The Holy See
back up
Search
riga

JUAN PABLO II

HOMILÍA

Drohiczyn, jueves 10 de junio 1999

 

1. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 13, 34).

Acabamos de escuchar las palabras de Cristo que san Juan nos transmite en su evangelio. El Señor las dirigió a los discípulos en el discurso de despedida antes de su pasión y muerte en cruz, cuando lavó los pies a los Apóstoles. Es casi su última exhortación a la humanidad, con la que expresa un deseo ardiente: «Que os améis los unos a los otros».

Con estas palabras de Cristo saludo a todos los presentes en este encuentro litúrgico, que es al mismo tiempo una oración ecuménica por la unidad de los cristianos. Saludo cordialmente a mons. Antoni Pacyfik Dydycz, o.f.m. cap., pastor de la diócesis de Drohiczyn, al obispo Jan Szarek, presidente del Consejo ecuménico polaco, así como a los representantes de las Iglesias y comunidades eclesiales miembros de ese Consejo. Saludo a los hermanos y hermanas de la Iglesia ortodoxa de Polonia y a los que vienen del extranjero. Saludo en particular al arzobispo Sawa, metropolita de Varsovia y de toda Polonia, al que agradezco las palabras que me acaba de dirigir. Saludo asimismo a todos los obispos de la Iglesia ortodoxa en Polonia.

Deseo saludar cordialmente a los señores cardenales, a los arzobispos y obispos procedentes de Polonia y del extranjero. Abrazo de corazón a todo el pueblo de Dios de la diócesis de Drohiczyn, muy querida para mí. De modo especial saludo a los hermanos sacerdotes, a las personas consagradas, a los alumnos del seminario mayor de Drohiczyn. A los ancianos, a los enfermos, a los minusválidos, a los jóvenes y a los niños aquí presentes los saludo con intenso afecto. Saludo también a los peregrinos de Bielorrusia, Lituania y Ucrania. Su presencia me llena de particular alegría.

Te saludo, tierra de Podlasia, tierra enriquecida por la hermosura de la naturaleza y, ante todo, santificada por la fidelidad de este pueblo que, a lo largo de su historia, muchas veces fue duramente probado y tuvo que luchar para superar enormes contrariedades de todo tipo. Sin embargo, permaneció siempre fiel a la Iglesia, y lo sigue siendo. Me alegra encontrarme aquí con vosotros para desempeñar mi servicio pastoral.

Recuerdo con emoción mis numerosas visitas a Drohiczyn, especialmente con ocasión de las celebraciones del milenario, cuando los obispos de toda Polonia, junto con el Primado del milenio, dieron gracias a Dios por el don del santo bautismo, por la gracia de la fe, de la esperanza y de la caridad. Aquí participé en el último viaje del prelado mitrado mons. Krzywicki, administrador apostólico de la diócesis de Pinsk. Algunos años después, volví para concluir la peregrinación de la copia de la imagen de la Virgen de Czestochowa. Estos recuerdos reviven hoy en mí mientras, como Pontífice peregrino, me encuentro entre vosotros.

2. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 13, 34).

Estas palabras de Cristo irradian una gran fuerza. Cuando murió en la cruz, en su horrible pasión, en el anonadamiento y el abandono, precisamente entonces mostró al mundo todo el significado y la profundidad de esas palabras. Contemplando la agonía de Cristo, los discípulos tomaron conciencia de la empresa a la que los había llamado diciéndoles: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». San Juan, al recordar ese acontecimiento, escribirá en su evangelio: «Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Cristo nos amó primero, nos amó a pesar de nuestro pecado y nuestra debilidad humana. Él nos hizo dignos de su amor, que no tiene límites y no acaba jamás. Es un amor definitivo y perfectísimo, pues Cristo nos redimió con su preciosísima sangre.

También a nosotros nos ha enseñado ese amor y nos ha dicho: «Os doy un mandamiento nuevo» (Jn 13, 34). Eso significa que este mandamiento es siempre actual. Si queremos responder al amor de Cristo, debemos cumplirlo siempre, en cualquier tiempo y lugar: debe ser para el hombre un camino nuevo, una semilla nueva, que renueve las relaciones entre los hombres. Este amor nos transforma en discípulos de Cristo, hombres nuevos, herederos de las promesas divinas. Nos hace a todos hermanos y hermanas en el Señor. Nos convierte en el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, en la que todos deberíamos amar a Cristo y en él amarnos los unos a los otros.

