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JUAN PABLO II

HOMILÍA

Domingo 13 de junio 1999

 

1. «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 42).

San Lucas, evangelista y a la vez autor de los Hechos de los Apóstoles, con la descripción sintética que acabamos de escuchar, nos introduce en la vida de la primera comunidad de Jerusalén. Es una comunidad ya confortada por la venida del Espíritu Santo, es decir, después de Pentecostés. En otro pasaje, san Lucas escribe: «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). Los Hechos de los Apóstoles muestran cómo en la santa ciudad de Jerusalén, marcada por los acontecimientos de la reciente Pascua, estaba naciendo la Iglesia. Esta joven Iglesia, ya desde el inicio, «perseveraba en la comunión», es decir, formaba la comunión corroborada por la gracia del Espíritu Santo. Y así es hasta el día de hoy. Jesucristo en su misterio pascual constituye el centro de esta comunidad. Él hace que la Iglesia viva, crezca y se realice como un cuerpo «bien trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren según la actividad propia de cada miembro» (Ef 4, 16).

Queridos hermanos y hermanas, con el espíritu de esta unidad, en el nombre de Jesucristo, os saludo cordialmente a todos los que estáis aquí reunidos para esta liturgia de la Palabra. Saludo a la joven diócesis de Varsovia-Praga, y a su pastor, mons. Kazimierz Romaniuk; saludo al obispo emérito, al obispo auxiliar, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, así como a todo el pueblo de Dios de esta Iglesia, y a todos los que a través de la radio y la televisión participan en este encuentro de oración, junto con nosotros. En particular quiero saludar a los enfermos, a los que por medio de sus sufrimientos obtienen bienes espirituales para la Iglesia.

Hace poco visité un lugar particularmente importante en nuestra historia nacional. Sigue vivo en nuestro corazón el recuerdo de la batalla de Varsovia, que tuvo lugar cerca de aquí, en el mes de agosto de 1920. Fue una gran victoria del ejército polaco, una victoria tan grande que no se podía explicar de modo puramente natural y por eso ha sido llamada «el milagro del Vístula». La victoria estuvo precedida por una ferviente oración nacional. El Episcopado polaco, reunido en Jasna Góra, consagró toda la nación al Sagrado Corazón de Jesús y la encomendó a la protección de María Reina de Polonia. Hoy nuestro pensamiento va a todos los que, en Radzymin y en muchos otros lugares de esa histórica batalla, dieron su vida en defensa de la patria y de la libertad, que estaba en peligro. Entre otros, recordemos al heroico sacerdote Ignacio Skorupka, que perdió la vida en Ossów, no lejos de aquí. Encomendemos a la misericordia divina sus almas. Durante decenios se ha hablado poco del «milagro del Vístula». En cierto sentido, la divina Providencia encomienda hoy a la nueva diócesis de Varsovia-Praga la tarea de mantener el recuerdo de aquel gran acontecimiento de la historia de nuestra nación y de toda Europa, que tuvo lugar en el sector oriental de Varsovia.

Al referirme a la tradición de estas tierras, quisiera recordar también al siervo de Dios don Ignacio Klopotowski, fundador de la congregación de las Hermanas de la Virgen de Loreto. En los últimos años de su vida fue párroco en la iglesia de san Florián, actualmente catedral de esta diócesis. Con amor de buen samaritano atendió a los pobres y a los que no tenían hogar. Por eso, hizo venir de Cracovia a los hijos e hijas espirituales de san Alberto. Aquí se dedicó también al apostolado de la palabra de Dios mediante el trabajo editorial. En esta tierra nació nuestro gran poeta de la época del romanticismo, Cyprian Norwid, el cual, conmovido, recuerda a menudo en sus obras la infancia y los años de juventud transcurridos aquí.

Te saludo, amada tierra de Masovia, con tu rica tradición religiosa y con tu gloriosa historia.

2. «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Para comprender el plan de Dios con respecto a la Iglesia, es preciso volver a lo que se realizó en la víspera de la pasión y muerte de Cristo. Es preciso volver al cenáculo de Jerusalén. La lectura del evangelio de san Juan nos lleva precisamente al cenáculo, el Jueves santo: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Ese «hasta el extremo» parece testimoniar aquí el carácter definitivo de ese amor. En la prosecución de la descripción evangélica es Jesús mismo quien, lavando los pies a los discípulos, explica de modo concreto en qué consiste ese amor. Con ese gesto muestra que no vino al mundo «para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45). Jesús se pone a sí mismo como modelo de ese amor: «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15). A quien cree en él le enseña el amor del que es modelo y le pide que viva ese amor, deseando que crezca como un gran árbol en toda la tierra.

Sin embargo, ese «hasta el extremo» no se cumplió en plenitud en el gesto humilde del lavatorio de los pies. Sólo alcanzó su perfección cuando «Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: 'Tomad y comed, éste es mi cuerpo'. Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz y, dando gracias, se lo dio diciendo: 'Tomad y bebed, porque éste es el cáliz de mi sangre, de la nueva y eterna alianza, derramada por muchos para el perdón de los pecados'» (cf. Mt 26, 26-28).

