 |
MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL GRUPO DE ESTUDIO DE LA ACADEMIA PONTIFICIA DE CIENCIAS
Distinguidos señores y señoras:
1. Os dirijo a todos un cordial saludo y expreso mi aprecio a la Academia
pontificia de ciencias, siempre dedicada a su tarea tradicional de estudio y
reflexión sobre las delicadas cuestiones científicas que afronta la sociedad
contemporánea.
La Academia pontificia ha querido dedicar esta sesión del grupo de estudio, como
había hecho en dos ocasiones anteriores durante la década de 1980, a un tema de
particular complejidad e importancia: el de los "signos de la muerte", en el
contexto de la práctica de los trasplantes de órganos de personas fallecidas.
2. Sabéis que el magisterio de la Iglesia ha seguido desde el principio, con un
interés constante e informado, el desarrollo de la práctica quirúrgica del
trasplante de órganos, destinada a salvar vidas humanas de la muerte inminente y
permitir a los enfermos seguir viviendo algunos años más.
Desde el tiempo de mi venerado predecesor Pío XII, durante cuyo pontificado
comenzó la práctica quirúrgica del trasplante de órganos, el magisterio de la
Iglesia ha dado continuamente su contribución en este campo.
Por una parte, la Iglesia ha estimulado la donación gratuita de órganos y, por
otra, ha puesto de relieve las condiciones éticas para esa donación, ponderando
la obligación de defender la vida y la dignidad tanto del donante como del
beneficiario; también ha señalado los deberes de los especialistas que
intervienen en este procedimiento del trasplante de órganos. Se trata de
favorecer un complejo servicio a la vida, armonizando el progreso técnico con el
rigor ético, humanizando las relaciones interpersonales e informando
correctamente al público.
3. Teniendo en cuenta el progreso constante de los conocimientos científicos
experimentales, todos los que efectúan trasplantes de órganos tienen necesidad
de proseguir una investigación permanente en el ámbito científico y técnico,
para asegurar al máximo el éxito de la operación, alargando la vida del paciente
el mayor tiempo posible. Asimismo, hace falta un diálogo constante con expertos
en disciplinas antropológicas y éticas, para garantizar el respeto a la vida y a
la persona humana, así como para proporcionar a los legisladores los datos
necesarios a fin de establecer normas rigurosas en este campo.
Desde esta perspectiva, habéis elegido abordar una vez más, mediante un serio
estudio interdisciplinar, la cuestión particular de los "signos de la muerte",
gracias a los cuales se puede establecer con certeza moral la muerte clínica de
una persona, a fin de proceder a la extracción de los órganos para el
trasplante.
4. Dentro del horizonte de la antropología cristiana es bien sabido que el
momento de la muerte de toda persona consiste en la pérdida definitiva de su
unidad constitutiva corpóreo-espiritual. En efecto, cada ser humano está vivo
precisamente en la medida en que es "corpore et anima unus" (Gaudium
et spes, 14), y sigue vivo mientras subsiste esta unitotalidad-sustancial. A
la luz de esta verdad antropológica resulta claro, como ya observé en otra
ocasión, que "la muerte de la persona, entendida en este sentido primario, es un
acontecimiento que ninguna técnica científica o método empírico puede
identificar directamente" (Discurso al XVIII congreso internacional de la
Sociedad de trasplantes, 29 de agosto de 2000, n. 4: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 1 de septiembre de 2000, p. 6).
Sin embargo, desde el punto de vista clínico, el único modo correcto, y también
el único posible, de afrontar el problema de la determinación de la muerte de un
ser humano consiste en esforzarse por identificar los "signos de la muerte"
adecuados, que se conocen por su manifestación corporal en cada persona.
Evidentemente, se trata de un tema de fundamental importancia, con respecto al
cual se debe escuchar, en primer lugar, la posición de la ciencia, atenta y
rigurosa, como enseñó Pío XII cuando declaró que "corresponde al médico dar una
definición clara y precisa de "la muerte" y del "momento de la muerte" de un
paciente que expira en estado de inconsciencia" (Discurso a un grupo de
médicos sobre el problema de la reanimación, 24 de noviembre de 1957:
AAS 49 [1957] 1031).
5. Partiendo de los datos proporcionados por la ciencia, las consideraciones
antropológicas y la reflexión ética tienen el deber de hacer un análisis
igualmente riguroso, escuchando atentamente el magisterio de la Iglesia.
Deseo aseguraros que vuestros esfuerzos son laudables y que, ciertamente,
servirán mucho a los dicasterios competentes de la Sede apostólica,
especialmente a la Congregación para la doctrina de la fe, que ponderarán los
resultados de vuestra reflexión y ofrecerán luego las aclaraciones necesarias
para el bien de la comunidad, en particular de los pacientes y de los
especialistas que están llamados a dedicar su competencia profesional al
servicio de la vida.
A la vez que os exhorto a perseverar en este compromiso común de buscar el bien
genuino del hombre, imploro del Señor sobre vosotros y sobre vuestra
investigación, abundantes dones de luz en prenda de los cuales os imparto a
todos con afecto mi bendición.
Vaticano, 1 de febrero de 2005
Copyright © Libreria
Editrice Vaticana
|