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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR FÉLIX OUDIANE
NUEVO EMBAJADOR DE SENEGAL ANTE LA SANTA SEDE*


Hospital policlínico Gemelli, Jueves 10 de marzo de 2005

 

Señor embajador: 

1. Me alegra aceptar las cartas que acreditan a su excelencia como embajador extraordinario y plenipotenciario de Senegal ante la Santa Sede. Le doy las gracias por haberme transmitido el cordial saludo de su excelencia el señor Abdoulaye Wade, presidente de la República, recordando con placer la visita que me hizo al Vaticano hace algunos meses. Al volver, le ruego que le transmita mi alta consideración y mis sentimientos de estima por su persona.

Le agradezco las amables palabras que me ha dirigido. Son signo de las relaciones de confianza recíproca que han existido siempre entre Senegal y la Sede apostólica, manifestando así la importancia que atribuye su país a la dimensión espiritual del hombre y del pueblo en su conjunto. En fin, dirijo a todos sus compatriotas mi saludo afectuoso, asegurándoles mi oración por la prosperidad material y espiritual de toda la nación.

2. Senegal tiene una larga tradición de convivencia entre todas las comunidades que lo componen. Por eso, me alegran vivamente los prometedores resultados de los esfuerzos realizados en su país para reforzar la paz civil en el interior de la nación, así como para eliminar todas las causas que pueden originar discordias y enfrentamientos violentos. En efecto, es esencial que todos los habitantes vivan con seguridad y en concordia. Como dije en otra ocasión, "la paz es un bien supremo, que condiciona la consecución de otros muchos bienes esenciales" (Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 10 de enero de 2005, n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de enero de 2005, p. 7). Es primordial para que pueda realizarse la justa aspiración de las poblaciones a una vida digna y solidaria. Por eso, hoy es más necesario que nunca educar a las nuevas generaciones en los ideales de fraternidad, justicia y solidaridad.

El compromiso de Senegal en la búsqueda y consolidación de la paz en África es conocido y apreciado por la comunidad internacional. Desde esta perspectiva, aliento vivamente los esfuerzos realizados para favorecer el restablecimiento del entendimiento y la fraternidad en muchos países de la región, fortaleciendo los vínculos de solidaridad entre los pueblos vecinos. África necesita con urgencia paz y estabilidad. La violencia jamás es una solución satisfactoria para resolver las divergencias entre los grupos humanos. La valentía y la perseverancia son los caminos más eficaces para alcanzar una auténtica reconciliación. La Iglesia católica está plenamente convencida de que no hay paz sin justicia, y de que no hay justicia sin perdón (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz, 1 de enero de 2002). Por tanto, es de desear que todos se dejen guiar por la luz del bien verdadero del hombre, en una búsqueda constante del bien común.

3. En nuestro mundo, a menudo oscurecido por vastas zonas de sombra, consecuencia de oposiciones, a veces violentas, que se trata de justificar con motivos religiosos, es necesario reconocer, sin embargo, que no faltan testimonios de convivencia entre los creyentes de diferentes religiones y, particularmente, entre cristianos y musulmanes. Me alegra constatar que su país está comprometido desde hace tiempo en este camino, manifestando así que el diálogo entre los creyentes y entre las culturas es un elemento esencial para la edificación de la paz entre los pueblos. Senegal se muestra particularmente sensible a la necesidad de vivir la diversidad de pertenencias religiosas en la unidad de la nación. Esta es una de las condiciones para un desarrollo pleno de la sociedad. A pesar de las dificultades inevitables inherentes a la coexistencia entre comunidades humanas diferentes, el diálogo permite reconocer la riqueza de su diversidad. Dichas comunidades pueden encontrar en el diálogo la mejor salvaguardia para sus particularidades, así como una auténtica comprensión recíproca, fundada en el respeto y la amistad. Pero este diálogo debe manifestarse ante todo, de forma concreta, en una convivencia auténtica entre las comunidades, para servir al bien común de la única familia humana. Queda por recorrer juntos un largo camino: el del conocimiento mutuo, el perdón y la reconciliación, abriéndose a las colaboraciones habituales que contribuyen a edificar una sociedad pacífica y fraterna. Usted sabe, señor embajador, que la Iglesia católica está comprometida decididamente en este camino. A los creyentes corresponde hacer de él una esperanza para el mundo.

4. En esta solemne circunstancia, a través de su persona, señor embajador, quisiera también saludar afectuosamente a la comunidad católica de Senegal. La invito a permanecer siempre unida en torno a sus obispos, para ser cada vez más irradiación del amor de Cristo, compartiendo con todos la alegría y la paz que no cesa de recibir de él. El Evangelio exhorta a todos los discípulos de Cristo a trabajar sin descanso, con todos los hombres de buena voluntad, para construir la unidad de la familia humana, cuya fuente está en Dios.

5. Al inaugurar su misión ante la Sede apostólica, le expreso mis mejores deseos para su feliz cumplimiento. Tenga la seguridad de que en mis colaboradores encontrará siempre la acogida atenta y la comprensión cordial que necesite.

Invoco de todo corazón sobre su excelencia, sobre sus colaboradores, sobre su familia, sobre el pueblo senegalés y sobre sus dirigentes, la abundancia de las bendiciones divinas.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 11 p.6.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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