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DISCURSO DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
AL TRIBUNAL DE LA ROTA ROMANA
CON OCASIÓN DE LA APERTURA DEL AÑO JUDICIAL
Sábado 29 de enero de 2005
1. Esta cita anual con vosotros, queridos prelados auditores del Tribunal
apostólico de la Rota romana, pone de relieve el vínculo esencial de vuestro
valioso trabajo con el aspecto judicial del ministerio petrino. Las palabras del
decano de vuestro Colegio han expresado el compromiso común de plena fidelidad
en vuestro servicio eclesial.
En este horizonte quisiera situar hoy algunas consideraciones acerca de la
dimensión moral de la actividad de los agentes jurídicos en los tribunales
eclesiásticos, sobre todo por lo que atañe al deber de adecuarse a la
verdad sobre el matrimonio, tal como la enseña la Iglesia.
2. Desde siempre la cuestión ética se ha planteado con especial
intensidad en cualquier clase de proceso judicial. En efecto, los intereses
individuales y colectivos pueden impulsar a las partes a recurrir a varios tipos
de falsedades e incluso de corrupción con el fin de lograr una sentencia
favorable.
De este peligro no están inmunes ni siquiera los procesos canónicos, en
los que se busca conocer la verdad sobre la existencia o inexistencia de un
matrimonio. La indudable importancia que esto tiene para la conciencia moral de
las partes hace menos probable la aquiescencia a intereses ajenos a la búsqueda
de la verdad. A pesar de ello, pueden darse casos en los que se manifieste esa
aquiescencia, que pone en peligro la regularidad del proceso. Es conocida la
firme reacción de la norma canónica ante esos comportamientos (cf.
Código de
derecho canónico, cc. 1389, 1391, 1457, 1488 y 1489).
3. Con todo, en las circunstancias actuales existe también otro peligro. En
nombre de supuestas exigencias pastorales, hay quien ha propuesto que se
declaren nulas las uniones que han fracasado completamente. Para lograr ese
resultado se sugiere que se recurra al expediente de mantener las apariencias de
procedimiento y sustanciales, disimulando la inexistencia de un verdadero juicio
procesal. Así se tiene la tentación de proveer a un planteamiento de los motivos
de nulidad, y a su prueba, en contraposición con los principios elementales de
las normas y del magisterio de la Iglesia.
Es evidente la gravedad objetiva jurídica y moral de esos comportamientos,
que ciertamente no constituyen la solución pastoralmente válida a los problemas
planteados por las crisis matrimoniales. Gracias a Dios, no faltan fieles cuya
conciencia no se deja engañar, y entre ellos se encuentran también no pocos que,
aun estando implicados personalmente en una crisis conyugal, están dispuestos a
resolverla sólo siguiendo la senda de la verdad.
4. En los discursos anuales a la Rota romana, he recordado muchas veces la
relación esencial que el proceso guarda con la búsqueda de la verdad
objetiva. Eso deben tenerlo presente ante todo los obispos, que por
derecho divino son los jueces de sus comunidades. En su nombre administran la
justicia los tribunales. Por tanto, los obispos están llamados a comprometerse
personalmente para garantizar la idoneidad de los miembros de los tribunales,
tanto diocesanos como interdiocesanos, de los cuales son moderadores, y para
verificar la conformidad de las sentencias con la doctrina recta.
Los pastores sagrados no pueden pensar que el proceder de sus tribunales es
una cuestión meramente "técnica", de la que pueden desinteresarse,
encomendándola enteramente a sus jueces vicarios (cf. ib., cc. 391, 1419,
1423, 1).
5. La deontología del juez tiene su criterio inspirador en el amor a la
verdad. Así pues, ante todo debe estar convencido de que la verdad existe.
Por eso, es preciso buscarla con auténtico deseo de conocerla, a pesar de todos
los inconvenientes que puedan derivar de ese conocimiento. Hay que resistir al
miedo a la verdad, que a veces puede brotar del temor a herir a las
personas. La verdad, que es Cristo mismo (cf. Jn 8, 32 y 36), nos libera
de cualquier forma de componenda con las mentiras interesadas.
El juez que actúa verdaderamente como juez, es decir, con justicia, no se deja
condicionar ni por sentimientos de falsa compasión hacia las personas, ni por
falsos modelos de pensamiento, aunque estén difundidos en el ambiente. Sabe que
las sentencias injustas jamás constituyen una verdadera solución pastoral, y que
el juicio de Dios sobre su proceder es lo que cuenta para la eternidad.
6. Además, el juez debe atenerse a las leyes canónicas, rectamente
interpretadas. Por eso, nunca debe perder de vista la conexión intrínseca de las
normas jurídicas con la doctrina de la Iglesia. En efecto, a veces se pretende
separar las leyes de la Iglesia de las enseñanzas del Magisterio, como si
pertenecieran a dos esferas distintas, de las cuales sólo la primera tendría
fuerza jurídicamente vinculante, mientras que la segunda tendría meramente un
valor de orientación y exhortación.
Ese planteamiento revela, en el fondo, una mentalidad positivista, que
está en contraposición con la mejor tradición jurídica clásica y cristiana sobre
el derecho. En realidad, la interpretación auténtica de la palabra de Dios que
realiza el Magisterio de la Iglesia (cf.
Dei Verbum, 10) tiene valor
jurídico en la medida en que atañe al ámbito del derecho, sin que necesite
de un ulterior paso formal para convertirse en vinculante jurídica y moralmente.
Asimismo, para una sana hermenéutica jurídica es indispensable tener en cuenta
el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, situando orgánicamente cada
afirmación en el cauce de la tradición. De este modo se podrán evitar tanto las
interpretaciones selectivas y distorsionadas como las críticas estériles a
algunos pasajes.
Por último, un momento importante de la búsqueda de la verdad es el de la
instrucción de la causa. Está amenazada en su misma razón de ser, y degenera
en puro formalismo, cuando el resultado del proceso se da por descontado. Es
verdad que también el deber de una justicia tempestiva forma parte del servicio
concreto de la verdad, y constituye un derecho de las personas. Con todo, una
falsa celeridad, que vaya en detrimento de la verdad, es aún más gravemente
injusta.
7. Quisiera concluir este encuentro dándoos las gracias de corazón a
vosotros, prelados auditores, a los oficiales, a los abogados y a todos los que
trabajan en este Tribunal apostólico, así como a los miembros del Estudio rotal.
Ya sabéis que podéis contar con la oración del Papa y de muchísimas personas de
buena voluntad que reconocen el valor de vuestra actividad al servicio de la
verdad. El Señor os recompensará por vuestros esfuerzos diarios, no sólo en la
vida futura, sino también ya en esta con la paz y la alegría de la conciencia, y
con la estima y el apoyo de los que aman la justicia.
A la vez que expreso el deseo de que la verdad de la justicia resplandezca cada
vez más en la Iglesia y en vuestra vida, de corazón imparto a todos mi
bendición.
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