso de todos se deberán corregir las leyes y normas que los
obstaculicen, especialmente cuando se trate del derecho a la vida y a la salud,
del derecho a la cultura, al trabajo, al ejercicio de la libertad de pensamiento
y a la profesión de su fe.
El respeto de la dignidad humana es un valor de la cultura europea, que hunde
sus raíces en el cristianismo; un valor humano universal y, como tal,
susceptible del mayor consenso. Cada Estado debe preocuparse de que en todas las
cárceles se garantice plena atención a los derechos fundamentales del hombre.
3. Medidas simplemente represivas o punitivas, a las que hoy se recurre
normalmente, resultan inadecuadas para la consecución de objetivos de auténtica
recuperación de los detenidos. Por consiguiente, es necesario reflexionar, como
estáis haciendo, sobre la situación carcelaria en sus mismos fundamentos y en
sus finalidades.
Dado que el objetivo de las instituciones penitenciarias no es sólo la custodia
de los detenidos, sino también su recuperación, es preciso abolir el trato
físico y moral que lesione la dignidad humana y tratar de promover una mayor
cualificación profesional de las personas que trabajan dentro de esas
instituciones.
4. Desde esta perspectiva, se debe promover la búsqueda de castigos alternativos
a la cárcel, sosteniendo las iniciativas de auténtica reinserción de los
detenidos mediante programas de formación humana, profesional y espiritual.
En este contexto es de reconocida utilidad la misión de los ministros de culto.
Están llamados a realizar una tarea delicada, y en ciertos aspectos
insustituible, que no se reduce sólo a los actos de culto, sino que a menudo se
extiende a las exigencias sociales de los reclusos que la institución
penitenciaria no siempre está en condiciones de satisfacer.
Por lo demás, ¿cómo no reconocer con placer que van aumentando las instituciones
y las asociaciones de voluntariado dedicadas a la asistencia de los detenidos y
a su reinserción en la sociedad?
5. Una legítima preocupación, que algunos manifiestan, es que el respeto a la
dignidad humana de los detenidos no vaya en detrimento de la tutela de la
sociedad. Por eso se insiste en la necesidad de defender a los ciudadanos,
incluso con las formas de disuasión que constituyen unos castigos ejemplares.
Pero la aplicación necesaria de la justicia para defender a los ciudadanos y el
orden público no ha de impedir la debida atención a los derechos de los
detenidos y a la recuperación de sus personas; al contrario, se trata de dos
aspectos que se integran. Prevención y represión, detención y reinserción son
intervenciones complementarias entre sí.
Ilustres señores y amables señoras, Dios sostenga vuestros esfuerzos para hacer
de la cárcel un lugar de humanidad, de redención y de esperanza. Os aseguro mi
oración e invoco la bendición de Dios sobre vosotros, aquí presentes, y sobre
cuantos prestan su servicio en las instituciones penitenciarias europeas, con un
recuerdo particularmente afectuoso para todos los detenidos.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n°49 p.5.
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