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MENSAJE DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN LA SOLEMNE VIGILIA PASCUAL
DEL SÁBADO SANTO
Basílica vaticana, 26 de marzo de 2005
Amadísimos hermanos y hermanas:
Al final del camino penitencial de la Cuaresma y después de haber meditado,
durante los días pasados, en la dolorosa pasión y la dramática muerte de Jesús
en la cruz, celebramos en esta noche singular el misterio glorioso de su
resurrección.
Gracias a la televisión, puedo seguir desde mi apartamento la sugestiva Vigilia
pascual, que el cardenal Joseph Ratzinger preside en la basílica de San Pedro.
Le envío mi saludo fraterno, que hago extensivo a los demás cardenales,
arzobispos y obispos presentes. Con afecto saludo también a los sacerdotes, a
los religiosos, a las religiosas, y a los fieles reunidos en torno al altar del
Señor, y de manera especial a los catecúmenos que, durante esta santa Vigilia,
se disponen a recibir los sacramentos del bautismo, la confirmación y la
Eucaristía.
Es realmente extraordinaria esta noche, en la que la luz deslumbrante de Cristo
resucitado vence de modo definitivo al poder de las tinieblas del mal y de la
muerte, y vuelve a encender en el corazón de los creyentes la esperanza y la
alegría. Amadísimos hermanos, guiados por la liturgia, oremos a nuestro Señor
Jesucristo para que el mundo vea y reconozca que, gracias a su pasión, muerte y
resurrección, lo destruido se reconstruye, lo envejecido se renueva, y todo
vuelve, más hermoso que antes, a su integridad original.
Con gran cordialidad os expreso mis mejores deseos a todos, y os aseguro un
recuerdo en la oración para que el Señor resucitado otorgue a cada uno de
vosotros y a vuestras familias y comunidades el don pascual de su paz. Acompaño
estos sentimientos con una especial bendición apostólica.
Vaticano, 26 de marzo de 2005, Vigilia pascual
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