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JUAN PABLO II

HOMILÍA

Pelplin, domingo 6 de junio 1999

 

1. «Bienaventurados (...) los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28). Esta bienaventuranza de Cristo acompaña hoy nuestra peregrinación a Polonia. La pronuncio con alegría en Pelplin, al saludar a todos los fieles de esta Iglesia, con su obispo Jan Bernard Szlaga, al que doy las gracias por sus palabras de bienvenida. Saludo asimismo al obispo auxiliar, mons. Piotr Krupa; a todos los cardenales, arzobispos y obispos polacos aquí reunidos, encabezados por el cardenal primado; a los sacerdotes, los religiosos, las religiosas; y a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas. «Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». Que hagamos nuestra esta bienaventuranza.

2. Durante más de mil años han pasado por estas tierras muchos hombres que escucharon la palabra de Dios. La acogieron de labios de los que la anunciaban. Los primeros la recibieron de labios del gran misionero de estas tierras, san Adalberto. Fueron testigos de su martirio. Las generaciones sucesivas crecieron de esas semillas, gracias al ministerio de otros misioneros, obispos, sacerdotes y religiosos: los apóstoles de la palabra de Dios. Unos confirmaron con el martirio el mensaje del Evangelio; otros, mediante un continuo compromiso apostólico según el espíritu del «ora et labora», ora y trabaja, benedictino. La palabra anunciada cobraba una fuerza particular como palabra confirmada con el testimonio de la vida.

Está muy arraigada en esta tierra la tradición de escuchar la palabra de Dios y dar testimonio del Verbo, que en Cristo se hizo carne. Esa tradición, vivida durante muchos siglos, también se cumple en el nuestro. Un signo elocuente, y a la vez trágico, de esta continuidad fue el así llamado «otoño de Pelplin», que tuvo lugar hace sesenta años. Entonces, veinticuatro sacerdotes valientes, profesores del seminario mayor y funcionarios de la curia episcopal, testimoniaron su fidelidad al servicio del Evangelio con el sacrificio del sufrimiento y de la muerte. Durante el tiempo de la ocupación perdieron la vida en esta tierra 303 pastores, que difundieron con heroísmo el mensaje de esperanza a lo largo de ese dramático período de guerra y ocupación. Si hoy recordamos a esos sacerdotes mártires es porque de sus labios nuestra generación escuchó la palabra de Dios y gracias a su testimonio experimentó su fuerza.

Conviene que recordemos esa histórica siembra de la palabra y del testimonio, especialmente ahora, mientras nos acercamos al final del segundo milenio. Esa tradición plurisecular no puede interrumpirse en el tercer milenio. Sí; considerando los nuevos desafíos que se plantean al hombre de hoy y a toda la sociedad, debemos renovar continuamente en nosotros mismos la conciencia de lo que es la palabra de Dios, de su importancia en la vida del cristiano, de la Iglesia y de toda la humanidad, y de su fuerza.

3. ¿Qué dice Cristo al respecto en el pasaje evangélico de hoy? Al terminar el sermón de la Montaña, dice: «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que construyó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero no cayó, porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7, 24-25). El caso contrario del que edificó sobre roca es el hombre que edificó sobre arena. Su construcción resultó poco resistente. Ante las pruebas y las dificultades, se derrumbó. Esto es lo que Cristo nos enseña.

El edificio de nuestra vida debe ser una casa construida sobre roca. ¿Cómo construirlo para que no se desplome bajo el peso de los acontecimientos de este mundo? ¿Cómo construirlo para que, de «morada terrestre», se convierta en «edificio de Dios, una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos»? (cf. 2 Co 5, 1). Hoy escuchamos la respuesta a esa pregunta esencial de la fe: los cimientos del edificio cristiano son la escucha y el cumplimiento de la palabra de Cristo. Al decir «la palabra de Cristo» no sólo nos referimos a su enseñanza, a sus parábolas y sus promesas, sino también a sus obras, sus signos y sus milagros. Y sobre todo a su muerte, a su resurrección y a la venida del Espíritu Santo. Más aún: nos referimos al Hijo mismo de Dios, al Verbo eterno del Padre, en el misterio de la Encarnación. «Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

Con este Verbo, Cristo vivo, resucitado, san Adalberto vino a Polonia. Durante siglos vinieron con Cristo también otros heraldos, y dieron testimonio de él. Por él dieron la vida los testigos de nuestros tiempos, tanto sacerdotes como seglares. Su servicio y su sacrificio se han convertido para las generaciones sucesivas en signo de que nada puede destruir una construcción cuyo cimiento es Cristo. A lo largo de los siglos han venido repitiendo, como san Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? (...) Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó» (Rm 8, 35-37).

4. «Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». Si, en el umbral del tercer milenio, nos preguntamos cómo serán los tiempos que van a venir, no podemos evitar a la vez la pregunta sobre el fundamento que ponemos bajo esa construcción, que continuarán las futuras generaciones. Es preciso que nuestra generación construya con prudencia el futuro; y constructor prudente es el que escucha la palabra de Cristo y la cumple.

Desde el día de Pentecostés, la Iglesia conserva la palabra de Cristo como su más valioso tesoro. Recogida en las páginas del Evangelio, ha llegado hasta nuestro tiempo. Hoy somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad de transmitirla a las futuras generaciones, no como letra muerta, sino como fuente viva de conocimiento de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, fuente de auténtica sabiduría. En este marco cobra actualidad particular la exhortación conciliar, dirigida a todos los fieles «para que adquieran 'la ciencia suprema de Jesucristo' (Flp 3, 8), 'pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo' (san Jerónimo)» (Dei Verbum, 25).

