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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LA SEÑORA MONIQUE PATRICIA ANTOINETTE FRANK, NUEVA
EMBAJADORA DE LOS PAÍSES BAJOS ANTE LA SANTA SEDE*
Sábado
22 de enero de 2005
Señora embajadora:
1. Me alegra acoger a su excelencia con ocasión de la presentación de las cartas
que la acreditan como embajadora extraordinaria y plenipotenciaria del reino de
los Países Bajos ante la Santa Sede.
Le doy vivamente las gracias por haberme transmitido el cordial mensaje de su
majestad la reina Beatriz, y ruego que al volver le exprese mis mejores deseos
para su persona y para la familia real, así como para todo el pueblo holandés.
2. Cada día, las noticias del mundo recuerdan a todos la necesidad imperiosa de
construir un futuro de paz entre los hombres y, para lograrlo, de consolidar un
orden internacional estable, y garantizado especialmente mediante una mejor
distribución de los recursos a nivel internacional y mediante una política
activa de ayuda al desarrollo. Como ha destacado usted, señora embajadora, su
país ha debido afrontar recientemente nuevas tensiones, originadas por la rápida
transformación de nuestras sociedades, en un mundo cada vez más abierto a la
diversidad de las culturas. También se nota la necesidad y la urgencia de un
diálogo profundo entre los diferentes grupos que componen la nación, para que
todos aprendan a conocerse y a respetarse. Esta apertura a los demás es
indispensable para superar las fronteras de cada grupo, como recordé en mi
Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz del 1 de enero de
2001: "Para que el sentido de pertenencia cultural no se transforme en
cerrazón, un antídoto eficaz es el conocimiento sereno, no condicionado por
prejuicios negativos, de las otras culturas" (n. 7). Con esta condición, será
posible establecer relaciones pacíficas entre las diferentes comunidades, a fin
de construir todos juntos el edificio común de la nación.
3. Para asegurar una contribución fuerte de la Iglesia católica a este proceso
que prepara en cierto modo "una nueva cultura política" (Mensaje para la
celebración de la Jornada mundial de la paz del 1 de enero de 2005, n. 10),
hace casi tres años tomé de nuevo la iniciativa de reunir en Asís a
representantes de las grandes religiones del mundo, a fin de manifestar juntos
nuestra voluntad común de paz; los exhorté a suscitar un diálogo profundo entre
todas las religiones, y les pedí, en particular, que renuncien absolutamente a
toda legitimación del recurso a la violencia por motivos religiosos y, más aún,
que la condenen explícitamente. Desde entonces, la Santa Sede se ha comprometido
a promover, en todos los niveles, un auténtico diálogo interreligioso, invitando
a los cristianos, en todas las sociedades donde viven, a actuar con este mismo
espíritu, como artífices de paz y de diálogo, sobre todo con los fieles de las
demás religiones con los cuales viven. Sé que la Iglesia católica en los Países
Bajos se ha expresado recientemente en este sentido mediante la voz de sus
obispos, y yo les aseguro todo mi apoyo en esta ocasión.
4. Usted, excelencia, ha subrayado el papel tan importante que desempeña su país
en la lucha contra el hambre y la pobreza en el mundo, y su compromiso en favor
del desarrollo y la asistencia sanitaria entre poblaciones particularmente
expuestas al drama de pandemias, como el sida, que se ha extendido tan
rápidamente en África, provocando innumerables víctimas. Como usted sabe, la
Santa Sede considera que, para combatir esta enfermedad de modo responsable, es
necesario ante todo aumentar la prevención, principalmente a través de la
educación en el respeto al valor sagrado de la vida y de la formación en el
ejercicio correcto de la sexualidad, que supone castidad y fidelidad. A petición
mía, la Iglesia se ha movilizado también en favor de las víctimas y,
especialmente, para que se les asegure el acceso a la asistencia y a los
medicamentos necesarios a través de numerosos centros de tratamiento.
Los Países Bajos acaban de asumir la presidencia de la Unión europea, en el
momento en que esta acoge nuevos países en su seno y cuando se preparan nuevas
adhesiones. La Santa Sede siempre ha seguido y estimulado el proyecto europeo
como una aportación constructiva a la paz en el mismo continente, pero también
en otras partes, considerándola como una perspectiva de cooperación para otras
regiones del mundo. Como pedí insistentemente en mi reciente
Mensaje para la
celebración de la Jornada mundial de la paz del 1 de enero de 2005 (n. 10),
exhorto a los Gobiernos de la Unión europea a realizar juntos nuevos esfuerzos
en favor del desarrollo, especialmente en África, continente vecino y tan
cercano a Europa por los vínculos de la historia, estableciendo acuerdos de
verdadera cooperación y colaboración.
5. Desde hace varios años, la sociedad holandesa, marcada por el fenómeno de la
secularización, se ha comprometido en una política nueva en materia de
legislación relativa al comienzo y al fin de la vida humana. En este caso, la
Santa Sede ha manifestado claramente su posición, invitando a los católicos de
los Países Bajos a testimoniar cada vez más su fidelidad al respeto absoluto de
la persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural. Invito una vez
más a las autoridades y al personal médico, así como a todas las personas que
desempeñan un papel educativo, a evaluar la gravedad de estas cuestiones y, por
tanto, la importancia de las opciones que implican, para construir una sociedad
cada vez más atenta a las personas y a su dignidad.
Los jóvenes de su país, que pueden vivir en paz en el seno de la Unión europea
desde hace diversas generaciones y aspiran a un desarrollo y a un bienestar
legítimos, para prepararse a las responsabilidades que tendrán el día de mañana
necesitan recibir una educación sólida, que desarrolle y unifique su
personalidad, fortaleciendo en ellos "el hombre interior", según la hermosa
expresión del apóstol san Pablo (cf. Ef 3, 16), y que los abra
especialmente al encuentro con los demás, en una sociedad cada vez más
cosmopolita y multicultural. La Iglesia católica, que siempre ha prestado gran
atención a la juventud, seguirá preocupándose de la educación integral de los
jóvenes y estará dispuesta a aportar su contribución a los esfuerzos que toda la
nación realice en este sentido.
6. A través de usted, excelencia, me alegra saludar a la comunidad católica de
los Países Bajos y a sus pastores. Sé que está profundamente comprometida en la
vida de su país, atenta a la evolución de la sociedad y decidida a aportar su
plena contribución al bien común, dando testimonio de lo que cree y espera, y
esforzándose por vivir de acuerdo con el mandamiento del amor, recibido de su
Señor. La animo a esforzarse en particular por promover cada día el diálogo
tanto entre las personas como entre los grupos que componen la sociedad,
especialmente en las grandes aglomeraciones urbanas, donde la complejidad de las
relaciones humanas puede dar origen a grandes soledades. La exhorto también a
ponerse sin reservas al servicio de los más débiles, a menudo marginados en las
sociedades modernas marcadas por la competencia económica y social.
7. Señora embajadora, inicia hoy la noble misión de representar a su país ante
la Santa Sede. Le expreso mis más cordiales deseos de éxito, y tenga la
seguridad de que en mis colaboradores siempre encontrará la comprensión y el
apoyo necesarios.
Sobre su excelencia, sobre su familia, sobre todos sus colaboradores y sobre
todos sus compatriotas, invoco de corazón la abundancia de las bendiciones
divinas
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 6 p.6 (66).
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