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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DEL
CONSEJO PONTIFICO PARA LA PASTORAL DE LA SALUD
Viernes 21 de
enero de 2005
Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y en
el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:
1. Os dirijo mi saludo cordial. Saludo con particular agradecimiento al cardenal
Javier Lozano Barragán, que se ha hecho intérprete de los sentimientos comunes.
Vuestra asamblea plenaria coincide con la celebración del
vigésimo aniversario de la fundación del Consejo pontificio para la pastoral de
los agentes sanitarios, instituido en 1985 con el motu proprio Dolentium
hominum. Por tanto, esta es una ocasión muy propicia para dar gracias al
Señor por el bien realizado durante estos años por el Consejo pontificio al
servicio de la difusión del evangelio de la esperanza cristiana en el
vasto mundo de los que sufren y de quienes están llamados a asistir a los que
sufren.
2. Además, este momento es para vosotros un estímulo eficaz para
un renovado compromiso de poner en práctica vuestros programas para "difundir,
explicar y defender las enseñanzas de la Iglesia en materia de sanidad y
favorecer su penetración en la práctica sanitaria", como afirma el motu proprio
Dolentium hominum (n. 6). En efecto, corresponde al dicasterio la tarea
de orientar, sostener y animar lo que en este campo promueven las
Conferencias episcopales, las organizaciones e instituciones católicas de los
profesionales de la medicina y de la promoción de la salud.
A este respecto, es consolador pensar en toda la obra pastoral
que el dicasterio puede realizar con una animación armoniosa y específica,
en colaboración con las Conferencias episcopales y los organismos católicos,
"para difundir una información ético-religiosa cada vez mejor de los agentes
sanitarios cristianos en el mundo, teniendo en cuenta las diferentes situaciones
y los problemas específicos que deben afrontar en el desempeño de su profesión
(...) para salvaguardar valores y derechos esenciales relacionados con la
dignidad y el destino supremo de la persona humana" (Dolentium hominum,
5).
La Iglesia, en su acción pastoral, está llamada a afrontar
los interrogantes más delicados e ineludibles que surgen en el corazón
humano ante el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. La fe en Cristo muerto y
resucitado puede brindar a esos interrogantes el consuelo de la esperanza que no
defrauda.
El mundo actual, que a menudo no posee la luz de esta esperanza,
sugiere soluciones de muerte. De aquí la urgencia de promover una nueva
evangelización y un fuerte testimonio de fe activa en estas amplias áreas
secularizadas.
3. Por tanto, el Consejo pontificio hace bien en centrar sus
reflexiones y sus programas en la santificación del momento de la enfermedad
y en el papel especial que desempeña el enfermo en la Iglesia y en la
familia en virtud de la presencia viva de Cristo en toda persona que sufre.
Desde este punto de vista, el Año dedicado a la Eucaristía se presenta como una
ocasión oportuna para un compromiso pastoral más intenso en la administración
tanto del viático como de la unción de los enfermos. Al configurar plenamente al
enfermo con Cristo muerto y resucitado, estos sacramentos permiten al enfermo
mismo y a la comunidad de los creyentes experimentar el consuelo que viene de la
esperanza sobrenatural.
El enfermo, iluminado oportunamente por la palabra del sacerdote
y de quien le ayuda, puede descubrir con alegría la misión particular que
se le ha confiado en la Iglesia, Cuerpo místico: en unión con Cristo sufriente
puede cooperar en la salvación de la humanidad, confirmando su oración con el
ofrecimiento del sufrimiento (cf. Col 1, 24).
4. Por lo demás, esto no debe dispensar a los responsables de la
Iglesia de prestar una atención estimulante y activa a las estructuras
donde el enfermo sufre a veces formas de marginación y de carencia de apoyo
social. Esta atención debe extenderse también a las áreas del mundo donde los
enfermos más necesitados, a pesar de los progresos de la medicina, carecen de
medicamentos y de asistencia adecuada.
Asimismo, la Iglesia debe manifestar una solicitud particular por las zonas del
mundo donde los enfermos de sida se ven privados de asistencia. Para
ellos se ha creado de modo especial la fundación "El Buen Samaritano", que tiene
por finalidad contribuir a ayudar a las poblaciones más afectadas con el
necesario apoyo de subsidios terapéuticos.
Las obras de evangelización, la actividad de formación de las
conciencias y el testimonio de caridad que vuestro dicasterio promueve en el
mundo constituyen una valiosa contribución no sólo para consolar a los que
sufren, sino también para orientar a las mismas sociedades civiles hacia las
metas exigentes de la civilización del amor.
5. Por tanto, amadísimos hermanos y hermanas, os agradezco todo
el trabajo realizado durante estos años y os exhorto a proseguir con renovado
impulso. Sabéis que estoy constantemente cerca de vosotros y os acompaño en los
compromisos de vuestro dicasterio con mi oración y con mi plena confianza en la
entrega con que realizáis vuestras importantes tareas. Os aliento en ellas y,
para confortaros en vuestro trabajo, os imparto una especial bendición
apostólica, con la que quiero abrazar también a todos los que se benefician de
vuestro trabajo.
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