Éste es el verdadero amor, que se manifestó en la cruz de Cristo. Hacia esta cruz todos debemos mirar; hacia ella debemos orientar nuestros deseos y nuestros esfuerzos. En ella tenemos el mayor modelo que imitar.

3. «Señor, enséñanos tus caminos, para que sigamos tus senderos» (cf. Is 2, 3).

La visión del profeta Isaías, recogida en la primera lectura de la liturgia de hoy, nos muestra a todos los pueblos y naciones reunidos en torno al monte Sión. Manifiesta la presencia de Dios. La profecía anuncia un reino universal de justicia y paz. Se puede referir a la Iglesia, tal como Cristo la quiso, es decir, una Iglesia en la que reine el principio irrenunciable de la unidad.

Es preciso que nosotros los cristianos, reunidos hoy para esta oración común, oremos con las palabras de Isaías: «Señor enséñanos tus caminos, para que sigamos tus senderos», para que avancemos juntos, confesando la misma fe en Cristo, por esos senderos, hacia el futuro. En particular, la cercanía del gran jubileo debe impulsarnos a realizar el esfuerzo de buscar nuevos caminos en la vida de la Iglesia, Madre común de todos los cristianos.

En la carta apostólica Tertio millennio adveniente expresé un ardiente deseo, que renuevo hoy: «Que el jubileo sea la ocasión adecuada para una fructífera colaboración en la puesta en común de tantas cosas que nos unen y que son ciertamente más que las que nos separan» (n. 16). La fe nos dice que la unidad de la Iglesia no sólo es una esperanza para el futuro: en cierta medida, esa unidad ya existe. Aún no ha logrado entre los cristianos una forma plenamente visible. Su edificación constituye, por tanto, «un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad» (Ut unum sint, 8), dado que «creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunión de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad» (ib., 9).

Así pues, estamos llamados a edificar la unidad. La unidad presente en los comienzos de la vida de la Iglesia nunca puede perder su valor esencial. Sin embargo, es preciso constatar con tristeza que esa unidad originaria se ha debilitado seriamente a lo largo de los siglos y especialmente en el último milenio.

4. El camino de la Iglesia no es fácil. «Lo podemos comparar -escribe el teólogo ortodoxo Pavel Evdokimov- al vía crucis de Cristo. Pero no dura algunas horas; dura siglos». Donde aumentan las divisiones entre los discípulos de Cristo, queda herido su Cuerpo místico. Aparecen las sucesivas «estaciones» del vía crucis en la historia de la Iglesia. Pero Cristo fundó una sola Iglesia y desea que así permanezca para siempre. Por tanto, todos, en el umbral de un nuevo período de la historia, debemos hacer un examen de conciencia sobre la responsabilidad por las divisiones existentes. Debemos admitir las culpas cometidas y perdonarnos recíprocamente. En efecto, hemos recibido el mandamiento nuevo del amor mutuo, que tiene su fuente en el amor de Cristo. San Pablo nos exhorta a este amor con las palabras: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma. Sed, pues, imitadores de Dios y vivid en el amor» (cf. Ef 5, 1-2).

El amor debe inducirnos a una reflexión común sobre el pasado, para avanzar con perseverancia y valentía por la senda que lleva hacia la unidad.

El amor es la única fuerza que abre los corazones a la palabra de Jesús y a la gracia de la Redención. Es la única fuerza capaz de impulsarnos a compartir fraternalmente todo lo que somos y todo lo que tenemos por voluntad de Cristo. Es un poderoso estímulo al diálogo, en el que nos escuchamos y nos conocemos mutuamente.

El amor nos abre unos a otros; es la base de las relaciones humanas. Nos hace capaces de superar la barrera de nuestras debilidades y de nuestros prejuicios. Purifica la memoria, enseña nuevas sendas, abre a la perspectiva de una auténtica reconciliación, premisa indispensable para dar un testimonio común del Evangelio, tan necesario para el mundo actual.

En vísperas del tercer milenio, debemos acelerar el paso hacia la perfecta y fraterna reconciliación, para poder testimoniar juntos, en el próximo milenio, la salvación a un mundo que espera con anhelo este signo de unidad.