Ésa es la entrega total. El Hijo de Dios, antes de dar su vida en la cruz para la salvación del hombre, lo hizo de modo sacramental. Da su Cuerpo y su Sangre a los discípulos para que, consumándolos, participen en los frutos de su muerte salvífica. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Cristo dejó a los Apóstoles este signo sacramental del amor. Les dijo: «Haced esto en conmemoración mía» (cf. 1 Co 11, 24). Los Apóstoles lo hicieron así, y, al transmitir a sus discípulos el Evangelio, transmitían también la Eucaristía. Ya desde la última cena la Iglesia se construye y se forma mediante la Eucaristía. La Iglesia celebra la Eucaristía y la Eucaristía forma la Iglesia. Así ha sucedido en todos los lugares donde las nuevas generaciones de discípulos de Cristo se iban integrando en la Iglesia. Así sucedió en Polonia y así sucede también hoy, mientras nos acercamos al umbral del tercer milenio: a los que vengan después de nosotros les transmitiremos el Evangelio y la Eucaristía.

3. «Acudían asiduamente (...) a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 42).

La primera comunidad cristiana, que san Lucas en los Hechos de los Apóstoles nos presenta como ejemplo, se fortalecía con la Eucaristía. La celebración de la Eucaristía tiene gran importancia para la Iglesia y para cada uno de sus miembros. Es «fuente y cima de toda la vida cristiana» (Lumen gentium, 11). San Agustín la llama «vínculo de amor» (In Evangelium Ioannis tractatus, 26, 6, 13). Como leemos en los Hechos de los Apóstoles, ese «vínculo de amor» ya desde el inicio era fuente de la unidad de la comunidad de los discípulos de Cristo. De él brotaba la solicitud por los hermanos necesitados hasta el punto de que «vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 45). Era fuente de alegría, de sencillez de corazón y de benevolencia recíproca. Gracias a este «vínculo de amor» eucarístico, la comunidad podía tener una sola alma, acudir al templo y alabar a Dios con un solo corazón (cf. Hch 2, 46-47) y todo esto era un testimonio visible para el mundo: «El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar» (Hch 2, 47).

La unidad en el amor que brota de la Eucaristía no sólo es expresión de la solidaridad humana, sino también participación en el amor mismo de Dios. Sobre esa unidad se construye la Iglesia. Es la condición de la eficacia de su misión salvífica.

«Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15). Estas palabras de Cristo encierran un gran desafío para la Iglesia, para todos los que la constituimos -obispos, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos-: testimoniar ese amor, hacerlo visible y actuarlo cada día. Hoy el mundo necesita ese testimonio de amor, de unidad y de perseverancia en la comunidad, para que, como dijo Cristo, los hombres «vean nuestras buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos» (cf. Mt 5, 16). Aquí se trata, ante todo, de la unidad dentro de la Iglesia a ejemplo de la unidad del Hijo con el Padre en el don del Espíritu Santo. «Toda la Iglesia -dice san Cipriano- se muestra como el pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Todo creyente aporta a esta comunidad su contribución, sus talentos, según la vocación y el papel que debe desempeñar. La unidad y, al mismo tiempo, la variedad son una gran riqueza de la Iglesia, que le asegura un desarrollo constante y dinámico. Con espíritu de gran responsabilidad frente a Cristo siempre presente en la Iglesia, tratemos de realizar esa unidad para el bien de toda la comunidad.

Por esta razón, la Iglesia atribuye tanta importancia a la participación en la Eucaristía, especialmente en el día del Señor, es decir, el domingo, en el que celebramos la memoria de la resurrección de Cristo. En la Iglesia que está en Polonia ha sido siempre intenso el culto a la Eucaristía, y los fieles siempre han participado el domingo en la santa misa. En el umbral del tercer milenio pido a todos mis compatriotas: conservad esta buena tradición. Respetad el mandamiento de Dios de santificar el día del Señor. Que sea, de verdad, el principal de todos los días y la principal de todas las fiestas. Expresad vuestro amor a Cristo y a los hermanos participando en la Eucaristía, el banquete dominical de la nueva alianza.

De modo particular me dirijo a los padres, para que sostengan y cultiven esta santa costumbre cristiana de participar en la santa misa junto con sus hijos. Que los niños y los jóvenes mantengan vivo el sentido de ese deber. Que la gracia del amor que obtenemos recibiendo el Pan eucarístico fortalezca los vínculos familiares. Que se transforme en fuente del dinamismo apostólico de la familia cristiana.

Me dirijo también a vosotros, queridos hermanos en el episcopado: encended en los corazones humanos la devoción y el amor a la Eucaristía. Mostrad qué gran bien para toda la Iglesia es este sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, sacramento de amor y de unidad. Permaneced unánimes en la oración en vuestras comunidades diocesanas y religiosas. Perseverad en la fracción del pan; progresad en la vida eucarística y cultivad vuestra vida espiritual en el clima de la Eucaristía. La Eucaristía es la razón de ser principal y central del sacramento del sacerdocio. Por eso, el sacerdote está unido de modo singular y excepcional a la Eucaristía. En cierto modo, nace de ella y vive para ella. También es particularmente responsable de ella. Los fieles esperan del sacerdote un testimonio particular de veneración y amor a la Eucaristía, para que también ellos puedan ser edificados y vivificados.

4. Es sorprendente constatar cómo la Iglesia, desarrollándose en el tiempo y en el espacio, gracias al Evangelio y a la Eucaristía sigue siendo la misma. Se puede afirmar eso incluso contemplando desde fuera la historia de la Iglesia; pero esa verdad se experimenta sobre todo desde dentro. La experimentamos todos los que celebramos la Eucaristía, y los que participan en ella. Es el memorial y la renovación de la última cena. Y en la última cena se hizo presente sacramentalmente la pasión y la muerte de Cristo en la cruz, el sacrificio de la Redención.

Anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección, y, unidos en el amor que brota de ti, esperamos tu venida gloriosa. Amén.

 

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