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JUAN PABLO II 

ÁNGELUS

Jerusalén,  domingo 26 de marzo de 2000  


 

Queridos hermanos y hermanas:
 

Estos días han sido jornadas de intensa emoción, en las que nuestra alma se ha conmovido no sólo por el recuerdo de lo que Dios hizo, sino también por su misma presencia, caminando con nosotros, una vez más, en la tierra del nacimiento, la muerte y la resurrección de Cristo. Y en cada paso de esta peregrinación jubilar María ha estado con nosotros, iluminando nuestro camino y compartiendo las alegrías y las penas de sus hijos e hijas.

Con María, Mater dolorosa, estamos a la sombra de la cruz y lloramos con ella por la aflicción de Jerusalén y por los pecados del mundo. Estamos con ella en el silencio del Calvario, y vemos brotar sangre y agua del costado traspasado de su Hijo. Al tomar conciencia de las terribles consecuencias del pecado, nos sentimos impulsados a arrepentirnos de nuestros propios pecados y de los pecados de los hijos de la Iglesia en todos los tiempos. ¡Oh, María, concebida sin pecado, ayúdanos en el camino de la conversión!

Con María, Stella matutina, hemos sido inundados por la luz de la Resurrección. Nos alegramos con ella porque el sepulcro vacío se ha convertido en el seno de la vida eterna, en donde Cristo, que resucitó de entre los muertos, está sentado ahora a la diestra del Padre. Con ella damos infinitamente gracias por el don del Espíritu Santo, que el Señor resucitado envió a la Iglesia en Pentecostés y que sigue derramando continuamente en nuestro corazón, para nuestra salvación y para el bien de la familia humana.

María, Regina in caelum assumpta. Desde el sepulcro de su Hijo, dirigimos nuestra mirada al sepulcro donde María se durmió en paz, esperando su gloriosa Asunción. La divina liturgia que se celebra junto a su tumba en Jerusalén pone en labios de María:  "Ni siquiera después de la muerte estaré lejos de ti". Y en la liturgia sus hijos responden:  "Al ver tu tumba, oh santa Madre de Dios, nos parece contemplarte a ti. Oh María, eres la alegría de los ángeles, el consuelo de los afligidos. Te proclamamos fortaleza de todos los cristianos y, sobre todo, Madre nuestra".

Al contemplar a la Theotókos, casi al final de este viaje, vemos el verdadero rostro de la Iglesia, radiante en toda su hermosura, resplandeciente por "la gloria de  Dios  que está en la faz de Cristo" (2 Co 4, 6). ¡Oh Abogada,  ayuda a la Iglesia a parecerse cada vez más a ti, su elevado modelo! Ayúdala a crecer en la fe, en la esperanza y en el amor, mientras busca y cumple la voluntad de Dios en todas las cosas (cf. Lumen gentium, 65). ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

 

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