Es muy oportuno que hablemos de la gran causa del ecumenismo precisamente en Drohiczyn, en el centro de Podlasia, donde desde hace siglos conviven las tradiciones cristianas de Oriente y Occidente. Es una ciudad que siempre ha estado abierta a los católicos, a los ortodoxos y a los protestantes. Sin embargo, hay muchos momentos en la historia de esta tierra que, más que en cualquier otro lugar, ponen de relieve la necesidad del diálogo en la aspiración de los cristianos a la unidad.

En la encíclica Ut unum sint subrayé que «el diálogo es (...) un instrumento natural para confrontar diversos puntos de vista y sobre todo examinar las divergencias que obstaculizan la plena comunión de los cristianos entre sí» (n. 36). Este diálogo debe caracterizarse por el amor a la verdad, puesto que «el amor a la verdad es la dimensión más profunda de una auténtica búsqueda de la plena comunión entre los cristianos. Sin este amor sería imposible afrontar las objetivas dificultades teológicas, culturales, psicológicas y sociales que se encuentran al examinar las divergencias. A esta dimensión interior y personal está inseparablemente unido el espíritu de caridad y humildad. Caridad hacia el interlocutor, humildad hacia la verdad que se descubre y que podría exigir revisiones de afirmaciones y actitudes» (ib.).

Así pues, el amor debe construir puentes entre nuestras orillas y estimularnos a hacer todo lo posible. Que el amor recíproco y el amor a la verdad sean la respuesta a las dificultades existentes y a las tensiones que a veces surgen.

Hoy me dirijo a los hermanos y hermanas de todas las Iglesias: abrámonos al amor reconciliador de Dios. Abramos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón, de las Iglesias y de las comunidades. El Dios de nuestra fe, al que invocamos como Padre, es «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Mc 12, 26), es el Dios de Moisés. Y, sobre todo, es el Dios y Padre de nuestro Señor común, Jesucristo, en el que se hizo «Dios con nosotros» (cf. Mt 1, 23; Rm 15, 6).

Ofrezcamos a nuestro Padre celestial, al Padre de todos los cristianos, el don de una sincera voluntad de reconciliación, manifestándola con actos concretos. A Dios, «que es amor», respondamos con nuestro amor humano que mira con benevolencia a los demás, demuestra un deseo sincero de colaborar dondequiera que sea posible, y permite apreciar lo que es bueno y lo que merece aplauso e imitación.

5. «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob» (Is 2, 3).

Es el grito que el profeta Isaías pone en labios de los pueblos y las naciones que anhelan la unidad y la paz.

Queridos hermanos y hermanas, nada expresará mejor y con mayor eficacia esta solicitud que una gran oración por la unidad, por la fraternidad, por una sola familia de todos los cristianos. El amor de Cristo nos impulsa a esta oración. Es Cristo mismo quien nos manda orar al Padre: «Venga tu reino» (cf. Mt 6, 10). El reino de Dios, que trajo consigo al venir al mundo y hacerse hombre, permanece en la Iglesia como realidad ya existente, pero, al mismo tiempo, como tarea que cumplir.

Sólo la oración puede realizar una auténtica metánoia del corazón, pues tiene el poder de unir a todos los bautizados en la fraternidad de los hijos de Dios. La oración purifica de todo lo que nos separa de Dios y de los hombres. Nos protege contra la tentación de la pusilanimidad y abre el corazón del hombre a la gracia divina.

Así pues, exhorto a todos los que están aquí reunidos a orar fervientemente por la plena comunión de nuestras Iglesias. El progreso en el camino hacia la unidad exige nuestro compromiso, benevolencia recíproca, apertura y una auténtica experiencia de fraternidad en Cristo.

Imploremos al Señor para obtener esta gracia. Pidámosle que quite los obstáculos que retrasan el logro de la unidad plena. Roguémosle que todos cumplamos bien sus designios, para que la aurora del nuevo milenio despunte sobre los discípulos de Cristo más unidos entre sí.

«Os doy un mandamiento nuevo» (Jn 13, 34), el mandamiento nuevo: «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (cf. Jn 17, 21).

Cuando escucho estas palabras, me viene a la mente el encuentro con el patriarca Teoctist en Bucarest. Al final del encuentro, toda la gran asamblea clamaba: «¡Unidad, unidad, unidad!». Queremos la unidad, queremos la unidad, oremos por la unidad. Que Dios os recompense.

 

top