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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL SEÑOR JOÃO ALBERTO BACELAR DA ROCHA
 NUEVO EMBAJADOR DE PORTUGAL ANTE LA SANTA SEDE
*

Martes 21 de septiembre de 2004

 

Señor embajador:

Le doy la bienvenida al Vaticano, donde tengo la alegría de acogerlo con ocasión de la presentación de las cartas credenciales que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Portugal ante la Santa Sede. Le agradezco los saludos que me ha transmitido de parte del señor presidente Jorge Sampaio y del pueblo portugués; sus palabras me han traído a la mente los días de mis visitas pastorales a su tierra, en particular al santuario de Fátima, cuando pude constatar personalmente las raíces cristianas de esa nación bendecida y protegida por Nuestra Señora. Le agradecería, excelencia, que tenga la bondad de transmitir al señor presidente de la República mis mejores votos de bienestar y prosperidad para todo el país y la certeza de mis súplicas al Altísimo a fin de que siga inspirando sentimientos de entendimiento mutuo y de fraternidad que permitan la edificación de la patria como casa y obra de todos.

Es de todos conocido el panorama sociopolítico mundial de este inicio de milenio; la acentuación de las diferencias regionales, tanto culturales como económicas; la preocupación por la salvaguardia de la paz ante la creciente acción de grupos extremistas que "han obstaculizado cada vez más el proceso del diálogo y la negociación" (Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz de 2004, n. 8:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de diciembre de 2003, p. 6); la frecuencia de catástrofes naturales y de otros tipos, mucho más graves, que asolan poblaciones enteras, como son el hambre y las enfermedades endémicas, a veces incontrolables; la escandalosa brecha entre ricos y pobres, y la consiguiente violación de los derechos humanos, son, entre otros, motivo de seria preocupación para todo gobernante, consciente de la influencia globalizante de sus propias decisiones.

Señor embajador, su país es consciente de los esfuerzos de la Santa Sede encaminados a humanizar la globalización y a captar la influencia benéfica del progreso científico y tecnológico con vistas a un bienestar mayor de todos los pueblos y naciones. Por eso, las autoridades del Gobierno portugués no han dudado en reconocer y difundir sus convicciones cristianas al colaborar en la preparación de una Constitución europea. Deseo aprovechar esta ocasión para expresar mi gratitud por la acción llevada a cabo por su Gobierno para poner de relieve la identidad cristiana de Europa y hago votos para que las convicciones que de ella derivan se puedan afirmar tanto en el ámbito nacional como en el internacional.

En este sentido, la firma del nuevo Concordato entre la Santa Sede y Portugal no es más que la expresión viva de un consenso madurado para reforzar la presencia de esta "alma" cristiana fundada en las "profundas relaciones históricas entre la Iglesia católica y Portugal, teniendo en cuenta las mutuas responsabilidades que vinculan a las partes, en el ámbito de la libertad religiosa, a continuar su servicio al bien común y a colaborar en la construcción de una sociedad que promueva la dignidad de la persona humana, la justicia y la paz" (cf. Preámbulo). Que la Providencia, como en otro tiempo, impulse a revivir el pasado con nuevos gestos audaces, haciendo que llegue la hora de una nueva evangelización, que a todos corresponde descubrir. Deseo un Portugal activo y valiente, siempre abierto a los nuevos desafíos de nuestra sociedad, y consciente de que el Todopoderoso no dejará con las manos vacías a los que se empeñan en confiar en sus designios.

Entretanto, esos desafíos se podrán valorar y presentar mejor a la opinión pública de la comunidad internacional si forman parte de una lógica de desarrollo, en la que las fuerzas vitales de la sociedad local constituyan su fuerza propulsora: hacer participar a los ciudadanos en los proyectos de la sociedad, suscitar en ellos confianza hacia los que los gobiernan y hacia la nación de la que son miembros, son las bases en las que se apoya la vida armónica de las sociedades humanas. La Iglesia, fiel a su misión religiosa y humanitaria, procura desempeñar la función de fermento de unidad, y quisiera que el Evangelio vivificara cada vez más el germen cultural que está en la base de una nación.

Sé que a esta tarea se dedican los pastores y los fieles católicos de su madre patria, cuna de numerosos santos y beatos portugueses, como usted, señor embajador, ha reconocido, destacando el servicio a la fe de ese pueblo generoso y fiel. Aprovecho la ocasión para dirigir, a través de su excelencia, mi saludo fraterno a todos sus compatriotas miembros de la Iglesia católica, cuya aspiración profundamente sentida es cooperar de modo armonioso y efectivo con sus conciudadanos en la construcción de una nación solidaria y fraterna.

Señor embajador, en este momento en que inicia oficialmente su mandato, le expreso mis mejores deseos de éxito en su noble misión, asegurándole que podrá contar siempre con la solícita atención de mis colaboradores en todo lo que pueda contribuir al fructuoso desempeño de su cargo. Por último, reiterando todo mi afecto al pueblo de Portugal y mi deferente saludo a sus gobernantes, invoco sobre su excelencia, sobre sus familiares y colaboradores, así como sobre la nación entera, la ayuda de Dios y la abundancia de sus bendiciones.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 40 p.7.

 

© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana

 

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