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DISCURSO DEL SANTO PADRE
A LOS CONSEJOS DE ADMINISTRACIÓN
DE LAS FUNDACIONES "JUAN PABLO II PARA EL SAHEL"
Y "POPULORUM PROGRESSIO"

Martes 4 de julio

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1. Con gran alegría os acojo y os saludo cordialmente, queridos miembros de los consejos de administración de las fundaciones Juan Pablo II para el Sahel y Populorum progressio. Saludo, de modo especial, a monseñor Paul Joseph Cordes, presidente del Consejo pontificio "Cor unum", y le agradezco las palabras de bienvenida que ha tenido la amabilidad de dirigirme en nombre de todos vosotros. Saludo a sus colaboradores y les agradezco la ayuda y el apoyo que brindan a estas instituciones providenciales, que manifiestan de manera concreta la cercanía de la Santa Sede a cuantos sufren hambre y miseria.

La fundación Juan Pablo II para el Sahel empezó su actividad en 1984, a raíz del llamamiento que realicé en Uagadugu en 1980 a la comunidad internacional para una movilización general contra la grave desertización que azota a los países del Sahel. Por desgracia, veinte años después, ese llamamiento no ha perdido actualidad:  no sólo en las zonas desérticas del norte de África, sino también en todo el planeta el problema del agua resulta cada vez más grave y urgente. La carencia de agua será, tal vez, la cuestión principal que la humanidad deberá afrontar en un futuro próximo.
Por eso es oportuno que los responsables de las naciones adopten las medidas oportunas para favorecer un acceso justo a un bien tan valioso para toda la humanidad. No basta pensar en las necesidades presentes; en efecto, tenemos una seria responsabilidad ante las generaciones futuras, que nos pedirán cuentas de nuestro deber de salvaguardar los bienes naturales que el Creador ha confiado a los hombres para que los valoren de modo atento y respetuoso.

Por lo que respecta a la fundación Populorum progressio, que nació en el marco de las celebraciones por el V centenario de la evangelización del continente americano, quiere promover, con vistas al desarrollo integral de la persona, a las poblaciones más marginadas de las sociedades de América Latina y del Caribe. Se trata de una fundación destinada a ayudar a los más pobres entre los pobres. En efecto, amplios sectores de la población latinoamericana esperan aún alcanzar un desarrollo digno del ser humano.

2. La feliz circunstancia de este primer encuentro mío con vuestras fundaciones, junto con el Consejo pontificio "Cor unum", durante el Año jubilar, me brinda la oportunidad de reflexionar con vosotros sobre el valor y el significado de la obra que la Iglesia realiza en favor de los más pobres. En efecto, el jubileo, además de ser ocasión de conversión, es también invitación a gestos concretos de solidaridad para con los necesitados. Y frente a las enormes necesidades del mundo de hoy, la Iglesia quiere dar su contribución.

Ciertamente, con los pocos medios de que dispone, sabe que no puede afrontar todas las necesidades, pero se esfuerza por dar algunos signos de esperanza concreta que sean signos de la presencia amorosa de Cristo. El evangelio narra cómo Cristo, con sus milagros, quería manifestar la misericordia que Dios siente por el hombre. Así, con su acción, la Iglesia desea indicar que Dios se acerca a quien se encuentra en dificultad para devolverle esperanza y dignidad. La Iglesia no pretende ser simplemente una organización de ayuda humanitaria; más bien, quiere testimoniar de todas las maneras posibles la caridad de Cristo, que libra al ser humano de todo mal.

3. Una de vuestras fundaciones combate contra la desertización de la tierra. Hablar de desierto trae a la memoria la condición en que se halla gran parte de la humanidad, afligida por la violencia, las calamidades y el egoísmo. A quien vive en este "desierto" de nuestro tiempo la Iglesia quiere llevarle el agua de la verdad y del amor. La Iglesia desea responder a las grandes formas de pobreza que afligen a los pueblos presentándoles a Cristo, Hijo de Dios encarnado por amor al hombre.

Verdaderamente todo corazón tiene hambre y sed de este amor. Son dignos de alabanza todos los esfuerzos por ayudar a los hombres que atraviesan dificultades a recuperar su dignidad de seres humanos. También es laudable cualquier contribución al progreso social de las personas y de los pueblos que sufren enfermedades y pobreza. Cuando los cristianos se interesan por el sufrimiento y los problemas de sus hermanos y hermanas pobres y necesitados, quieren, sobre todo, ayudarles a experimentar que Dios los ama y desea que sean protagonistas de su desarrollo.

4. A esta luz se han de ver las iniciativas  emprendidas  por  estas  dos fundaciones en naciones y continentes particularmente probados. En este marco se sitúa toda la acción caritativa de la Iglesia, que el Consejo pontificio "Cor unum" está llamado a inspirar y coordinar. El pasado mes de mayo, con ocasión de la Jornada de los testigos de la caridad, recordé a este propósito que cuantos en la Iglesia realizan actividades de caridad no son simples asistentes sociales, sino verdaderos testigos.

En el alba del nuevo milenio, toda intervención caritativa eclesial debe llevarse a cabo desde esta perspectiva. Amadísimos hermanos y hermanas, deseándoos que este sea el principio que impulse todas  vuestras obras y actividades, imploro para vosotros al Señor Jesús y a María, Madre de la esperanza, constante apoyo y protección. Para ello os aseguro mi oración y de buen grado os imparto a vosotros, aquí presentes, y a cuantos representáis, así como a las poblaciones que se benefician de vuestro servicio, una  especial  bendición  apostólica.

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