Por eso, mientras durante la liturgia tomo en las manos el libro del Evangelio y como signo de bendición lo elevo sobre la asamblea y sobre toda la Iglesia, lo hago con la esperanza de que siga siendo el libro de la vida de todo creyente, de toda familia y de la sociedad entera. Con esa misma esperanza, os pido hoy: entrad en el nuevo milenio con el libro del Evangelio. Que no falte en ninguna casa polaca. Leedlo y meditadlo. Dejad que Cristo os hable. «Escuchad hoy su voz: 'No endurezcáis vuestro corazón'...» (Sal 95, 8).

5. A lo largo de veinte siglos la Iglesia se ha inclinado sobre las páginas del Evangelio para leer del modo más preciso posible lo que Dios ha querido revelar en él. Ha descubierto el contenido más profundo de sus palabras y de sus acontecimientos; ha formulado sus verdades, declarándolas seguras y salvíficas. Los santos las han puesto en práctica y han compartido su experiencia del encuentro con la palabra de Cristo. De ese modo se ha desarrollado la tradición de la Iglesia, fundada en el testimonio mismo de los Apóstoles. Si hoy interpelamos el Evangelio, no podemos separarlo de ese patrimonio de siglos, de esa tradición.

Hablo de esto porque existe la tentación de interpretar la sagrada Escritura separándola de la tradición plurisecular de la fe de la Iglesia, aplicando claves de interpretación propias de la literatura contemporánea o de los medios de comunicación. De esa forma se corre el peligro de caer en simplificaciones, de falsificar la verdad revelada e incluso de adaptarla a las necesidades de una filosofía individual de la vida o de ideologías aceptadas a priori. Ya san Pedro apóstol se opuso a intentos de ese tipo. Escribe: «Ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia» (2 P 1, 20). «El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios (...) ha sido encomendado sólo al magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo» (Dei Verbum, 10).

Me alegra que la Iglesia en Polonia ayude con eficacia a los fieles a conocer el contenido de la Revelación. Conozco la gran importancia que los pastores atribuyen a la liturgia de la Palabra durante la santa misa y a la catequesis. Doy gracias a Dios porque en las parroquias y en el ámbito de las comunidades y de los movimientos eclesiales surgen y se desarrollan continuamente círculos bíblicos y grupos de debate. Con todo, es necesario que los que asumen la responsabilidad de una exposición autorizada de la verdad revelada no confíen en su intuición, a menudo poco fiable, sino en un conocimiento sólido y en una fe inquebrantable.

Deseo expresar aquí mi gratitud a todos los pastores que, con entrega y humildad, cumplen el servicio de la proclamación de la palabra de Dios. No puedo por menos de mencionar a todos los obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas y catequistas que, con fervor, a menudo en medio de grandes dificultades, realizan esa misión profética de la Iglesia. Asimismo, quiero dar las gracias a los exegetas y a los teólogos que, con un empeño digno de elogio, investigan las fuentes de la Revelación, prestando a los pastores una ayuda competente. Queridos hermanos y hermanas, que Dios recompense con su bendición vuestro compromiso apostólico. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación!» (Is 52, 7).

6. Bienaventurados también todos los que con corazón abierto se benefician de ese servicio. Son realmente «bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen», pues experimentan esta gracia particular, en virtud de la cual la semilla de la palabra de Dios no cae entre espinas, sino en terreno fértil, y da abundante fruto. Precisamente esta acción del Espíritu Santo, el Consolador, se adelanta y nos ayuda, mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede «a todos gusto en aceptar y creer la verdad» (Dei Verbum, 5). Son bienaventurados porque, descubriendo y cumpliendo la voluntad del Padre, encuentran constantemente el sólido cimiento del edificio de su vida.

A los que van a cruzar el umbral del tercer milenio les queremos decir: construid la casa sobre roca. Construid sobre roca la casa de vuestra vida personal y social. Y la roca es Cristo, que vive en su Iglesia; Cristo, que perdura en esta tierra desde hace mil años. Vino a vosotros por el ministerio de san Adalberto. Creció sobre el fundamento de su martirio, y persevera. La Iglesia es Cristo, que vive en todos nosotros. Cristo es la vid y nosotros los sarmientos. Él es el cimiento y nosotros las piedras vivas.

7. «Señor, quédate con nosotros» (cf. Lc 24, 29), dijeron los discípulos que se encontraron con Cristo resucitado a lo largo del camino de Emaús y «su corazón les ardía cuando les hablaba y les explicaba las Escrituras» (cf. Lc 24, 32). Hoy queremos repetir sus palabras: «Señor, quédate con nosotros». Te hemos encontrado a lo largo del camino de nuestra vida. Te encontraron nuestros antepasados, de generación en generación. Tú los confirmaste con tu palabra mediante la vida y el ministerio de la Iglesia.

Señor, quédate con los que vengan después de nosotros. Deseamos que estés con ellos, como has estado con nosotros. Esto es lo que deseamos y lo que te pedimos

Quédate con nosotros, cuando atardece. Quédate con nosotros mientras el tiempo de nuestra historia se está acercando al final del segundo milenio.

Quédate con nosotros y ayúdanos a caminar siempre por la senda que lleva a la casa del Padre.

Quédate con nosotros en tu palabra, en esa palabra que se convierte en sacramento: la Eucaristía de tu presencia.

Queremos escuchar tu palabra y cumplirla.

Deseamos vivir en la bendición.

Anhelamos contarnos entre los bienaventurados «que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

 

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